La alquimia del Amor: La conexión real como sendero espiritual de ruptura del ego. El portal corazón como fábrica de transmutación.

Tuve la suerte de ser testigo del amor que se profesaban. Era hermoso observarlos mientras ellos, inmersos en su burbuja y completamente ajenos al mundo, intercambiaban un sosiego silencioso e inamovible. Sin necesidad de mediar palabra, se asían de la mano y estaban, con eso les bastaba. No rellenaban huecos ni completaban vacíos sino que pareciera que ambos habían aceptado su condición humana, contemplado sus ensombrecidas concavidades tras las excrecencias del ego y perdonado las angulosas insurrecciones del carácter relativo a la neura. Cualquier atisbo de exigencia, ansiedad o zozobra era rápidamente atendido y ahogado con la seguridad de la presencia propia que no recurre al prójimo sino que se sostiene con la mera respiración. La luz que se desprendía de esa responsabilidad y prioridad de uno mismo permitía la existencia de un amor prístino, translúcido casi crístico.

Ambos lidiaban con sus respectivas vidas y mantenían un lazo indefinible más fuerte que el de la amistad. No se necesitaban y, sin embargo, el ímpetu de crecimiento del uno instigaba la apertura del otro.

Los dos personajes preservaban su vulnerabilidad tras una coriácea coraza que asemejaba una impenetrable fortaleza, mas la conexión del uno con el otro hacía que las bruñidas armaduras se disolvieran cual algodón de azúcar al mínimo contacto con la lengua. Emergía entonces toda la belleza de sendas esencias evocando una melódica armonía, una sintonización de frecuencias divinamente orquestada entre dos piezas que encajaban sin saber exactamente cómo. En la intimidad no cupo el sexo, por si el lector gusta de los líos de alcoba. No se querían, se amaban. Quizás también se quisieron y de ser en ese lecho donde murió el ego, el hecho no adquiere la menor relevancia pues el clímax físico es tan solo la culminación del alma cuando lo compartido es tan sumamente delicado.

Así son las personas que más nos sorprenden, hay en ellas algo que se siente acorde, agradable como si un eco reveberara acompañando a nuestra vibración. Resonancia álmica. No todas llegan para quedarse, sino que aparecen para hacernos avanzar, para elevarnos aunque a veces parezca que nos hundimos con ellas. El desafío está en reconocer aquellas enseñanzas que deben ser incorporadas para el crecimiento propio, desapegarse de la persona, agradecer la experiencia y continuar caminando. Dejar ir, soltar, es crear un respiradero y permitir que lo nuevo llegue.

Sin querer secuestrar ni enjaular el vínculo, nada quedó sellado en pacto alguno. Gracias a él, ella aprendió el sentido de la disponibilidad de un hombre, el merecimiento por el hecho de ser lo que era, sin esfuerzo, sin sacrificio, sin pretensión ni necesidad. Sintió y comprendió lo que significaba ser elegida, no porque él la prefiriera cada día sino porque ella escogió no traicionarse priorizando sus necesidades en función de su disponibilidad. Aprendió a no abandonarse ni a rebajarse cuando se dio cuenta de que no buscaba en él a ningún salvador y no imperaba el hambre de amor ajeno. No se condujo la conexión desde la necesidad fruto de la carencia y sí desde la plenitud derivada de la abundancia. Él fue un soplo de aire que ella respiró orgánicamente a contracorriente. Permitió el cambio, accedió a la profundidad de sus creencias y reescribió su historia desde un futuro próspero, abundante y amoroso. Dejó de ser cazadora al acecho de su presa y se convirtió en araña. Del masculino herido consciente floreció la potencia de la divinidad femenina que aguardaba ser descubierta desde el silencio. Intuición y empoderamiento, quietud y tejedora de un telar intangible.

De él no tengo certeza alguna sobre su aprendizaje más que el de un tímido susurro que rebanó el silencio y llegó hasta mis oídos. Cada conexión con ella lo ponía más en contacto consigo mismo (o algo así creí entender).

Esta historia es tan real como la vida misma. Existieron, existen y seguirán existiendo crónicas de amores divinos, álmicos, conexiones que no llegan a aterrizar porque todavía no estamos preparados para ellas. Nuestras limitaciones cercenan el campo de posibilidades e inhabilitan la creación de una realidad más amable y desprendida de la posesión. Algunos vinimos a recordar cómo amar y otros vinieron a enseñarnos.

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