Vivíamos en pecado. Decidimos no unirnos en santo matrimonio, pues ni él ni yo creíamos en un padre todopoderoso. Para aquella época éramos considerados herejes por ello, debido al peligro de nuestro concubinato, decidimos anunciar que se trataba de un parentesco lejano. Yo, mujer soltera, necesitaba de un proveedor. Él, venido de las tierras del norte tras fallecer su esposa, prima mía, había tomado la firme determinación de aceptarme a mí como su protegida.
Lo cierto era que nos vimos cerca del mar un día de sol y, con el tiempo, nos enamoramos. No sé el año exacto en que mi historia ocurrió, estábamos sucios y las calles olían a orín y moho. Yo dominaba el arte de la sanación a través de las plantas y aquello ya había alarmado al consejo de sabios. Ni qué decir tiene que en cuanto él vino a vivir conmigo éramos la comidilla de los corros de las buenas gentes. Aún así, no perdí clientes por ello, yo poseía una sabiduría ancestral que ellos necesitaban para sanar.
Éramos felices porque nuestra vida, sencilla, nos daba libertad a ambos. No nos habíamos jurado amor eterno, no dependíamos el uno del otro y nos sentíamos seres completos aún estando separados. Bastaba con mirarnos para saber lo que uno pensaba y podíamos expresar libremente nuestras necesidades más profundas.
Las alarmas en el pueblo empezaron a sonar cuando de nuestra morada un aullido estallaba no importaba el día ni la noche. El amor fluía y aquello molestaba a la moralidad de los moradores del pueblo. Pecado, lo nuestro era pecado.
Una noche, unos encapuchados derribaron la puerta de mi casa y me apresaron por la fuerza. Él no pudo hacer nada contra ellos. «¡Bruja! ¡Bruja! ¡Bruja!» se desprendía del griterío que aguardaba cerca de la cárcel. Fui vejada, humillada con toda suerte de podredumbre.
Me encerraron en una celda oscura y húmeda y no supe nada hasta el amanecer cuando vinieron a por mí, de nuevo, mis carceleros. Me llevaron a los pies de un personaje del cual había oído hablar pero nunca pude ver hasta entonces.
-Has embrujado a tu pariente, mujer de poca fe. ¿De qué manera sino podría él haber sucumbido a la tentación de tu cuerpo? Por ello serás quemada hoy 4 de diciembre al atardecer.
Hijos de puta. Me entró un miedo inenarrable, no por la muerte en sí que tan solo era un paso entre esta vida y la siguiente, sino por el dolor que tendría que mediar de un mundo a otro.
Nos permitieron vernos una última vez, justo antes de llevarme al cadalso. En las sombras sentí sus lágrimas y su pena y le dije:
-No te preocupes, volveremos a vernos en la siguiente reencarnación. Te juro que no desistiré hasta encontrarte y para ello me conjuro a mí misma un sortilegio y es que ningún hombre será capaz de tocarme el alma hasta que tú aparezcas. Profanarán mi cuerpo muchos, mas solo uno podrá entrar dentro y así, sabré que eres tú. Tú me reconocerás a primera vista y sentirás por mí un amor inmenso, un cariño y una ternura como las que ahora sientes. No te preocupes, si no nos encontramos en la próxima vida entonces seguiremos buscándonos hasta que seamos conscientes de habernos hallado. Nuestras almas quedarán unidas en plena consciencia y ya no necesitaremos seguir buscándonos ni en el tiempo ni el espacio.
Clavó en mí su mirada y selló el pacto con un beso en la frente, el beso más puro que un ser puede darle a otro ser.
Subí al tablado con la frente muy alta y una dignidad propia del que confía en el universo. Con mis ojos en los suyos, sin dejar de mirarlo, encontré la fuerza necesaria para enfrentarme a mi inminente destino. Le dije «te amo» y él me respondió «te amo».
Ardieron las llamas y sentí en mi cuerpo el fuego. No hay manera más pura de morir que ardiendo. Antes de perder la consciencia grité: «Queda sellado nuestro pacto de almas que no deberemos romper»
A día de hoy, todavía nadie ha sido capaz de abrirme en cuerpo y mente. Quizás tengo que esperar hasta la siguiente vida que, a lo mejor, se está ya desarrollando en otra dimensión en este preciso momento. Estoy donde tengo que estar y todo responde al plan perfecto de esta conciencia superior que anida dentro de cada uno de nosotros.

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