Busco, busqué, había buscado, buscaré… a mí, a ti, a nosotros. Busco encontrar el camino que lleva hasta uno mismo. Busco la esencia en las personas y en general. Desde el cuerpo y desde la mente. A la psicología «per se» le falta alma, a la espiritualidad le sobra ego. La justa medida entre las dos sería lo ideal.

La comprensión de nuestros patrones nos ayuda a aceptarlos e integrarlos para dejar de repetirlos.

Indagar en el porqué de las cosas es fenomenal, pero la comprensión no solo viene mentalmente. Es importante entender con la emoción, con la sensación y experimentar para integrar lo que es bueno para nosotros y lo que no. Son necesarias la reeducación mental así como la corporal. No (nos) escuchamos lo suficiente.

Todo este proceso empezó cuando, a la edad de ocho años, decidí comenzar a escribir un diario cuyo cometido era llegar a poder comprender a los hijos que nunca tendré en cada una de sus etapas vitales. Comprenderlos desde la vivencia y no desde la mente. Comprenderlos desde las emociones y no sólo desde la comprensión racional. Poco a poco, el deseo y la necesidad de escribir se fueron instalando y la verbalización resultó ser una herramienta crucial para mantener la cordura y la claridad mental en la jungla del mundo emocional.

Igual que me nutrí de pensadores y vivencias ajenas, pensé que compartir las mías podría resultarle útil a algún desamparado extraviado en toda la complejidad de su propio ser, como lo estuve y sigo estando yo. Gracias a las palabras de otros, hallé consuelo, claves y soluciones a mis incongruencias, incomprensiones y sufrimientos. No hay nada más que la voluntad de compartir, para eso entiendo que existe la tecnología o por lo menos este es el uso que justifica los medios.

Te puedo acompañar si tu me acompañas. ¿Vamos?

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