Pues eso, que para Navidad he cogido la odiosa costumbre de comprar un billete de lotería. Como me tocó representar el rol de prosperidad en una constelación familiar el mes pasado, decidí comprar un boleto «por si las moscas» aún a sabiendas que más fácil era que me picara una pulga en casa sin tener animal alguno.
¿Cuál ha sido mi cara de «lo sabía» esta mañana al comprobar que, en efecto, no me ha tocado la lotería y que sí (SÍ) me ha acribillado una jodida pulga?
Tal cual lo leen, señores. Tengo las piernas desolladas. Nada más y nada menos que 56 picaduras en ambas piernas. Tócate los huevos Mari Pili.
Que ¿Cómo es posible?… De la manera más rocambolesca habida. Compré un mueble de segunda mano que fui a recoger a casa del vendedor, eso es a tomar por culo, la segunda a la izquierda. Al abrir el maletero me dijo «¡Uf! No cabe… mira que he estado a punto de preguntarte qué coche llevabas». Yo, que soy así de simpática, le dije «claro, es que no ponéis las medidas…».
Conversación de gilipollas ahí donde las haya porque las medidas no estaban publicadas, no, pero mi «yo capullo» tampoco las preguntó así que en vez de proyectar la culpa en el otro, me responsabilicé de mi estupidez. El hombre delgado hizo caso omiso a mi comentario capcioso y bífido. Levantó la estantería, divina y perfecta (tanto que no me lo podía ni creer), e intentó encajar un cubo demasiado grande en un círculo demasiado pequeño. No cupo por 1 cm… Mi gozo en un pozo. Caí en la desesperación, pero aquel hombre era del tipo resolutivo, cosa a la que no estoy acostumbrada. «Si quieres te la llevo yo esta tarde que tengo que ir cerca de tu casa.» ¡Coño! La esperanza me zarandeó dibujando una mueca de alegría en mi cara, o lo que viene a ser una sonrisa.
Y así ocurrió. El señor delgado se acercó y con su hija, levantaron el mueble y me lo dejaron en el comedor de mi casa. Noté que la niña tenía pelos de perro y deduje que tendrían una mascota, claro. No pensé más en ese detalle. Cuando hubieron abandonado el lugar, me entregué a los cuidados exclusivos de mi nueva posesión al más puro estilo Gollum: «mi tesoro». Le pasé una toallita limpiacristales con sumo cuidado. Me sorprendí de que encajara perfectamente en el hueco que le tenía reservado y sin medirla. Incluso las patas evitaban el enchufe que sobresale de la pared. Joder con el Universo… Mi padre se llevaría las manos a la cabeza por esta improvisación que no he heredado de su linaje, desde luego. Tengo eso que llaman «ojo de buen cubero» y una prolífica imaginación capaz de decorar a vista de águila. Otros dirán que soy una chapucera de tres pares de cojones. Ambas y ninguna.
«¡Qué suerte he tenido!» pensé hundiéndome en mi mullido sofá y me regocijé de que todo hubiera salido a pedir de boca. De boca de fraile. Sin embargo, un prurito en la espinilla derecha me sacó de mi esponjosa ensoñación. Me rasqué y sentí una excrecencia con la yema de los dedos. No le di la menor importancia hasta que el picor se extendió por la pierna y fue escalando tanto en intensidad como en extensión. Mis manos buscaron los puntos picantes, pero como ocurre con las picaduras recién estrenadas, uno no sabe hallar el origen exacto de la comezón. Seguí palpando y sentí que la pierna izquierda empezaba también a estar intranquila.
No me quedó más remedio que ir al baño a desnudarme y comprobar con un horror inenarrable que a la blancura de mi piel le había salido topos rojos. Desvestida y de faralaes (no por los volantes sino por los topos), ahogué mis ropas en la bañera para encontrar a la hija de la grandísima puta responsable de aquella carnicería. Buscando una pulga con el pulgar cerca de la una de la madrugada. Ni que decir tiene que no la encontré, algo que guardaba un extraño parecido con una pulga flotaba en la bañera… comprobé que eran las bolitas de lana de los calcetines.
Juro que la historia es 100% real y poco probable, casi rozando el 0,000001% y sin embargo…He aquí la diferencia entre la posibilidad y la probabilidad. Seguiré comprando un número para navidad, por si las pulgas.

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