El cuerpo habla cuando el mundo calla. Las somatizaciones como muestra de la supraconsciencia.

El día se despierta mucho más tarde que yo, será que es domingo y necesita todavía un poquito más. No quiero apresurarlo así que me mantengo en esa calma que calla llamada silencio, momento y lugar donde el sosiego se deja caer.

Preparo café a la luz de las velas porque la luz artificial espanta el letargo. Me gusta sentir que el mundo aún no se ha despertado. Muy pronto, de la cafetera se desprende el reconfortante aroma que cada mañana conquista parte del intangible y me arropa protegiéndome de las quijadas invernales. Ruge desde las entrañas reclamando atención. Parece que va a explotar si no la atiendo.

Con la taza humeante entre las manos, me arrellano en el sofá dispuesta a asistir al paulatino desperezo mundano. El día extiende su carta de presentación grisácea, emborronada y muy poco apetecible. Busco consuelo hundiéndome en la molicie espumosa de los almohadones deseando postergar el pistoletazo de salida. Los primeros rayos de sol despuntan al alba y se cuelan por la nubazón plomiza y espesa. Me siento triste y alegre a la vez. ¿Es acaso posible? Dejo ir la pregunta porque no quiero comprender más. Los problemas surgen de la mente. Aquí y ahora inhalo la tristeza, exhalo la alegría y vicevesa. Todo está bien.

La inmutable amargura del café me tranquiliza, no me gusta pero lo bebo porque al menos es conocido. «Más vale malo conocido que …» Tampoco me entusiasman los cambios y, aunque las cosas estén mal, por lo menos están bajo control. ¡Qué mentirosa soy! Odio los cambios, pero algo dentro de mí me obliga a transmutar. Hay una fuerza que arrasa con todo, quema, destruye y le da igual el cómo, el cuándo y el qué.

Una picazón en la entrepierna me avisa: «Te estás equivocando, querida. Este juego ha durado ya demasiado.» Compruebo, también a la luz de las velas, que mi cuerpo está protestando de nuevo. Así se manifiesta el desacuerdo, unas llagas aparecen en los genitales y ni los médicos saben decirme qué son. «Nada grave si no te duele y solo te molesta». Exámenes, pruebas, análisis… nada concluyente ¡Oh, sorpresa! Yo sé lo que es. Es revolución, es desacuerdo, es un aviso «Aquí no es, intégralo y sigue». A veces son llagas y a veces son profundos ataques de ansiedad que se instalan en mi pecho y no me dejan vivir.

Creo que aunque quisiera algo con mucho ahínco y obstinación, que es como suelo querer las cosas, mi cuerpo me salvaría si no fuera bueno para mí. Parece haber tomado las riendas de su propio rescate. Y es aquí donde me rindo ante la evidencia de que existe una consciencia mucho más grande que todos nosotros y que orquesta la sinfonía del universo. «Ver para creer» es un error de la mente pequeña. «Creer para ver» es con creces la cronología del despertar. Hay que dar un salto de fe para que todo quede desvelado. Si es verdad o mentira es una cuestión irrelevante porque a mí me sirve para ir sanando y con eso, es suficiente.

Me vuelvo a la cama, esperaré a que el mundo despierte para incorporarme a su mundanal ruido.