«Todo pensamiento dentro del tiempo es invención; todos los artefactos, los aviones, los refrigeradores, los cohetes espaciales, la exploración dentro del átomo, todo eso es resultado del conocimiento, del pensar. Estas cosas no son creación, la invención no es creación; el pensamiento jamás puede ser creativo, porque el pensamiento está siempre condicionado y nunca puede ser libre. Sólo es creativa esa energía que no es producto del pensamiento.»
Krishnamurti- El libro de la vida 5 de junio
Me hice pequeña de nuevo. Se estaba cerrando el círculo y un ciclo para un nuevo comienzo. Las sincronicidades se sucedían como prolegómeno de lo que estaba a punto de acontecer. Sin comerlo ni beberlo, me estaba encontrando de vuelta con todo mi pasado.
M.A se me apareció de la nada y me hizo llorar con su remembranza de la efigie de una niña más dicharachera que pianista. Se me representó la pureza todavía intacta de una petarda que apuntaba a maneras mansamente díscolas. La dulzura propia de la inocencia infantil antes de ser mancillada por el bicho huraño en el que me he ido convirtiendo.
S me vio sentada en la terraza de un bar mirando al cielo. Yo no lo vi a él, pero él sí a mí. A pesar de lo mal que terminó nuestra relación me sorprendí alegrándome de verlo después de cuatro años. No parecía haber cambiado un ápice y recordé aquello que nos separó: el estancamiento a todos los niveles. Ya no cabía la animadversión, el dolor o la duda, sólo sentí plenitud y alegría. Se le veía bien y aquello me bastó para experimentar júbilo.
Me ocurrió con D algo semejante, mas el resultado fue muy diferente. Tras enviarle un mensaje de paz y amor, me bloqueó. Que Dios lo tenga en su gloria, de verdad lo digo. Todavía queda todo el resentimiento y odio que le pertenecen y que no quiere aceptar como parte de su oscuridad. No pasa nada, todo se perderá en el fuego. «Non era il destinato e forse non deva scoprire mai la sua ombra»
Una semana más tarde, con la mejor de las compañías, también ella de largo, larguísimo recorrido, huelga decir que me gustan las relaciones duraderas y los bienes imperecederos todos ellos inmateriales, puse los pies en el suelo de la tierra que me llamó a gritos apenas un par de meses antes. Experimenté el rebosamiento de un inexplicable regocijo. Una felicidad en distensión, como una bola de fuego nacida en el pecho en plena conquista del cuerpo entero. Pasaron algunas horas desde mi llegada y aquel influjo iba in crescendo. Sólo quería compartir nuevamente la serenidad y el abrazo que nos merecíamos, era todo cuanto tenía dentro. La mente se puso a la defensiva y el corazón al ataque. Ambos gladiadores en el eterno combate que escinde al humano.
mente: «siempre haces lo mismo, llega el ocaso y te rajas, no tienes dignidad»
corazón: «¿De qué dignidad me estás hablando? Esto no va de quién la tiene más larga, sino de quién es capaz de ceder para crecer»
mente: «pero recuerdate partido hace apenas un mes, recuerda cómo el cuerpo casi nos estalla»
corazón: «Sí, pero no somos los mismos, gracias al incidente renacimos, tú también. Toca agradecer y pasar al siguiente nivel, sea cual sea.»
Me dirigí hacia aquella chimenea cuya historia fue la de dos amantes. Paseé maravillada por la belleza de los lares, por la amabilidad de sus gentes, por el vaivén del tráfico, el reflujo de los turistas, la radioactividad de las aguas y los peces basureros con los que nadé. Me quedaron pendientes los patos a los que traté de evitar por si me picoteaban la mano y aquellos otros peces que, ante un descuido, podían arrancarle de cuajo el dedo a cualquiera. A las cuatro de la tarde, en la terraza del Marriott y con la ciudad a nuestros pies, empezó la ronda de sonrisas y lágrimas animadas por un alcohol corriendo más rápido por nuestras venas sedientas que la pólvora. Nos dio la verborrea y conocimos a una pareja de chicos, a una mujer y a su nuera. Me volví hasta sociable por eso fumamos cigarrillos «Vogue» también conocidos como «cigarrillos de puta». Verme a mí con uno de esos en la boca es del orden de la disonancia cognitiva.
-Tú fumas porritos ¿no? me dijeron Raúl y Alejandro
-Yo no fumo, dije sacando una vaharada de humo por la boca.
Después de 3 horas de terraza fashion de la muerte en camiseta agujereada de los 80′ que recodaba a «Verano azul» y mi amiga ataviada de reina mora (ella está siempre divina y yo parezco sacada de proyecto hombre, según me dijo un duende), bajamos en ascensor apretando más de un botón. Sesión de fotos asegurada en el cubículo, pues quince pisos con varias paradas dan para muchos retratos o intentos de.
La Catedral fue testigo de una descomunal melopea, ¡Que Dios nos coja confesadas! tras la cual una tal Mari, majísima ella, trató de venderme una solución milagrosa para las patitas de gallo. «Uf, Mari, hija mía, no sabes con quién te has topado, ya de normal no me veo pero es que ahora mismo veo el doble» Estallamos de risa, esa risa de hiena hasta las trancas de birra. Mari se dio por vencida, no éramos su target, pero encantadas de haberla conocido mientras la estábamos cociendo.
En pleno subidón un mail. Dejé de reír y me puse a llorar, así, a lo borrachera de sábado noche aunque era un lunes tarde. Se apoderó de mí la ternura y ganó, por supuesto, el latido rítmico, seguro y constante. Dejé que el intelecto se jactase de su superioridad parlamentando latamente y perdiéndose en esos soliloquios que solo los locos cuerdos comprenden. Sin el corazón, la mente no existiría. Sonreí y me felicité por no recordar aquello que nos separó, aunque por no recordar, no recordaba ni mi nombre. Hay cosas que no se pueden olvidar, sin embargo.