«Estés donde estés, seas lo que seas, si estás dispuesto a esforzarte, puedes evolucionar más allá de las limitaciones de la naturaleza»
-Sadhguru-
Siete, número primo, no por patético ni familiar, sino porque es uno de esos números enteros que no pueden dividirse más que por sí mismos y por uno. Casualmente, la matrícula de mi coche es una secuencia ascendente de los primeros números primos con un salto de número periódico, le faltan el 3 y 7. ¿Y qué cojones le importará tu matrícula a nadie? Nada, lo sé, pero como es mi artículo escribo lo que me dicta el arte del culo.
Hubo una vez una muchacha que se levantó un 7 de Julio de 1123. Fue el último portal 777 que se abrió en el pasado. Era ella misma del séptimo signo del zodíaco, esto es libra. La llamaron Septa por ser la séptima de los nueve hermanos de la familia de Séptimo, su padre. Casualmente, Septa nació en domingo a las siete de la mañana. Pensaron que la llama de la niña se extinguiría antes del séptimo día, pues la gestación había tan solo durado…¿Cuántos meses pensáis? Sí, eso es.
Para sorpresa de todos, no solo no murió, sino que fue una portentosa chiquilla de un vigor raramente observado, entusiasta como lo es un crío y luchadora como pocos. Todo su ser estaba envuelto de una luz blanquecina que alumbraba las oscuridades ajenas. Siendo tan solo una niña ya realizaba hechizos sin saberlo. Era ducha en el manejo de las artes blancas, las pócimas y los brebajes y de doquier venían a ver a la niña Madonna de la sonrisa infinita, Septa.
Un día, en el claro del bosque dónde Septa solía recoger hierbajos, encontrose con un hombre envuelto en una capa de oscuridad. El señor O, así decidió llamarlo Septa, vagaba por el mundo sin dirección alguna. Con una inusitada familiaridad, Septa se dirigió a él:
– Buenos días señor O, ¿Qué haces aquí?
Los ojos del hombre se iluminaron al ver la miniatura referirse a él con un desparpajo tan natural.
– Cariño, hago aquí lo que en cualquier parte. Nada más y nada menos que huir de mí, pero por mucho que corra mi sombra me alcanza.
Septa lo miró con ternura y se apiadó de su sufrimiento. Tres o cuatro años atrás, había empezado el señor O un peregrinaje sin final en el que su soledad se fue acartonando, el frío se tornó de hielo y la evasión fue la única manera de concebir su realidad. Septa lo tomó de la mano y escarchó un candor inusual para el forajido. Deambularon en silencio por el bosque encontrando haces de luz por el camino, ligeras gotas de rocío que se posaron sobre sus ropas y algunas mariposas que los saludaron con efusividad.
Tras algunas horas, el señor Oscuro explicó a la niña que había descubierto por el camino múltiples flores que le ofrecieron sus aromas, mas cuando acercaba su nariz y dejaba que los efluvios de dulzura lo corroyeran, sentía una inexplicable y terrible culpa. Le explicó entre renglones musitados que deseaba pertenecer al reino de la luz, pero al menor signo de embriaguez y pérdida de control frenaba en seco transformándose en carámbano de hiel.
Cuando la imagen de frialdad se emborronaba pudiendo atisbar unos puntos suspensivos como la continuación de algo más allá de sus límites, sentía un miedo atroz a ser subyugado por la esperanza y la bondad. Septa escuchó su triste historia. Existieron mujeres hermosas a las que abandonó por imposibilidad propia contándose a sí mismo que aceptaba su parte melancólica, que la vida era así, que no tenía escapatoria y que estaba condenado al frío y a su eco. Halló abrigo entre estalactita y estalagmita y no deseaba moverse en demasía, pues la seguridad del frío era preferible a los vaivenes de las tempestades veraniegas que lo condenarían al sufrimiento. No obstante, sufría de igual modo arrebatos pasionales a cada luna llena, prueba fehaciente de un corazón anhelante. Sus afectos menguaban a la misma velocidad que lo hacía el satélite. Se ganaba el sustento con la lectura de runas, arte para el cual se requerían altas dosis de intuición, y paradójicamente, el hombre oscuro decía no conocer ni comprender la psique humana. Todo en él era contradictorio. Luz y sombra, blanco y negro, sí pero no y todo encerrado en el mismo cuerpo, en la misma mente.
