Me aparto de lo que en realidad me fascina. Aprieto los esfínteres y hago de tripas corazón. Me alejo antes de caer presa en sus redes. ¿Qué redes? No lo sé. Ese oscuro objeto o sujeto de deseo me embelesa, me cautiva, me atrae con una fuerza inhumana. No lo entiendo, pero me siento empujada hasta allí.
Mi piel reclama, quiere, desea, necesita. Todo se enmaraña conformando un amorfismo que conjuga atracción y repulsión al mismo tiempo ofreciendo el paso de lo uno y lo otro en cuestión de milésimas de segundo. Un tiovivo de sí, pero no, aunque sí y ahora no, suma y sigue la locura de los polos opuestos. Quiero, no quiero, sí quiero. ¡Cojones, sí, quiero! Pero querer no es necesitar, es querer.
¿Necesito? Sí, necesito y está bien necesitar, es profundamente humano el necesitar, siempre y cuando lo tenga presente, muy presente. Nada de esconder el impulso bajo el felpudo, como viene siendo costumbre. Que ni se me ocurra mirar hacia otro lado para evitar confrontar los ojos de mi interlocutor. Esta vez fue ella, pero bien pudiera haber sido él.
Ahora sé que huyo por miedo a ser rechazada porque si me dicen que «no»… «no»…¿Qué pasa si me dicen que «no»?
¡Oh! ¡Un límite! ¿Qué es eso de los límites? ¡Ah sí! Los límites son esa cosa que mamá solía poner cuando ya era demasiado tarde y lo hacía agresivamente y me sentía humillada. Los límites son esa cosa que papá nunca supo poner, ni a su trabajo ni a su mujer ni a nada hasta que cayó enfermo y fue demasiado tarde.
Los límites son esa cosa deforme y volátil que viví con vejación porque cuando se ponían me había pasado más de tres pueblos. O no, o nunca me pasé de la raya pero para el que me cuidaba era incluso demasiado. ¿Fue culpa mía? No, que ellos no supieran poner límites no fue culpa mía.
Ahora vivo con miedo el «no» como si el «no» significara un rechazo y el rechazo viene a darle forma a aquel mensaje que en algún momento interioricé «mi amor es de mala calidad, está estropeado porque le duele a la gente, la invade y termino haciendo daño.»
Naturalmente que ya me he encargué de buscar a personas que corroborasen mi introyecto, precisamente la búsqueda de personas que no estaban preparadas para recibir lo que sea que yo tuviera entre las manos para dar.
Se me siguen escapando, se escurren y yo las persigo porque «mira, si solo tengo amor, el amor no duele.» Pero el mío sí, cuando las cazo, las fuerzo a que reciban y las piso. No sé calibrar todavía esta cosa que acabo de darme cuenta de que tengo. Quizás en algún momento supe lo que tenía, pero lo olvidé a propósito porque nadie me enseñó a gestionar este superpoder.
Ahora, por fin, he comprendido que no tengo que hacer absolutamente nada con todo esto, sino concentrarlo en el centro de mi ser y dejar que implosione y se transforme en un pozo de atracción. Desde ahí, desde la pasividad absoluta, desde la no acción, dejar que los que tengan que venir, vengan, acoger y seleccionar aquellas vibraciones que se asemejen a la mía. Y nada más.
Al final todo acaba desembocando en el mismo punto, para vivir no hay que hacer nada, solo respirar.

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