Nevó en la aldea, las chimeneas humeaban y yo solo podía pensar en cómo sería quedarme allí para siempre olvidando lo que fui antes de aquello. Había dejado de existir como pensaba que era y me reemplacé por una desconocida mucho más cálida, benévola y acogedora. La rabia seguía pulsando de fondo, pero no sé de qué manera había logrado encauzarla hacia la protección de los míos y no para protegerme de los míos. Me volví accesible, emocionalmente disponible para mí misma y, por ende, para los demás.
Dirigí mi mirada hacia el cielo y me sobrevoló una mariposa, mi animal de poder, el de la transformación. Perséfone me prestó su presencia y me susurró que la oscuridad invernal del inframundo había terminado. Aquella era una de las múltiples resurrecciones a las que me hube tenido que acostumbrar en este plano, pues así crecía mi alma, a trompicones y de sopetón, quemando lo viejo y renaciendo de entre sus propias cenizas.
A lo lejos, sonó un tambor acompañado de una maraca y un cántico que no supe descifrar, mas quedé embelesada y seguí el hilo del sonido que me condujo junto a tres mujeres y un perro. El can me dio la bienvenida con una inusitada alegría de la que me contagié. Allí estaban las tres divinidades repitiendo «Todo cura, todo sana, todo lleva medicina dentro, todo cura, todo sana, todo lleva medicina dentro…»
Me uní a ellas y en la hoguera crepitaban los troncos de leña que nos acompañaban con sus chispazos. Los dioses estaban presentes y a nosotras nos nació una danza salvaje a la que nos entregamos extáticamente. El tambor y su solemnidad golpeaban el alma y su eco nos sacudía arraigándonos a la Madre Tierra con un fervor y un ímpetu casi indecoroso. Me invadió una inmensa sensación de gratitud. De una plenitud el corazón quedó preso y brotó el Amor. Inhalé profusa y profundamente. Olía a primavera a pesar del invierno.
Aquella noche se dejó presagiar la tormenta porque amainó el frío entre bailes y aullidos. Al despertar, un manto de azúcar en polvo cubría las copas de los árboles, el sol lucía, colosal, ocupando su lugar en el cielo.
Entonces, con la mirada perdida en el horizonte, con el corazón rebosando de amor y las tripas recorridas por una placentera suavidad, lo recordé. Su sonrisa me encontraba en mis brotes de felicidad como si esta fuera la brújula que me condujera hasta él. Me volvía a mecer su respiración tranquila y apacible y aquella energía reparadora de incomparable belleza me acogía para sanarme a la par que curábamos al mundo a través de nuestra propia sanación.
Me sosegaba saber que existía y que no había sido una ilusión, que todavía quedaban personas buenas, honestas y que cada vez había más consciencia, quizás también porque avanzábamos en la escalinata que conducía al infinito y poseíamos una no desdeñable colección de arañazos.
Habían renacido las ganas de vivir y, con ellas, la esperanza.

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