La visita nocturna de Mr. Hyde: Juro que lo vi en mi balcón a las 3 y 33 de la madrugada.

Lo que me apresto a relatar a continuación es la razón por la que no puedo leer, ver ni escuchar historias de miedo, de terror o acaso de suspense. Culmina en catástrofe y pánicos nocturnos.

Me venció Morfeo sobre las once de la noche, mientras Dostoievski estaba elucubrando sobre el rol de la Iglesia en el Estado o del Estado en la Iglesia, sobre los catecúmenos, los ermitaños, las mujeres que amaban demasiado, sobre los tullidos físicos, emocionales y toda suerte de especímenes que poblaron, pueblan y poblarán el planeta hasta que se instaure el Darwinismo religioso que más abajo trataré de explicar a bocajarro resumiéndolo en una frase.

Los ofensivos retruécanos de Fiódor Pavlovich Karamázov se presentaban como prelados, todo ello perlado de la extravagancia del mismo y, poniéndome perdido el pergamino, me perdí con los ojos en las letras. Son estos, pasajes obligados de todo mamotreto, de hechura antigua que quedaron anclados en un pasado, avejentados y de paupérrima actualidad, los que vencen en efectividad a cualquier fármaco para conciliar el sueño. Doctoievski también aburre al más pintado aunque siempre se trufa de maravillas por las que vale la pena engullir ciertos démodés.

Me trae sin cuidado el papel de la Iglesia en el Estado, de si la Iglesia debe ser el Estado o viceversa o lo contrario o la nada más absoluta. De ser por mí dinamitaría cualquier institución social y sálvese quien pueda. Darwinismo religioso es «Mataos los unos a los otros, matén». «Oh! Exhortación a la violencia!» Si algún día logro salir en la portada de algún periódico, se desenterrará esta frase fuera de contexto para acusarme de Dios sabe qué.

A las once abandoné el circo dostoievskiano y, habiendo amado a la humanidad entera, me ensobré con celeridad, no fuera a irse Morfeo y me quedara chupando tinta sin interés, sin sueño y con cara de mona lisa con sonrisa póker.

A las tres y treinta y tres, juro que así fue, de una inquietante necesidad de orinar fui rea. Hasta aquí todo más o menos normal. La aproximación viene porque en el despertar sentí demasiada clarividencia y activación neuronal. No fue el pastoso y típico desvelo propio de la micción, sino un fin o un inicio de ciclo circadiano. No era la primera vez ni tampoco la última que aquello ocurría, soy una devota seguidora de las madrugadas blancas, adoro no pegar ojo en toda la noche, si no lo habéis probado recomiendo la experiencia.

Me dirigí al baño no sin antes echar un ojo al salón como suelo hacer siempre para observar la pared pintada con café y enorgullecerme, más que de mi creatividad de ese par de huevos que tengo. Lo dije ayer, quien no tiene qué hacer mata moscas con el rabo, escribe un libro o pinta la pared con lo que «haiga» en casa. El café sobrante y los vídeos de youtube sobre manualidades (vistos en el transcurso de numerosas madrugadas en blanco) preñaron la imaginación de infinitas posibilidades y un día fui la madre que parió un muro vintage.

A pesar de la oscuridad, pude apreciar esas aguas sucias dibujadas por el café gracias a los chorros de luna que entran por el ventanal adyacente a la pared de estética ascética, a-estética. Noté un movimiento en el balcón y el sudor frío me hizo jadear jodidamente. ¿Qué…? Allí había alguien, era la silueta de un ser pequeño coronada de un sombrero de copa. Parecía deforme como encorvado dentro de un frac del que tan solo pude ver la cola casi tocando el suelo. Reconocí a Mr. Hyde. ¡Era él, seguro que era él! Estaba inclinado sobre la pobre y desgraciada maceta ocupado en degustar las hojas de la misérrima planta.

Después de reparar en su presencia y verle chupando clorofila, se me bloqueó la caja torácica y no pude seguir respirando. Sufrí un shock. A mis piernas les entró un tembleque como aquella vez en que un gitano intentó abrirme la ventanilla del coche a puñetazos para partirme la cara. Cosas que pasan por ser descarada en extremo y demasiado joven para calibrar la inutilidad de mostrar el honorífico dedo medio.

Con el corazón en un puño debatiéndose por desbocarse, las sienes palpitando, los pelos de todo el cuerpo como escarpias, la garganta hecha un nodo, ahorcándome con un nudo, opté por no querer ver a Mr. Hyde que seguía chupándome la clorofila y ajando las hojas de la misteriosa planta que sobrevive a mi paso. Me metí en el baño en cuanto pude inhalar un poco de aire.

¿Sabéis aquello de que si te pinchan no te sacan sangre? Pues en realidad fue para mear y no echar gota. Ni una. Me metí en la cama de vuelta, cerré la puerta de mi habitación porque si no lo veía no existía y me quedé mirando más vídeos de manualidades para espantar al diablo.

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