No sabía cómo seguir, no me sostenía y, de repente, todo cambió: pedí ayuda.

Sencillamente no sabía dónde ir, ni qué hacer. Estaba perdida, bloqueada y abrumada. La duda aprieta, pero no ahoga, como Dios. Amén. Un alguien muy querido se atrevió a sugerirme con temor en los ojos: «Deja de hacer, deja de luchar y no hagas nada»

Tenía que dejar de leer, de pensar, de buscar el porqué del cómo. No sé frenar, especialmente cuando me pierdo. Y cuanto más extraviada más estrabismo y un extra de abismo con patatas. No quería entrar en contacto con el temor, craso error evitativo. Otra vez eludiendo la responsabilidad emocional. Como una niña que si duele, se escaquea. El miedo es la piel que habito, centro y pericentro de mis circunstancias.

Para acallarlo, normalmente el parloteo incesante de la mente me pone entre las cuerdas de decisiones inexistentes, así si me distraigo con resoluciones aparentemente trascendentales, no le presto atención al rumor de fondo. Ese es el juego, la supervivencia egoíca por encima de todo. ¿Aquí o allí? ¿Ir, volver, quedarse, partir?… Pathos sicofanta.

Siento miedo, un miedo atroz a estar sola. Me gusta la soledad elegida, pero esta no lo es. Esta soledad es aislamiento. La última vez que fui consciente de tener miedo de la soledad fue hace más de una década. Luego tapé y disfracé este temor con muchos proyectos personales, mucha acción que no lleva a nada y una intensa actividad cerebral que bloquea el sentir. Pasó desapercibido este pavor, se manifestó en forma de dureza, de aguante, de rabia, de odio y de hiperactividad. «Yo puedo con todo», «a la mierda los pusilánimes, no los soporto», «vergüenza de dar pena para obtener el favor del público».

Rabia, fuego, el rayo que me arranca de la cómoda seguridad. El impulso creativo que nace del «mecaguentodismo», ni te acerques porque te reviento. Siento el sadismo recorrer mis venas. A veces, me apetece ser cruel porque el otro es demasiado blando. No me da pena, me da asco. Sin embargo, soy consciente de ello y he conseguido controlarlo. Ahí es dónde nace el veneno. Siento la toxicidad llegar al cerebro, los músculos se tensan…
El pensamiento crea el estado de ánimo y lo paga el pobre teclado que aporreo con una animadversión salida desde la boca del estómago. Me recorre el cuerpo un odio que llega hasta la coronilla. Lo siento debajo del cuero cabelludo. Explosión de energía que me saca de cualquier apuro. Ni te acerques, ni me mires. Aunque sé que tengo miedo, en el fondo solo siento el estallido de fuerza que acabo de crear voluntariamente, está controlado pero lo he notado recorrerme el cuerpo. Ese veneno me da la vida, la creación, la potencia, la arrogancia que a veces son necesarias para la supervivencia, o eso cree mi subconsciente, así aprendimos.

Al no confrontarlo, se fue enterrando más profundamente en la psique a la par que me fui volviendo cada vez más dura y fuerte. Una frialdad que se fue instalando con el tiempo y la inconsciencia voluntaria. Me sentía bien porque no sentía nada. Me sentaba mal no hacerlo pero a un nivel consciente había logrado una disociación brillante que estabilizaba la mente. El cuerpo es sabio y el mío era una bomba de relojería a punto de estallar que empezaba a acumular años de tensión. Y yo que pensaba que había llegado a la famosa iluminación, ese nirvana que los budistas llevan persiguiendo desde hace milenios. ¡Pues no hay para tanto!

Pero volvió la vida, el universo o lo que fuera, escuchó mi petición y me mandó un gran maestro que sacó lo peor de mí y esta vez puse toda la atención, escuché. Me costó porque yo era una iluminada, la gente vulgaris no podía comprender… pobres mortales que revolotean sin sentido y con desenfreno. No entendía el mundo, sigo sin comprender aunque ahora sí que veo que revoloteamos frenéticamente en busca de sentido. El hombre en busca de sentido.

Se rescataron unas gotas de sociabilidad en mí, más o menos. Me sentí aislada, fuera de todo mientras veía que la gente disfrutaba de la compañía humana. Mi maestro la buscaba desaforadamente. Yo no comprendía el porqué. Me sentí estafada por un estafador que clamaba ser un solitario. Las palabras y los hechos no cuadraban en este punto y en tantos otros. Hipervigilancia, algo no va bien.

Me vine abajo y luego arriba con esa efervescencia que me saca impetuosamente de doquier. Primero frialdad cortante, no me importa nada, no siento nada. Es una impasibilidad protectora que me aisla de mí misma. Pero todo pasa factura en esta vida y como siempre dice mi ego «nada es gratis, nadie hace nada a cambio de nada», y la cuenta a pagar estalló. Empecé a cuestionarme, a dudar, a sopesar la posibilidad de estar equivocada. A lo lejos, comencé a oír una vocecita que gritaba y me zambullí en mis propias arenas movedizas con un sentimiento de culpabilidad perenne que me ahogó. Me fui dando cuenta de la pérdida de conexión entre el norte y el sur de mi cuerpo. Majada humana.

Intenté conectar en vano. Me había circuido de una muralla inquebrantable hasta para mí misma. Mi emocionalidad, tan a flor de piel en otros momentos, la misma que me había causado tanta melancolía y tristeza, había quedado anegada por un frenético «hacer», una supresión inconsciente del fino arte de sentir sin hiperplasia emocional.

Arrancar este poderoso personaje, ir limando las capas de protección, ir hacia atrás en el tiempo, recuperar la vulnerabilidad, la fragilidad está resultando doloroso y duro, mucho más duro que el sentido inverso.

Sé que recientemente he pasado por el ecuador de mi vida con mi maestro porque ahora el camino es el de vuelta al origen. El camino de vuelta a la totalidad, al sentido universal de todas las cosas. Así lo siento. Siento que me he pasado la vida luchando contra todo y contra todos, contra mí, contra la vida, contra el universo y, naturalmente, he perdido la guerra. Ahora, con el rabo entre las piernas, la cabeza gacha, vuelvo a la matriz. Es difícil tragarse el orgullo guerrero. Es complicado acostar la pugna, y acallar los gritos del ego.

Vuelvo a las entrañas, al dolor, a la intuición, a la comunicación. Vuelvo a la tierra que me vio renacer, a la que no tenía que volver, a la que me inspira miedo, pero coraje. Vuelvo, pero con una visión más nítida. Vuelvo con la sabiduría del anciano, no lo suficientemente viejo como para dar lecciones, pero sí lo suficientemente escaldado para callarse y acompañar en el tránsito a otros.

¡Cuán dificultoso se hace el camino más llano!
Don’t erase but rewind

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