Éramos ciento y la madre, parió la abuela y a mí me entró el instinto ese del reloj biológico. Huelga decir que un poco tarde ya. ¡Si es que sobra gente en el planeta! Me consta y mi persona me ha mantenido a raya hasta ahora, pero… no sé qué tendrá esto de la terapia que se te despiertan los sentidos y los sinsentidos también.
La nena me metió una fresa chupada en la boca y a mí se me cayó la baba. Primero, me miró de soslayo y se hundió en el pecho de su madre. Al pasar la tarde, iba descuidando la desconfianza y adquiriendo cierta soltura. Me prestó el mocho para limpiar el suelo, muy hacendosa ella. Me mostró, sin dirigirse directamente a mí, el puzle de Pepa Pig, el libro de los animalitos, su tobogán de madera y finalmente compartió conmigo su merienda. Si hubiese estado más tiempo, nos vamos de farra las dos, lo sé porque lo sentí así.
A la nena le caí bien, pero es cáncer y desconfía. Me encantó que me escrutara de arriba abajo. La nena también tiene luna en tauro, si es que… Sentí una inmensa ternura y, sin idealizar un ápice la maternidad, se me antojó como una de las cosas más hermosas y terrenales que se pueden hacer en esta vida.
Y así son las cosas. Recontactando con la biología más básica y corporal.

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