Me entraron súbitamente unas ganas locas de pedirle perdón por el cincuenta por ciento del calvario que le hice vivir. Soñé con él y con nuestra vida de antes, con nuestros bichitos a los que, a veces, echo de menos. Rememoré los días de juventud, de horas interminables de trabajo casi forzado. Recordé cómo nos deslomamos por hacer que aquello, tanto lo nuestro como lo ajeno, funcionara.
Éramos como un cuadro eléctrico encastrado en un marco, mal calculado, mal pensado, colocado por la fuerza del ingenio y la permisividad de lo cutre salchichero dejado de la mano de Dios. No quise solucionarlo cuando todavía estábamos a tiempo de no seguir por esos derroteros. ¿Acaso fui la única que hizo la vista gorda? Seguramente no. Yo me crecí y él se mermó, cualquiera hubiera hecho lo mismo, de hecho, todos hicieron lo mismo en presencia de mi superego. Siento pena por esta bravura mal encauzada en constantes embestidas. Muerte temprana por la agresividad del «por si acaso».
Lo soñé desde mi yo de ahora, no desde el de entonces y también proyecté mi evolución en él, como si él también hubiera crecido y abandonado al niño evitativo que residía bajo su piel. Sé, no obstante, que soy una gran inventora de historias, que me lo guiso y me lo como sola y esta sapiencia es suficiente para apartar de mi imaginario tal efigie.
Quise llamarlo e invitarle a cenar, pero me guardé las ganas en una cajita, cercené mis dedos en pos de posponer la decisión, el día era muy largo y no sabía cuál sería el desenlace emocional del mismo. Aún así, desde que lo vi en junio, tan amojamado como siempre, he sentido una inmensa alegría de saberlo vivo. No me importa con quién, pero saberlo vivo.

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