MENDIGANDO AMOR Y ATENCIÓN… eneatipo 6 social «sólo quiero que me quieran», como todos.

¿Yo social? ¡Sí, hombre! Pues sí, sorprendentemente sí. La vida no deja de asestarme golpes para ver si aprendo a no dar por supuesto tantas cosas. Tengo una sed de pertenencia brutal e inconsciente, necesidad de establecimiento de vínculos y de ser vista porque en soledad es como si la vida no tuviera sentido, como si nuestro pasaje por la tierra fuese transparente. Ahora bien, el carácter social no tiene por qué ver con la sociedad en su totalidad. En este caso hace referencia a mi tribu, mi grupo: mi familia a los que guardo lealtad absoluta hasta el punto de sentirme culpable al «traicionarlos» e irme a formar mi propia familia.

Todo intento de construcción propia ha terminado siempre en autosabotaje y autodestrucción porque… no lo sé, me ha dado miedo cortar el cordón umbilical a pesar de mi avanzada edad, o bien nunca nada propio será tan «bueno» como el seno familiar o incluso porque no merezco tener nada propio porque es egoísta trabajar para uno mismo en vez de dedicarme al bienestar grupal. No creo que las razones vayan solas, sino que se mueven en bloque así que tranquilamente pueden darse las 3 a la vez. Todo esto son especulaciones pues estoy descubriendo desde hace poco más de un mes una nueva imagen de este ego que no he terminado nunca de comprender. Este proceso racionalizador es un ejercicio de escritura que me ha acompañado desde que aprendí a escribir ahora hace más de tres décadas. Es el defecto de fábrica: la necesidad de hacer racional todo aquello que no lo es.

La escritura obliga a poner palabras, aunque no siempre haya sido positivo acotar la realidad a la circunscripción académica, al inconsciente para volverlo palpable y observado. El exceso de literalidad es un defecto que últimamente observo no sin amargo juicio en uno de mis progenitores: mi padre, otro seis social indisolublemente cristalizado. Suelen cansarme rápidamente sus infinitos preámbulos definiendo la definición. Antes de poder pasar a la conversación ya me he cansado de definir la definición de lo indefinido. La vaguedad no me gusta como tampoco el exceso de precisión porque uno se pierde en los extremos.

He aquí uno de mis «problemas»: la pugna por encontrar «la justa medida», ese equilibrio balanceándose entre el desequilibrio de parte y otra de una fina línea divisoria tan sútil que se hace invisible. Soy la equilibrista desequilibrada y encontrar esa ecuanimidad, esa mesura, esa sensatez, me demanda una energía sin fin. Irónicamente, la búsqueda del equilibrio me desequilibra. En parte porque me pierdo en la definición de la indefinición y me ando por las ramas con la crítica lupa de la división atómica. ¿Qué es el equilibrio? ¿Cuál es la justa medida? ¿Qué es justo? ¿Qué es la medida? Ahí me perdí ya en las cavilaciones filosóficas, también irónicamente pues es lo que reprocho equivocadamente a mi padre, de la preparación del terreno para pensar. Es como el que muere de inanición mientras prepara los ingredientes para cocinar.

El pensamiento arbóreo me encanta a la vez que lo odio porque giro en torno al tema, pero nunca termino de poner el dedo en la llaga, en lo que realmente duele: Mi familia. Y más en particular y en profundidad cómo me siento hacia mi padre que, pobrecito, no tiene la culpa de nada porque sus procesos han sido y siguen siendo inconscientes.

Aprendí a sentirme condescendientemente superior: esta tóxica superioridad moral y ética otorgada por una mente que estimo privilegiada porque «somos mucho, infinitamente, más inteligentes que la masa, el pueblo vulgar» ¡Qué asco formar parte de la especie humana! Están «ellos» y estamos «nosotros»: la élite mental con una clase social impoluta que sabe comportarse en cualquier lugar: educación y pulcritud ante todo, el protocolo. Reproches, muchos. Veneno para mí. Aprendí la diferencia entre el «yo» y «ellos» a base de crítica constante, un disco rallado puesto a todas horas con la melodía diferenciadora de fondo, un himno nacional de esa república tan independiente de nuestra casa. Alabé hasta la muerte el nosotros, fanatismo absoluto y ganas de rendir pleitesía a tan ilustre e ilustrada familia. Como entre nosotros no se vive en ningún sitio.

