Olvidada vulnerabilidad,
A ti me encomiendo en este segundo tramo de vida,
pequeña como un átomo y roma por los golpes recibidos.
Remo por arrimar el ancla al puerto del que nunca debí zarpar.
Huérfana, sin más compañía que el quejido de este violín tullido
y la amargura de un farolillo en ermitaño,
regreso del averno invernal con miedo y hiel de gallina
por lo que estos ojos tuvieron a mal presenciar.
Y es que, en la catacumbas de mi propia oscuridad,
donde antes hubo un alma de algodón,
yace enterrada una oquedad estremecedora.
En su centro, envueltas de una mortaja en negro,
permanecen filosas las alas del hada que fuimos y que yo misma cercené.
El sudario de la nada se baña en lágrimas torpes por la condena de brujas inocentes
de cuyas cenizas surgieron las peores humillaciones propias.
De vuelta y media del abismo, recuperando lo que se pueda de uno mismo,
con vergüenza del miedo y con miedo a la vergüenza,
degradada, sin dignidad, al descompás de la melancolía,
me redimo marcha atrás comprendiendo la aspereza de una certeza que sin saber siempre supe
y es que para amar y ser amado, dejarse amar con vulnerabilidad, es necesario.

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