«Todos dicen que el amor duele, pero es mentira. La soledad duele. El rechazo duele. Perder a alguien duele. La envidia duele. Y todos confunden estas cosas con el amor, pero la realidad es que el amor es la única cosa en este mundo que puede aliviar todo el dolor y hacer sentir bien de nuevo a una persona. El amor es la única cosa en este mundo que no duele ni lastima.»
– Liam Neeson (para mi sorpresa)-
Alguna vez fui niña, creo, espero, supongo. Hace tanto de ello, que la memoria parece fallar o desfallecer. Esos momentos felices (¿Lo fueron realmente o es producto de la alteración de la mente?) en los que nada importaba más que el chapuzón en la piscina, el pan con chorizo (sí, siempre fui una tragaldabas), los dibujos animados, jugar al escondite e ir en bicicleta. Me gustaban los cheetos, las pelotitas esas de queso, que mi abuela solía comprarme mientras ella hacía las compras, esas horribles compras del sábado por la mañana. A mi hermano le encasquetaban los «draquis» y, ambos, nos quedábamos en la parte trasera del opel kadet gris bajo la mirada vigilante de mi abuelo, que pasó a mejor vida demasiado pronto. Todos creemos que fue llamado por su propia madre, pues murió Miguel, el Maño (que no era maño, sino cojonudo conocido por su contumacia) un día antes del aniversario de su muerte, la de su madre claro.
Un post sobre «Platero y yo» ha desempolvado estos momentos de despreocupación. Gracias a la autora del mismo por recuperar mi memoria histórica, si me lees sabes quién eres.
Sí, en algún momento fui una niña simpática y tierna que comía cheetos y jugaba con muñecas aunque mostré un pronto interés por la dureza de espíritu. Lloraba con facilidad, mis padres siempre me decían que era una «dramas», que eran lágrimas de cocodrilo para manipular. No puedo saber a ciencia cierta si aquellas rotundas afirmaciones eran o no verdad. Sí que puedo, sin embargo, cerciorar que no lloro ni a tiros y no sé si es porque a base de hostias uno pierde la sensibilidad o bien es que la susodicha nunca formó parte de mi haber.
Ando barruntando estos días sobre los carácteres emocionales, mentales y viscerales. Ando sumida en averiguar si la alta sensibilidad y las altas capacidades son conjugables (y sí lo son). Una PAS no tiene porqué ser PAC, pero una PAC es PAS. Nunca me he considerado especialmente sensible aunque una psicóloga me hizo un test PAS y peté el marcador. A día de hoy sabemos que hay varios tipos de PAS, si lo soy, es mental seguro, pues sólo me toca la fibra la belleza de la pureza extrema. El éxtasis me bloquea la neurona con las cosas más banales así sean la plenitud, la libertad, una nube o estar repantingada en bragas en mi sofá y disfrutar del momento de vacío mental del que no espera nada de nadie. Por otro lado soy dura, una barra de acero metálico que ahora mismo se siente inquebrantable y determinada. Me pueden las injusticias aun a sabiendas que la justicia es una creación humana, que las cosas son lo que son y que etiquetarlas exacerba el hervor de la mala leche que llevo del Maño.
ADJUNTO VIDEO SOBRE LOS DIFERENTES TIPOS DE PAS
He llegado a plantearme si mi abuela era algo así como una psicópata o sencillamente fue un 8 en su estado más insano, pues como la menor de cuatro hermanos, la putearon a base de bien. Su propia madre fue hierbajo de la peor calaña, su abuela una cabrona sin parangón, la abuela de su abuela, más que persona non grata fue hija de puta non grata, de esas cosas que no debieron nacer. Siempre he hablado de la estirpe de mujeres maltratadoras, sádicas, desalmadas que me precedía y, de alguna manera, siento que la mala sangre llegó a mis venas. Heredé el gusto por la manipulación, quizás por la mentira, el desprecio por los débiles de mente y de emoción, pero yo misma me convertí en víctima de mí y de los perpetradores que siguieron y de los cuales he hablado largo y tendido. Supongo que normalicé conductas ancestrales de uso en mi familia y acepté lo que para mí eran conductas naturales, mensajes contradictorios… ni idea pero algo hubo y tampoco importa el qué, solo la toma de conciencia de que lo que nos pasa no viene de nosotros sino del entorno en el que nacemos.
Pero llegó un día en el que vi clarísimamente que debía terminar con décadas, incluso siglos, de abuso emocional. Como un rayo se iluminó la conciencia. «Hasta mí ha llegado la mierda que nos ha permitido procrear y seguir pasando nuestros genes a la próxima generación».
