Siento que degusto sin disgusto cualquiera de los sinsabores que hubo. Queda más bien el relente insÃpido aunque fresco de un pasado que me visita en presente. Nada del otro mundo, sà en cambio de otra vida.
Como si todo aquello que fui, era, hubiese dejado de existir, se esparcen frente a mà las cenizas de una efigie que dejó de ser. He desaparecido y ya no quiero volver. Me siento inmensamente agradecida por cada uno de los que vinieron a mà y por aquellos a los que di caza y muerte. Hace tiempo que depuse las armas y tan solo de vez en cuando me visitan fugazmente la ira y la amargura. Les doy la bienvenida, exploto con ellas dejándome arrastrar por la momentánea ceguera, mas el centro se impone de nuevo y la inmensidad del amor me devuelve a la compasión y al gusto de desaparecer.
Alguna letra se me cae del bombÃn o la chistera, depende del momento. Todas ellas fruto de la alegrÃa que se agolpa en el corazón y quiere susurrarle al mundo lo hermoso que es vivir, incluso en la tristeza y la desesperación que tan solo son estados del «yo». Supuran entonces alambicadas palabras de añoranza, pero se rinde el personaje ante la grandeza descubierta al doblar la esquina de sà mismo. Algún fraseo aspira a dejarme respirar pues un anhelo se esconde tras los visillos de la creatividad. Carencia, falta, el cuento de quien se siente insuficiente y escapa.
Los mimos que me crearon deseo, deseo dejarlos ir y liberarlos porque ya son mÃos. No quiero nada que no tenga. La vida me surte con lo que necesito y a cada regalo me pregunto lo que tengo que aprender de ello.
Me resulta complicado no encontrar respuesta en el pensamiento aunque la complicación atestigua del pensamiento mismo ¡Qué contrariedad! Cuando pienso, me equivoco. Asimismo Descartes, que descartó la posibilidad de que el sentir fuera la realidad. Entonces viene una oleada de certidumbre. Es como si hubiera dejado de discutir conmigo misma y supiese todo cuanto tengo que saber. Dejo que corran el «saber», el «querer», el «pensar». Me rÃo de mà cuando discurro y me escurro. Nada tiene sentido y lo dejo ir con gratitud. Ningún pensamiento, idea, opinión es de nadie, solo de Dios, del Universo o de las altas esferas.
Tampoco lo es ese que incendia las noches. No lo quiero más que libre, igual que yo. Ya está conmigo. Yo estoy conmigo y es suficiente. Es como si el deseo y el ruido que consigo trae hubieran cesado de repente. Vienen y se van y la paz se aleja y vuelve en un baile frenético de idas y venidas. El amor está, el amor soy yo y también el cemento del universo. ¿En qué momento creà que habÃa que hacer algo para ser amada? Se me ahogan las lágrimas al pensar cómo me perdà en el tiempo y en la vida persiguiendo una cosa que era ya mÃa. Me creà que las sombras de la caverna eran la realidad.
Pretender que estoy fuera serÃa petulante aunque de vez en cuando me permito ver mi arrogancia con compasión. Doy un paso hacia la salida. Cuando el miedo amaina y aparece la esencia. «Vamos» dice con su voz cantarina «no pasa nada por pensar que eres lo que no eres ni identificarte con algo». Me toma de la mano y estira de mÃ. Entonces la sigo y la luz me ciega. Cierro los ojos, duele y el aire se vuelve ligero y fresco. Estoy acostumbrada a la rancidez de mis propios efluvios asà que respiro un poco y vuelvo a meter la cabeza en lo que me es conocido. ConfÃo en que el periodo de adaptación a la luz irá conquistando territorio.
ConfÃo en que todo es, ha sido y será como se estipuló que fuera: sencillo y perfecto.