1. El encuentro

Le esperaba en una habitación de un viejo bloque de pisos cuyos ventanales recordaban a aquellos de las casas del antiguo régimen comunista. Las paredes, de un verde pálido, ponían de manifiesto el inclemente paso del tiempo.

Un viejo armario era la única decoración que aquella desértica estancia ofrecía. La cama de matrimonio cuyo colchón raído por los dientes que los años han ido hundiendo, despiadadamente, en el mismo, se hallaba justo en medio del cuarto. La única iluminación de la que disponía era la que dispensaba una pequeña lámpara que se encontraba en un rincón sobre el suelo de una madera carcomida por las desventuradas peripecias de los que pasaron antes o, sencillamente, por el olvido descuidado en lo que todo parecía acabar cayendo. Todo aquello le arrancaba una sensación de aislamiento, tristeza y dolor y era ella la que se sentía precipitada hacia el agujero inmenso del centro de su alma, en la indiferente negligencia de la desidia. Toda la pieza se le echaba encima igual que el mundo. No había lugar en el cual se sintiera en armonía, sin embargo, allí, rodeada por el vacío y la soledad, se abandonaba a esa melancolía que tantas veces antes la había secuestrado.
Se acomodó en el centro de la cama aunque no quería que cuando él llegara pensara que eso era lo que, en realidad, deseaba. No, aquello no era así.

Sin siquiera conocerlo, él representaba mucho más que cualquiera de los que habían pasado por su vida. Las emociones, sensaciones, descargas que aquel joven le había proporcionado eran el impulso que la extraía de aquel cementerio diurno.
Habían compartido tanto en un espacio de tiempo tan reducido que, pese a haber quedado en verse allí aquella noche, no lograba comprender el transcurso de los acontecimientos. Aquel que tanto amor le había enviado por correspondencia, aquel al que tanto había besado con sus palabras, aquel al que había acariciado con murmullos y suspiros estaba a punto de cruzar el umbral de la habitación, de su vida, de su ser. El corazón se le aceleraba al recordar que, cada instante que se esfumaba, era uno menos para que sus cuerpos lograran, al fin, entrelazarse y claudicar ante el desenfreno de lo inhóspito.

Miraba al techo probando recordar cómo su desvencijada alma, que trataba de remendar ahora con la ayuda de él, había terminado hecha jirones. Desencantada del mundo, de la gente y el sistema, andaba como vagabunda mendigando por las calles desesperanza e incomprensión  a las cuales no tenían acceso más que los que, como ella, estaban desamparados.  Surcaba los mares del patetismo universal al cual estaba sometida cotidianamente. El absurdo la rodeaba y parecía haberse instaurado democráticamente y de forma global.

Ahora, un tren con destino a un mundo mejor, le brindaba la posibilidad de volver a empezar en tierra desconocida pero de acogedora perspectiva. Se encontraba en el andén esperando a que las puertas se abrieran y la ocultaran con fuerza como ella abrazaría la oportunidad de zarpar hacia la nueva era.

La puerta se abrió… [To be continued]

2. El encuentro (años más tarde)

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