Estábamos la montaña y yo, cara a cara, en una actitud nada desafiante por su parte, hostil por la mía, como no podía ser de otro modo. Mi antigua «yo» hizo aparición. La Naturaleza puede ciertamente borrarnos de un suspiro y, allí, frente a la majestuosidad del paraje, sentí que toda mi vida estaba fuera de lugar, nada tenía sentido en aquel momento. Apocada, me sentí lo que era: nimia, prescindible. Un baño de humildad se impuso sin pedir nada a cambio.
La impetuosidad del yo siempre arremetía cuando se las veía con entes del mismo calibre, pero ante la clara superioridad de lo que apenas muestra su fuerza, el humano beligerante como lo había sido yo, se sentía ridículo, mermado y totalmente fuera de lugar. ¿En qué momento nos convencieron de la importancia de uno mismo? Joder, qué estupidez esta visión marcial de la existencia. En mi vocabulario todo había sido pugna, lucha, llamas, fuego, agresividad, supervivencia, acusaciones para mantener en marcha la máquina de guerra.
Da igual el número de libros de filosofía tao, budista, oriental, occidental, pajera mental. No importaba, nada importaba ya. La verdadera sabiduría me la estaba dando la calma y la paz circundantes. Allí no había combate alguno ni batalla por nada, sino un inapreciable fluir, un ser y estar allí con la consciencia de que, la única y mejor cosa que podría hacer en esta vida es rendirme y dejar de querer comprender.
Estar y ser, ambos en uno, sin miedo a la muerte, pues llegaría. Sin temor al rechazo, no existía más que en mi mente. La naturaleza me abrazaba, igual que la hiedra abrazaba al árbol.
Se estaba fraguando un plan de salida… mierda… esta vez, no obstante, la cabra tiraba al monte y mi interior hacia el interior.

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