«Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida.»
– Confucio –
La diferencia entre un domingo y un lunes descansaba en el movimiento circundante. A ella, que le gustaba más bien nada el ajetreo, le repelía el frenesí de la mañana laborable. «Hoy es lunes», musitó entre dientes mientras, de soslayo, divisaba a los pasantes enfilar hacia el parking. Se dirigían cabizbajos y no sin resignación hacia el matadero diario. Uno tras otro, ordenadamente, sin premura y en silencio marcaban la macabra marcha fúnebre que debía conducirlos a esas ocho horas (más una y sus consiguientes desplazamientos) cotidianas de despersonalización.
Algunos abandonaban el hábito antes de salir de casa. Otros se desprendían de ellos mismos a las puertas de sus vehículos y finalmente, los más fieles se desnudaban en el umbral de sus templos con la esperanza puesta en el Dios tiempo. Todos entonaban una secreta oración compartida: «Que el tiempo pase rápido, por favor, que el tiempo pase rápido y no hayan marrones».
Echaban la vista gorda al cielo esperando un haz de luz verde que fuera el beneplácito divino para no atender a sus obligaciones. El mesías estaba en otra parte arreglando desaguisados de mayor envergadura seguramente porque era lunes y debía responder a las peticiones de sus feligreses. El buzón de sugerencias y quejas rebosaba, especialmente tras el domingo de misa.
El lunes resultaba particularmente duro, también para Dios. Después de todo, él inventó el mundo a su imagen y semejanza. La inspiración divina es capital ejemplo de que las musas también se toman unas vacaciones y aquel día se esfumaron las muy arpías.
Para el humano, ponerse rumbo a la obligación cobraba un viso de perversidad crematístico aceptado unánimemente con la única finalidad de pagar las facturas a final de mes. El precio de la libertad era la esclavización en mayor o menor medida.
Ella seguía divisando la división desde un resquicio de autonomía todavía sin empañar y empeñada en creer que disponer del propio tiempo es lo máximo a cuanto se puede aspirar dentro del cerco al que llamaban sociedad.
«Dentro de lo malo, lo menos malo. No estoy tan mal», pensó y se encaminó hacia su despacho donde el ordenador la esperaba con la sesión abierta…
El «Sign in» parpadeaba.
¡Ay Pepe!

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