2. El encuentro (años más tarde)

La puerta se abrió cediendo paso a realidad y desengaño, ambos entrando socarronamente con sus manos entrelazadas y una sonrisa que creyó ser infinita.

A pesar de los 17 años que la separaban de aquel momento, recordaba a la perfección aquel lugar y el olor enmohecido que emanaba de las paredes viejas, los muebles desvencijados, las cortinas ajironadas y la desilusión que siempre acompaña a las altas expectativas. ¿Cómo pudo enamorarse tan fácilmente de aquel ser? ¿Cómo pudo plantear un viaje tan largo para encontrarse con él? ¿De qué manera recreó cada paso, cada palabra, cada suspiro incluso antes de que pasara?

La única respuesta que podía darse a sí misma sin lamentar cada uno de los minutos que transcurrieron desde que la puerta se abrió fue la de la juventud y la de su avidez por vivir. No se enamoró de él sino del sentimiento de amor. Enamorada del amor, adicta a la dulce torpeza provocada por intoxicación hormonal y al encogimiento estomacal cuya punzada final era perpetrada al esbozar mentalmente la imagen del ser venerado.

Recordó entonces al Carles quinceañero y su absoluta devoción por él, la adoración enfermiza de la adolescencia, la inexplicable patológica fijación por un ser para el que ni siquiera existía. Enamoramiento unilateral y doloroso que nos despide de la maravillosa ficción infantil, el primero y el último. Cómo dolía la ausencia de lo que la imaginación recreaba. Rememoró la época en la que el recuerdo de una palabra suya jamás susurrada al oído inutilizaba el resto de los sentidos. Quizás una torpe caricia accidental ignorada burda y expresamente mientras el rubor de las mejillas gritaba culpable era razón suficiente como para deambular mentalmente por aquel roce fortuito durante el resto del día, semana e incluso mes. Qué tiempos aquellos en los que el olor de un jersey prestado bajo el pretexto de un frío inexistente sentido repentinamente por la falsa fragilidad de una damisela en apuros bastaba para transportar la fantasía hasta lugares dulcemente ilusorios, sublimemente volátiles y amargamente finitos.

Entró en la habitación un ser al que no reconoció a pesar de ser un viejo compañero de escuela redescubierto no recordaba cómo. JB se detuvo bajo el umbral de la puerta con el corazón desbocado, la respiración entrecortada y el miedo fluyendo por sus venas. Ella estaba allí, por fin. Después de intercambiar tantas palabras podría sentir el olor de su pelo, el calor de su piel y sus brazos rodeando su cintura. A penas podía adivinar entre latido y latido, el silencio sepulcral que llenaba la estancia. La tenue luz que dispensaba la lámpara de noche sólo dibujaba una sombra sentada al pie de la cama. ¿Era ella? No podía contener la emoción ni retener el instante para alargarlo hasta la eternidad. Apenas anduvo dos pasos, se dio la vuelta y cerró la puerta dejándolos solos, descubriendo la vida, bajo la noche de Barcelona en la habitación de un hotel cochambroso.

Ella, deslumbrada por la luz del pasillo exterior, no distinguió ninguno de los movimientos de JB. Notó su presencia ya a su lado. El uno junto al otro a los pies de la cama. Querían santificar el momento y la mejor manera de hacerlo era no pronunciando palabra alguna. Sencillamente el silencio que permitía imprimir en la memoria el recuerdo de aquellas sensaciones que los ahogaban en el éxtasis. Cualquier cosa que pasara después de aquello conduciría inevitablemente a la decepción.

3. El encuentro

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