Hace ya tiempo que me propuse leer todos los clásicos, los que pueda. Primero porque encuentro en la literatura contemporánea, la del nuevo siglo, una molesta ligereza y un proverbial empobrecimiento verbal que no me satisfacen y, más aún, me ofenden. Me siento como uno de esos vestigios del pasado con un hambre de acopio de palabras y figuras de estilo que sigue siendo voraz. Encuentro aire y vacío en la literatura de hoy y me parece ridículo que se tache de buen escritor, aunque no diga nada trascental, a quien emplea una palabra bien sonante. Me enferma la estupidez a la que nos han llevado…en fin.
Segundo porque los clásicos tratan, en la mayoría de casos, de esas cuestiones que acechan al humano desde que el hombre es hombre y cuando no existía instagram no había más cojones que escribir un libro para plasmar tu desazón sin aspaviento alguno. O lo escribías bien o no había tutía. Los grandes escritores de ayer habrían sido los grandes influencers de hoy, o no. Tiempo atrás, pocas distracciones se desplegaban y quien no mataba moscas con el rabo, escribía.
Tercero porque me gusta decir que he leído a tal o cual autor… es así. Me gusta darme el piste que no es más que alpiste para el ego, lo importante es reconocerlo. Me siento más inteligente si leo a los de antaño y muy siceramente porque nada de lo que ha caído entre mis manos a día de hoy me ha entusiasmado (propia vivencia).
Pero yendo al lío… Es este libro, ¿Cómo decirlo para que no suene pedante?, a pesar de ser un clásico no deja de ser una historia de misterio cuyo último capítulo da muerte a todos los enigmas. ¿Qué quiero decir con esto? Que no me gusta. Tampoco son de mi agrado las novelas detectivescas cuya trama se teje con la mera exposición de los hechos y finalmente se destapa el pastel. Sencillamente, me aburren. No tienen nada de malo, es algo que me resulta insoportable y que a otros les maravilla.
De la narración destaco, no obstante, la facilidad de su lectura. Ningún pasaje se encalla, todas sus líneas fluyen y confluyen naturalmente. No hace falta tomar aliento, reposar el mensaje porque no lo hay. El relato de los hechos es lo que es y punto. Reconozco el estilo policiaco que tanto aborrezco.
No es hasta el último capítulo donde se tiene información sobre la moralidad del personaje y donde aparecen, aunque tímidas, las diatribas internas que, en este caso, permanecen superficiales.
Del libro destaco, por encima de la historia misma, la introducción de Manuel Garrido. Es la que realmente me ha hecho disfrutar adquiriendo sentido aquello de «como es afuera es adentro». Debe ser su autor un indagador profundo pues está plagada de notas al pie de página y dobleces que pretenden darnos a conocer el interlineado de una historia que, a mis ojos, no lo tiene.
Me da la sensación que son más los estudios que se han llevado a cabo sobre esta novela los que han pretendido buscar los tres pies al gato que la novela en sí. Stevenson gozaba de nacionalidad odiosa y llanera. Los que me conocen saben de mi aversión por el estilo inglés que nada aporta, sino ese «contentment» de pusilánimes deshinchados a los que apetecería sacudir con tal de que parieran algo con garbo. Muy al contrario me ocurre con sus vecinos, los encabronados irlandeses que hasta el whisky les sale mejor. Un irish de baja gama será siempre mejor que un scotch medio. Sin hielo y a pelo, gracias.
Se ha querido que «El extraño caso del Dr. Jekyll y de Mr. Hyde» sea un reflejo más (muy enjuto) de algo de lo que los libros de filosofía venían ya atestados. Platón, Aristóteles, Descartes, Popper… todos ellos partieron al ser humano en dos mitades. Me viene especialmente a la mente «El lobo estepario» de Hesse, aunque habrá seguro muchas más que trataron el tema.
De dualismos está la literatura granada siendo este terreno pantanoso, el que separa «lo que es» de lo que «debería ser» el que ha avivado la llama de la incomprensión y la búsqueda de los porqués de dicha brecha a lo largo de la historia.
«La dos naturalezas que contienden en el campo de mi consciencia», quiso Jekyll separarlas artificialmente con ayuda de la ciencia y liberar así a la humanidad sin comprender que ese rechazo de la sombra, la parte oscura del alma, la eterna desconocida, hace que se redoble la tensión entre las partes. La negación de una es forzosamente su empoderamiento.
En palabras de Jung: «Aquello a lo que te resistes, persiste» o, mejor aún, «La separación de la psicología de las premisas de la biología es puramente artificial, porque la psique humana vive en unión indisoluble con el cuerpo». «No hay toma de conciencia sin dolor».
Como se puede leer en las siguientes líneas:
«Elegí la parte mejor, pero me faltó el vigor para mantener esa decisión»
Y del hecho de elegir, la sombra impone sus condiciones y más fuerte se erige cuando es acallada, ignorada o sencillamente negada:
«No es que yo soñara en resucitar a Hyde; no, fue en mi propia persona donde una vez más sentí la tentación de jugar con mi consciencia; y fue como un secreto pecador ordinario como caí finalmente ante los asaltos de la tentación»
Aunque al final, vemos que la sombra, ese ego mal conocido y rechazado por la parte consciente por ser desalmado, sanguinario e inhumano, tiene una razón de ser esencial para nosotros: nuestra protección aunque con el tiempo se vuelva disfuncional y se advierta de sus efectos contrarios a aquellos por los cuales se desarrolló.
«Donde Jekyll quizá hubiera podido sucumbir, Hyde estuvo a la altura de circunstancias.»
«Cuando su vida peligraba, Hyde era una criatura nueva para mí: sacudido por arrebatos de desordenada furia, excitado hasta el borde del asesinaro, deseoso de infligir dolor.»
No fue hasta que Stevenson, en un plano literario, y Nietzsche, en un plano filosófico, propusieran la disolución del sujeto en un sentido que iba más allá del dualismo que se empezó a vislumbrar la posibilidad de que la mente humana fuera «una pluralidad de agentes que contienden entre sí en el teatro de nuestra intimidad». Seguramente la filosofía oriental, el budismo, etc ya lo habrían concluído a través de la mera observación.
Dirá Jekyll en su postrero escrito:
«Día tras día y desde las dos dimensiones de mi inteligencia, la moral y la intelectual, me fui acercando así cada vez más a esa verdad por cuyo parcial descubrimiento he sido condenado a tan horrible naufragio: que el hombre no es verdaderamente uno, sino verdaderamente dos […] me aventuro a conjeturar que a la postre se sabrá que el hombre es una mera sociedad de múltiples habitantes incongruentes e independientes entre sí.»
De esta observación, la más devastadora y certera de las escasas cien páginas que conforman el relato, se deriva la única verdad empírica que hasta la fecha he podido experimentar. El tratar de dejar atrás ese dualismo, desfragmentar el ser o la mente y aceptar que somos muchos dentro de uno, es la única manera de seguir transitando por esta vida de forma pacífica. Lo dijeron muchos, lo dicen todos, lo vive uno, o no lo vive, pero quien llega a esta conclusión desde la experiencia sin que por ello sufra contienda alguna por tener que decidir alimentar a una parte u otra, a la luz o la sombra de nuestro ser, ya puede sentirse en paz y seguir transitando esta vida desde la dulzura y la compasión.
En definitiva… un libro que ni fu ni fa. Las reflexiones vienen de otros lares. De Inglaterra seguro que no.

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