No te apresures a interpretar. Simplemente guarda silencio. Te animo a que nunca pienses que algo está en tu contra. Toma todo como una bendición. ¿Por qué debería ser diferente? Simplemente quédate quieto y observa. Observa como todo sale bellamente.
-Mooji-
Dos años más tarde, volvió a su apartamento costero con la firme intención de emanciparse. Su declaración de independencia también comenzó un cuatro de julio y consistió en dejar atrás el pasado e iniciar una vida sin esperar nada ni a nadie.
¿Quería cosas? Sí, como todo animal, pero también estaba decidida a aceptar que algunas de ellas serían inconquistables y que si no le eran ofrecidas, no debía insistir para llevarlas a cabo. El tiempo y los cabezazos le enseñaron que lo que no fluye es porque no le corresponde y, ella, tan avezada al logro por la fuerza porque en algún momento pensó que todo era posible, debía aprender a dejar ir aquello que moría en el intento.
Volvió a enamorarse, esta vez sin perderse a sí misma. Fue esta una historia de principios inmorales que se convirtió, poco a poco, en algo precioso y delicado. Suspendida entre una nube de fresa y otra de algodón, la crónica se llenaba de poesía callejera con ligeros toques aromáticos de tarta de manzana recién horneada. No podía decirse que se hubieran elegido mutuamente, sino más bien que el universo los puso en contacto como si fueran los indicados para alumbrar una parte de ellos mismos que desconocían.
Los meses fueron pasando entre renglones líquidos y pastosos, algunos de ellos, los más patosos, se colaron en uno de los relatos más hermosos e incontados. Como suele ocurrir con las buenas historias de amor, esta también era secreta, no se presentó con orquesta, sino que se orquestó desde la puerta trasera de un edificio desvencijado que comunicaba con el adyacente. Ambos inmuebles prácticamente en ruinas, vieron nuevos amaneceres desde una estructura a punto de colapsar.
En algún momento se derrumbó el armazón de tanta exquisitez porque la muchacha necesitaba contacto y el muchacho parecía huir del mismo. Se hundieron finura, elegancia y elevación sentimental, pues fueron acechadas por la inseguridad propia de la grandeza de sus respectivos egos. Se malentendieron las necesidades como suele pasar tras varios meses de estupor romántico porque estas no fueron comunicadas. Medraron salvajemente en la tinieblas, desatendidas y a voluntad del jardinero infiel. Un loco desajustado prendió fuego a los hierbajos y la humareda no dejó ver que el bosque se quemaba. Ardió todo en una explosión de lamentos, dolores y lágrimas.
La tierra no quedó yerma a pesar del incendio, solo en barbecho y se preservaron intactas las raíces más profundas de aquel mundo de fantasía. Brotaron nuevos árboles tan esperanzadores como el verde del que se tiñeron. También era verano, los días largos, el calor invitaba a la desnudez y las heridas quedaron expuestas a la brisa que debía ir secándolas. Los dos amigos se reencontraron fundiéndose en un abrazo infinito.
Solo la voluntad de ambos nos dirá si vivieron felices y comieron nubes de fresa y gominolas de sandía.
Esperemos que continúe esta historia sin final…

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