«El resto», toda esta ingente cantidad de carne con ojos, la estupidez obesa colonizando la falta de recursos económicos, me provocan escalofríos. ¿Dónde va a ir a parar la sociedad? Porque nosotros siempre hemos tenido el privilegio de estar aposentados económicamente, sí es un tema de seguridad, pero también de distinción y clase social, podemos permitirnos ir holgados y eso nos separa de los que nos circundan. Cuando nos rodeamos de personas pudientes, mucho más que nosotros, entonces siempre salimos triunfantes en moral y ética porque «Dios da mocos a quien no tiene pañuelo». Nosotros sí sabemos ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente. Estos haraganes… no saben lo que es pegar un palo al agua.

Cuando una mujer contrae matrimonio con un hombre de negocios entonces ha sido un braguetazo. Cuando un hombre se ha enganchado con una de pasta, entonces es un vividor.
Mi mundo se cimentó con los ladrillos de la crítica más mordaz para preservar el epicentro del valor absoluto: «nosotros, los mejores». Nadie será nunca tan puro, bueno, trabajador, humilde (no, no es sarcasmo, es mi creencia neurótica), como este grupo, los de sangre pura. Los añadidos por extensión de mi hermano o mía (léase parejas) siempre formarán parte de esa masa vulgar, los aceptaremos porque el protocolo así lo manda peros siempre los miraremos con aires de condescendencia, sin llegar a confiar en estos extranjeros porque no comparten nuestros valores. Por lo tanto, nunca seré parte de esta élite si me junto con la masa vulgar. Y el problema es que la masa vulgar son todos los demás. Incluso he recibido críticas de lo mal que lo hace mi hermano o de lo pesada que es mi madre. ¿Cómo se supone que tengo que recibir el mensaje de que, incluso ellos, son «los otros»? Pues lo que haces con ellos también lo haces conmigo a mis espaldas. No me puedes decir que soy «muy inteligente» si después no me siento respetada en mi diferencia. Son mensajes contrarios que chocan frontalmente y que me desbarajustaron el baremo de la crítica.

Así pues, haga lo que haga dejaré de tener el VIP familiar porque es imposible llegar a tus estándares de perfección, de hecho creo que no lo he tenido nunca porque siempre me he sentido rechazada. Es flagrante el desprecio que muestro hacia la gente, pero en realidad este odio tan arraigado proviene de un odio hacia mí. Me odio y, por extensión, odio a todos. Todos son culpables de mi… ¿De qué? ¿De qué es culpable nadie? No puedo encontrar las razones de la culpa ni el cuerpo del delito. La crítica por la crítica porque no soy capaz de introyectar y responsabilizarme de lo que no acepto de mí, es más fácil culpar al mundo entero de mi inadaptación social porque sencillamente todo el mundo es imbécil. Y así, me quedo tan ancha. Y cuando eres adolescente está todo bien, es normal, es el rol de la adolescencia pero poco a poco va sedimentando una sensación de aislamiento y nunca se satisface nada, nunca nada ni nadie es lo suficientemente bueno para una. Siempre he sentido que merecía alguien más… ¿Más qué? Pues depende del momento. Más inteligente, más maduro, más sensible, más de lo que no tuviera mi pareja porque esto es algo que he aprendido a hacer con extremada precisión: ver la falta y el defecto en el otro y maximizarlo para jamás estar satisfecha con nada ni con nadie. Quería satisfacerte a ti pero eso es imposible. No se puede satisfacer a alguien que no sabe satisfacerse solo.

