Mi padre es mi sol y mi madre mi luna. Siento la alegría y la inocencia de él, veo su llama, su centro preservado a base de alejamiento. Siento la maternidad y la infinita bondad de ella, su centro más amplio más grande y profundo, más salvaje y animal. Ambos me acompañan, se han instalado en mí. Lo vi ayer, claramente, sin lugar a duda. Soy una extensión de ellos, soy parte de ellos siendo yo misma. Laten en mí todas esas virtudes, se expanden, colonizan mi ser echando todo lo aprendido.
Lo sentí resplandecer en cuanto me vio, se le iluminaron los ojos, esa mirada cada día más apocada que se va apagando con el paso de los años y el cuerpo diminuto casi imperceptible y otrora con presencia de fondo, nunca ruidosa siempre firme aunque alejada. De ella recibí un amor inconmensurablemente tierno y dulce como el algodón. Ella es como esa cama mullida que me acoge cuando todo se viene abajo a pesar de la dureza y una severidad de pacotilla con las que enfrentó la vida. El disciplinado, ella totalmente lo contrario. Una extraña pareja.
Los llevo conmigo, estoy hecha de ellos y por eso brillo. Brillo tanto que me ciego. Y cierro los ojos y recibo la realidad desde la no acción. Soy un receptor de energías. Me traspasan y me alteran. Las proceso y las devuelto. Recibo y retransmito.
Estoy anclada ya. Y no atraigo a mí sino que selecciono desde mí, desde la tripa, desde lo que mi cuerpo sabe que es bueno y lo que no.
Cuando algo es aprendido, no hay energía, cuando es ego no percibo nada, son palabras vacías, no hay mensaje real. En cambio, lo genuino, el dolor, la alegría, la pena, la ira me traspasan y los siento como si fueran míos. El miedo es mío y también puede ser de los demás por eso no puedo diferenciarlo.
Soy un mar de calma y recibo el oleaje sin tratar de aquietar nada, solo recibo, siento y devuelvo, recibo, siento y devuelvo.
Esto es lo que tiene sentido escribir hoy. Nada más.

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