Volvió. Tal y como se fue hizo de nuevo aparición con su melena al viento, con sus aires de grandeza, con su insolencia y avasallamiento. Entró de nuevo en mi cuerpo y aunque le ordené con frenesí que se largara de mí, le pareció divertido y mostrándome el dedo corazón se apoltronó en mi tórax y se desparramó en mi vientre.
Hay un hueco entre el corazón y el estómago, ahí está ella. Cuando cierra el puño, como jugando conmigo, se cierra el paso del aire y el yunque cae sobre mis costillas.
Ella no existe, es un producto de mi mente enferma. No la quiero, la detesto, la combato y trato de ahuyentarla con la rabia que se torna en ira cuando siento que me constriñe cada vez más. Su burla me enciende y la ira se transforma en odio. Sigue ahí, agazapado con su deplorable sibilancia, acobardado a la vez que divertido porque sabe que nada puedo hacer contra él porque en realidad no existe y es fruto de mi fantasía enferma. ¿Cómo echar algo cuyo creador es uno mismo?
Yo soy la guionista de mi propia asfixia. Me concentro en ese punto de mi cuerpo y le digo que sé que no es real, que es mi propia ilusión, que yo respiro, que no existe, que es invención mía, que el ahogo es como una compuerta en mi cerebro que se activa cuando algo ocurre dentro del mismo. El problema es que no sé qué hace que se cierre o se abra. Es algo muy inconsciente que enciende el mecanismo de ahogo.
Hablo con él, no me hace caso. Trato de comprenderlo: «estoy a tu servicio, dime qué te pasa, habla ahora o vete de mí, parásito inmundo.» Igual este rechazo es el mismo que dispara el gatillo. Esto es lo que tengo y con esto debo aprender a vivir. Cuanto más odio y rechazo, más constricción. Si uno no aprende a fluir con la vida, la vida te obliga a fluir con ella. Este debe ser el aprendizaje de finales de este año y, sea como sea, tengo que integrarlo.
Da igual que me haya quedado sin vida exterior, he apagado todo, he echado prácticamente a todos de mi vida… aún así… sigo sin poder respirar.

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