Otra de mis interpretaciones como muestra de omisión o evitación que has tenido hacia mí, o que por lo menos yo he vivido como tal, es que jamás he sentido tu acercamiento ni el interés por nada de lo que yo haya podido hacer. Yo en busca de tu aprobación paternal y tu desestimando mi demanda de afecto así fuera por estar sumido en tu trabajo, trabajando para nosotros o ausente emocionalmente. En vez de coger el teléfono y llamar para preguntar, hacías llamar a mi madre. ¿Por qué? Nunca lo he entendido y sigo sin entenderlo. Solo hablabas conmigo si te pasaban el teléfono, todo ya hecho, todo preparado, parecía más una obligación que un placer.

Yo lo único que quería, por patético que parezca, era ser leída por ti, porque sabes que siempre he querido escribir. Lo único que deseaba era que mostraras un poco de interés pero jamás aterrizaste en estas páginas ni te pasaste por los millones de páginas escritas en mis colaboraciones. ¿Mi interpretación? Es que como esto no es filosofía o como hay millones de escritores que escriben infinitamente mejor que yo, para qué perder el tiempo con la redacción de una niña. Como hoy en día cualquiera puede escribir y cualquiera publica un libro ¿Qué puedo aportar yo a la esfera de la literatura? Nunca me has felicitado incluso después de la publicación de mi libro porque supongo que sigues pensando que «pagando a cualquiera se lo publican» o porque no soy nada excepcional pero tampoco lo puedes saber porque nunca has leído una sola línea. Sigo sin sentir la aprobación y supongo que aquí es donde me equivoco, no la puedo esperar de ti, me la tengo quedar yo a mí misma y hasta que eso no ocurra, hasta que siga deningrando mi trabajo, seguiré buscando tu visto bueno. El libro se materializó por mí pero me pregunto, ahora que sé todo lo que sé, hasta qué punto lo hice para demostrarte que no escribo mierda.

Me sorprendo exteriorizando todo esto. No pensaba que saldría tanto y lo que falta por salir pero es un primer paso para desbloquear un cabreo masivo con el mundo entero. Tengo que salir de aquí sola porque no quiero seguir viviendo presa del yugo de la espera que desespera. No puedo aguardar tu validación por eso me voy.
Tanta filosofía, tanta teoría filosófica ha sido en mi caso una manera de poder hablar contigo, de acercarme a tu mundo interno siempre tan pendiente de lo exterior. Ahora todo esto me parece la creación de una capa de evitación emocional aséptica. Se riza el rizo de una manera políticamente correcta para evitar entrar en la confrontación de los verdaderos derroteros emocionales. Yo he sido incapaz de ver más allá de mi minusvalía afectiva, de este alejamiento y empobrecimiento emocional. Esta incapacidad de conectar con el dolor de los demás porque el mundo sufre por nimiedades. Pero el caso es que sufre, como yo sufro por sentirme una tullida emocional y no quiero serlo más. Quiero recuperar esa simpatía de la infancia en la que todavía no se había rigidizado este carácter dubitativo, donde todos éramos niños y no existía la clase, el protocolo o la crítica mordaz por los quilos de más o de menos. Sencillamente ser y estar en el lugar, jugar, descubrir el mundo sin que fuese tan peligroso, sin que el miedo neurótico y la cobardía se apoderasen de mí. ¿Dónde están esos años perdidos?

Yo solo necesitaba una palabra amable para sentirme un poco aceptada y tan parte del «ellos», esa sociedad imperfecta y vulgar con la cual me he sentido siempre bienvenida. Los padres de mis amigos, de mis parejas siempre me han acogido bien y me han valorado y aceptado incluso con mis rarezas. Era más agradable estar con ellos que en casa. Tengo ganas de gritar y odiar, pero eso no es correcto y me reprimo. El odio se acumula y lo dirijo hacia fuera siempre todo el mundo es culpable de mi rabia cuando en realidad soy yo la única que tiene un problema conmigo misma.

Mi ego sobrehenchido cuya imagen es patética por nunca haber sabido dejar mi complejo de Diosa, bajar a la tierra de los mortales y acariciarme dulcemente el pelo y verme con ojos de amor y sentirme orgullosa de mí. No sé quererme y busco que me quieran fuera. Así de sencillo, así de claro.

De mamá hablaremos en otro momento….

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