Liberé todo eso, lo sané, lo curé y me sentí en el camino propio vital. Como bien indica la ley del péndulo, me pasé de frenada y del hijoputismo más absoluto, de la frialdad mineral más dura, pasé al buenismo más absurdo, al pagafantismo más indigno, al palurdismo como enfermedad del tópico de cáncer. Como buen 6 contrafóbico me fui de un extremo al otro. ¿El Karma? De ser así, el cabronazo se cebó. Ahora me río pero no me hizo puta gracia.
Sin ser consciente de mi grandísimo problema con la ausencia de figura paterna, la herida del abandono palpitaba en silencio lanzando altas dosis de dolor que confundí con amor. Me doy cuenta de que todo eso de sentir amor en realidad es un sentimiento de dolor. Es muy difícil sentir amor cuando no nos han enseñado a amar realmente. Y no digo que nuestros progenitores no nos amen, pero lo hicieron lo mejor que supieron sin saber demasiado, pues ellos mismos, víctimas de sus propios padres, sembraron en nosotros las frustraciones propias. Los que no tuvieron, dan demasiado. Los que tuvieron en exceso, dan a cuenta gotas y nunca es lo que el niño necesita en su justa medida. Ley de vida.
Volviendo a mi profundo agujero de abandono, el amor se confundió con miedo al dolor de ser dejada nuevamente sin asidero. Miedo, mucho miedo a la soledad, dependencia kamikaze. Mi inconsciente dictaba las leyes: «Serás una vez más abandonada, te morirás sola, llegarás a casa y nadie te estará esperando, no eres nadie en el mundo si no tienes a nadie a quien le importes.» Maravilloso diálogo interno que pulsa en el fondo del abismo del inconsciente y despierta esas sensaciones corporales (el mal llamado corazón) que malinterpretamos como amor. Mi parte consciente (la mente), no obstante, es fuerte y robusta y sabe que todo ese diálogo de mierda es mierda sinsentido. La mente negó al inconsciente y he ahí esa fabulosa escisión que se produce desde que el hombre es hombre: EL CORAZÓN VS LA RAZÓN.
El corazón es el inconsciente, esa parte de nuestra psique que no atiende a razones y para la cual ni el tiempo ni la realidad existen. Se quedó bloqueado en el inicio de los tiempos, cuando papá se fue un año a trabajar al extranjero y mamá hacía lo propio aquí y a mí me dejaron con el Maño y su esposa, la 8 insana. Aprendí a ser pasivo agresiva y todas las malas artes, que no fueron pocas, que desfilaron ante la mirada atónita de aquella niña de apenas 2 años. Se imprimió el gusto por el castigo, supongo, la ley del hielo, la negación de la empatía y tantas otras maravillas de las cuales ahora me doy cuenta y siento que me tengo que perdonar porque no supe hacerlo de otra manera para seguir viviendo.
El mal ya está hecho, sin embargo, porque siento que no siento. Ahora que me estoy chutando en vena vídeos sobre la psicopatía y el narcisismo, descubro esa parte oscura de mí y me veo reflejada en la falta de empatía, falta de alegría, falta de entusiasmo, pero ira, rabia, frustración capaces de mover montañas y ganar todas las guerras que me proponga. Dice el eneagrama que es la energía sexual, agresiva e impulsiva. Necesidad de proteger y de salvar la inocencia de otros para que florezca un nuevo mundo de amor, de aquellos que son capaces de sembrar amor en las siguientes generaciones.
Que sí, que las fuerzas del mal pueden servir para hacer el bien y que la falta de emociones puede ponerse al servicio de la luz. No, no soy una psicópata pues siento dolor y pena (solo en ciertas ocasiones, cuando pago al terapeuta para que me haga llorar y recordar que alguna vez fui niña), pero tengo aniquilada la capacidad de sentir amor. Quizás tras tantos golpes, tantas relaciones abusivas, han ido mermando esa capacidad y por ello es tan importante tomar conciencia de que ponerse en según qué circunstancias tiene efectos irreversibles. Siento que me han amputado una parte del ser y gracias a las chicas Tania, Moly, Paula, Dania (y creo que las que están al caer) estoy recuperando la alegría y el entusiasmo.
Siento una calidez dentro de mí que no viene del dolor ni del miedo a ser abandonada, siento que son reales y que no me van a dejar caer. Es mi entorno seguro a pesar de la distancia, son mi vínculo afectivo, son mi salvación y mi recuperación.
Gracias por cuidar de este bloque de mármol y devolverle al menos un poco de calidez.

Deja un comentario