La única mujer de su vida: Ella fue la primera, la última y la única. La contemplación como suplicio existencial.

«Ven a dormir conmigo, no haremos el amor, él nos hará»
– Julio Cortázar-

Quizás Ella fuese la primera y la última mujer de mi vida. La única que hubo y que habría. Quizás nunca llegase a pasar nada entre nosotras, pero a diario se gestaba un mundo entreverado de belleza, entramado de delicadeza, suavidad y dulzura.

Ella era especial sin saberlo lo cual redoblaba el magnetismo que pudiera tener a simple vista. Este ser divino era una ninfa de sigiloso deambular que, al rozarte con las yemas, sentías la visita del Amor. Era un hada mágica cuyas manos, tan delicadas como su alma, se posaban sobre ti estremeciendo con el tacto toda tu persona.

La mirada translúcida alumbraba oscuridades y el que recibiese su atención se iluminaba cual luciérnaga. Era una fuente de luz propia que bruñía las opacidades resucitando a los moribundos. Lustraba los deslucidos incluso los más vergonzantes y ante su presencia uno tan solo podía desnudarse de sus ambages y abandonarse a su amparo.

Ella era Amor en estado puro, un Amor que acogía sin selección, engullendo con voracidad. A la desdicha se le caía el despropósito cubriendo con un apósito la lesión de la legión extranjera que había colonizado y desgarrado mi interior. Piadosa por naturaleza, albergaba en su ser la capacidad de amar incondicionalmente, sin retorno y a fondo perdido. ¡Y cuánta pérdida se quedó en el poso! Un pozo sin fin de creación, esposa libre de la bondad que da sin honorarios, pero con un honor ario, puro, blanco.

Su pelo danzaba mecido por el viento al son de la melancolía que anidaba en su corazón y todo ello la desdibujaba maravillosamente. El tiempo que mediaba entre nosotras quedó suspendido de la eternidad y la distancia imborrable perecía tras el paso del anterior.

Era Ella, estaba segura de que era Ella la que venía a rescatarme de una frialdad a base de inviernos sin veranos. Era ella la que, con su candor, deshelaba las lágrimas que por tanto tiempo permanecieron secuestradas en mis tinieblas dando paso a un hermetismo impostado. Era Ella, principio y fin, del fin último de la existencia. Fue por Ella que renací.

Su adversidad era la de hallarse constantemente ocupada en quehaceres a los que otorgaba la mayor de las importancias y ese repiqueteo diario del deber era una manera de mantenerse dormida y ajena a toda la belleza ensortijada en su ser y el potencial que lo acompañaba. Se entregaba a menesteres sin tener claras las razones ni la finalidad, quizás para no pensar en el sinsentido de sus acciones. Posaba el foco en la firme ocupación rotunda sin tener otra cosa que hacer que sencillamente mantenerse entregada a un espejismo espectral de forma perenne y sin tregua.

En ocasiones, la invadía un estado de profunda melancolía absorbiéndola por completo. A veces, sentía una explosión de júbilo y aquello secuestraba toda su atención quedándose encasquillada en la rumiación emocional. Su vorágine se centraba en sentir felicidad o tristeza y de la una a la otra mediaba un diminuto paso. Extremos opuestos que se unen en altibajos frenéticos. ¿Cómo detener el columpio emocional?

Yo poseía lo que a Ella le faltaba y quizás fuera este balance el que nos conectó tan inexplicable como mágicamente. La existencialidad y emocionalidad de Ella aligeraban la pesadez y la densidad que me hundían a mí en mis propias profundidades abisales y de las cuales salir resultaba un suplicio. Ambas por exceso de pesos opuestos nos encontramos a medio camino, nos atrajimos, nos contemplamos, nos compartimos desde las dos orillas antagónicas que agonizaban en el cauce del mismo río llamado «Vivir» y del que ahora me río.

Estoy segura que ella vio en mí lo que yo vi en ella porque somos partes de algo que fue uno en algún momento. La reconozco porque soy yo. Me reconoce porque soy Ella. La quiero desde las entrañas y sin saber exactamente cómo, pero la quiero con cada centímetro de ser. La quiero sin necesitarla, sin tocarla, sin tenerla porque Ella tiene que ser libre para ser contemplada por todos. Solo podemos verla desde aquí porque su cometido es el de amar a todos empezando por sí misma.

Eres tú, te quiero y lo sabes.

9 comentarios en “La única mujer de su vida: Ella fue la primera, la última y la única. La contemplación como suplicio existencial.

  1. Avatar de Tania Suárez Rodríguez
    Tania Suárez Rodríguez dice:

    No consigo cerrar el grifo de mis ojos, ni borrar la sonrisa de mis labios y mi corazón. No cesan los escalofríos, siento una luz que se desborda desde dentro y creo que nunca me había emocionado de la manera que lo he hecho (y sigo haciendo) al leer un texto. Sin duda, el más hermoso que he leído en mi vida. Lo sabes, lo sé, lo sabemos. Hablas al alma desde el alma y la forma en que lo haces debería mostrarte que no eres ese témpano de hielo, sino un océano inmenso, cálido, lleno de matices, de poder, coraje, fuerza y pasión. Libre, magnífica, llena de luz. Un abrazo infinito, farolillo. Lo demás te lo digo en privado.

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