Si la niña y él se conocieron no fue casualidad. El universo los puso en contacto para que cada uno aprendiera de sus limitaciones y tuvieran la oportunidad de trascender su propia imagen. Septa era tierna y maleable, fácilmente vinculable tanto como lo es una niña. Era un reguero de emociones y el hombre oscuro produjo en ella una terrible impresión. Algo se le removió en las entrañas. Aquel personaje parecía querer cuidar de ella, como si de un padre se tratara. La trató con ternura, se refirió a ella como «cariño» y a Septa se le llenaron los ojos de lágrimas porque jamás sintió recibir de su padre tanta delicadeza, cuidado y atención.
El señor oscuro parecía haberse enamorado de la dulzura de aquel ser diminuto y en algún momento llegó a confesarse a él mismo un amor puro por aquella criatura, desdiciéndose al cabo de pocos instantes y convenciéndose de lo contrario. Quería volver a escapar, aquella vinculación iba en contra de su moral y de la percepción que tenía de sí mismo. Sintió que se le cerraban todas las puertas porque elegir era también decantarse por algo. Sintió de nuevo la estacada de la culpa abriéndose paso en su cuerpo. Creyó que todo cuanto tocara se tornaría en ceniza y, con esa creencia, pensó que dañaría a la niña y quiso alejarse con un «no es bueno que hablemos, cariño».
Septa explotó en llanto, pero tuvo que aceptar la decisión del hombre oscuro no sin antes rogarle que en aquel día siete de julio llevara a cabo un ritual. Para Septa, imposible era una palabra sin fuerza. Sabía que la incapacidad residía en la mente del que la tomaba por posible. Antes de que él la abandonara a su suerte le dijo:
– Señor O, ¿Qué te brinda felicidad? ¿Qué enciende tu alma? ¿Qué nueva realidad deseas crear? No es necesario que me respondas a mí. Haz lo siguiente: escribe en cada esquina de un pergamino el número 777. En el centro del pergamino coloca el título que representa la nueva realidad que deseas atraer y describir cómo quieres que sea. Esta descripción va dirigida al universo y debe empezar con las siguientes palabras «Agradezco que el universo…» tras estas palabras detalla cada cosa que desees. Luego dobla el pergamino en 7 y llévalo contigo hasta el día 25 de este mes de julio. VEN aquí el 25, antes de las 7 de la tarde, quemaremos nuestros rituales juntos y una vez tengamos las cenizas, las mezclaremos para sellar nuestra profunda conexión y las enterraremos en la tierra para anclar los deseos y la energía.
Así lo hicieron.
«Una por ti, una por mí, una por nosotros. Dame la mano y ven conmigo. Que no se pierda nunca esta conexión de almas. Y ahora, cierra los ojos, céntrate en tu respiración y déjate sentir mientras suena y sueña la música.»
Infiero que no queda otra más que rendirse ante el destino, incluso cuando te devuelve las patadas y estas son caricias, inesperadas, enaltecedoras, insoportablemente necesarias. Algunas puñaladas sirven para sacar el acero que llevaba incontables eones perdido, peligrosamente cerca del corazón ausente.
Por cierto: ¡oh!
Y 7 de julio, claro. aunque el 7 de junio fue mejor porque… Llovió.
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No se trata de rendirse ante el destino, sino ante la evidencia, ante siete meses de sorpresas y desviaciones. Siete meses de «yo pensaba» que al final no fue porque no somos lo que fuimos ni antes, ni con nadie. Somos ahora y con eso nos basta. Rendición ante los adioses churreros de los siete de junio que se transforman y dan la bienvenida con calidez. Los siete de julio que escriben rituales. Los 25 de julio que arderá todo porque tanto, es incontenible. Lo sabes, lo sé y da miedo. Al mismo tiempo explota. Qué maravillosa es la vida.
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Que los adioses churreros sean dioses churreros, por favor.
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Que así sea, que los dioses te oigan y nos lluevan churros de punta, por favor.
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