No sé si fue un sueño o tan solo una fantasía que se vive despierto.
Me levanté con la sensación de haber estado allí, como si alguien reclamara mi presencia. Mi cuerpo estaba en la cama y, sin embargo, también lo estaba bajo aquella higuera. Singular y plural se entremezclan en una sola persona. Insólito aunque en compañía.
Hace algunos años encontré un título para un proyecto de novela: «La soledad de los higos secos». A día de hoy, siento que todo eran pistas para llegar a este momento. La higuera, su sombra, esa presencia magnética de la cual no me puedo desprender y aunque me fuera posible, no querría. Es una parte de mí que quizás todavía no he recuperado en el proceso de individuación. Disfruto de mi irresponsabilidad afectiva conmigo misma. Quizás sea todavía un oasis, un miraje al que no quiero renunciar, una ilusión que me desilusiona y cuya mortificación hace que persista el motor de la existencia de mi ego: alcanzar lo imposible.
Una identidad que me ha perseguido desde tiempos inmemoriales, que se mantiene anclada en mí y que desistir de perseguir sería como aceptar continuar sin eso que tanto espacio y consuelo me ha proporcionado me acompañe.
No somos como somos porque sí. No elegimos lo que elegimos porque sí. Hay un beneficio asociado detrás de cada una de nuestras preferencias. Desde siempre la fustigación se esconde detrás de esa zanahoria que persigo obcecadamente. Forma parte de mi carácter, el oscurecimiento óntico del cual hablaba Claudio Naranjo. Mi ego quiere, mi neura quiere, visión de túnel, modo tiburón activado, desconexión de mi cuerpo y de las señales universales. Acoso porque ambiciono sin preguntarme más.
No quiero soltar el sueño de una noche de verano. No quiero que se pierda mi higuera en la penumbra de la noche eterna. Quiero que naturalmente se vaya diluyendo porque ya no necesite de esa muleta para seguir adelante. No quiero lucha, sino aceptación. Seguir trabajando en mí, seguir plantando semillas para que un buen día florezcan y que otros, dentro de muchos años, puedan recoger los frutos.
Mi higuera y su sombra serán míos hasta que pueda prescindir de la fantasía que mi abuelo sembrara muchos años ha. Esa higuera que creció cuando él murió porque nadie se ocupaba de ella, pues así es este árbol. Crece cuando cesas de regarlo, cuando no le prestas atención, cuando lo dejas en paz. Es como las malas hierbas que proliferan en cuanto las descuidas. Sin embargo, mi higuera es hermosa y sus frutos dulces tanto los frescos como los secos aunque prefiero los secos porque se sienten solos… tan solo como yo. No en vano ese fue el título de una novela que nunca se escribió.