En la linde de la vigilia y el sueño existe una tierra de nadie, no man’s land, nowhere land, wanderland, no land at all. Es un territorio desconocido por no ser. Es un estado, como un puente entre el consciente y el inconsciente al que todos accedemos sin saber dónde se encuentra el umbral justo entre el uno y el otro.
Allí me hallaba suspendida con un pie en una riba y el otro en la otra. De repente, se apoderó de mí un arrebato libidinoso. De dónde vino o hacia dónde fue no puedo estar segura de ello, mas me expulsó de ese pacífico estado de duermevela. Sentí el fogonazo, como si alguien me pensara muy fuerte y luego se marchó la llamarada. Tal como vino, desapareció. Aterricé en el mundo de los vivos de sopetón y desconcertada. Se me apareció un rostro no sé si fruto de mis anhelos inconscientes o bien producto de la realidad.
Me entró una terrible necesidad de orinar, como suele pasar después de un exceso de adrenalina. Volví a la cama y no le otorgué mayor importancia. Me programé mentalmente, como es costumbre en mí, diciéndome que aquello no había ocurrido más que en mi fantasía porque ando algo removida hormonalmente debido al influjo de la luna llena. Respiré, me tranquilicé y de nuevo regresé a la entrada del mundo onírico.
Al cabo de un tiempo indeterminado, algo se apoderó de mí. Una fuerza entró en mi cuerpo. Se me metió algo bajo la piel y trató de arrebatarme el alma. Retrospectivamente y desde el estado de vigilia, intento convencerme de que, nuevamente, fue creación de mi mente, pero me debatí y chillé como una loca por no ser desposeída de mi cuerpo. Tal fue la batalla que hoy siento el cuello dolorido, pues hundí muy fuertemente la cabeza en la almohada para no ser presa de aquello, lo que sea que fuese.
De nuevo, abrí los ojos de par en par, pero sin miedo alguno, cosa poco usual en mí. Volví al baño y repetí la operación de vuelta a la cama.
Desde este fin de semana estoy sintiendo cosas muy extrañas en mi cuerpo físico. No sé si tendrá que ver con las horas de meditación que van en aumento, con el despeje progresivo de un canal sensorial que decidí en algún momento bloquear para mi propio bien o no sé. Ando desconcertada en los conciertos que se da el universo. No quiero leer, ni buscar información para no alterar el estado perceptivo con etiquetas. Siento y punto. Siento y me fío como nunca antes de mis percepciones porque, de otro modo, ya sé lo que ocurre.

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