Pretendíamos ver con los ojos del alma de la única manera que conocíamos y aquello resultaba imposible porque la vista clásica solo permitía percibir lo material mientras que se le escapaban las sutilezas.
La mirada del corazón era sensible a la vibración que emitían los cuerpos, a sus colores, a sus olores, a los sonidos incluso los inaudibles. Se traducía por una sensación corporal. A veces eran emociones que nos atravesaban de arriba abajo sin ser nuestras, a veces eran sensaciones en la base del vientre, escalofríos o sofocos, explosiones de llanto o alegría sin origen aparente.
A cualquiera se le antojaba como una majadería propia de la ensoñación infantil: «¿Cómo va a ser posible ver con los ojos cerrados? ¡No digas chuminadas!», pero lo vi, era una realidad, el druida me lo enseñó.
Yo no sabía mirar con los ojos cerrados, sí con el corazón y me fui de retiro a ver si aprendía a abrir la mente y a creer en la magia, más todavía.

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