Paré en un pueblo muy mono no de anís, sino de postal, no apto para tullidos ni minusválidos. Un paso en falso hubiera equivalido a romperse la crisma. Merodeé por sus estrechas y empinadas callejuelas. Subí y bajé tantas veces que ni recordaba en qué escaleras había estado y cuáles no.
Pasé por delante de la iglesia que, a punto de caer en el olvido, había caído en el derribo. Al final de la calle, delante de un portón raído por los colmillos del tiempo y las inclemencias de su gemelo, yacía un gato al que bauticé Scarface por la obviedad de su condición.
Me miraba desde su puesto de vigía, haciendo ver que mi mísera presencia no iba con él. De soslayo, me ignoraba como solo los felinos saben hacerlo, con alevosía, desdén y gran desprecio por los de mi raza. Me paré delante de él y Scarface desvió su mirada para hacerme notar que no podía importarle menos que yo estuviera allí.
Me entró un fogonazo de rabia y pensé: «Mira el gato de mierda este. ¿Qué se ha creído? A cara cortada le hicieron una jeto nuevo cuando intentó llevarse a la gata al huerto, al agua… intentar meterla es lo que tiene colega.»
Sentí mucha ira por el instinto animal de reproducción, la lucha por la hembra, por la imposición de las pelotas… Y entonces… entonces exploté de la risa como la petarda que soy. ¿Qué cojones estaba haciendo reaccionando ante un gato?
Realmente, uno encuentra espejos por doquier cuando hay temitas pendientes de solucionar. A Scarface le hice una foto para acordarme de que todo lo que veo, oigo y siento es mío y de nadie más.
Continué la ascención por el camino de la consciencia, creo que voy por el nivel 19 ya.

Deja un comentario