3. El encuentro

A su lado notó una presencia vacía, una mirada mortecina y la pesadumbre de una vida demasiado pronto hastiada. Una silla abandonada en el medio de una estancia repleta de gente. No dio pie a tan esperado beso, ni siquiera se acercó para abrazarlo o tocarlo. Rehuyó cualquier contacto verbal o físico y él sintió como una punzada aguijoneándole las entrañas. Y ella lo supo y sintió pánico, vergüenza y asco. Su presencia le repelió y la nausea fue creciendo en su interior. Se obligó sin embargo, a intercambiar al menos unas palabras que quisieron ser amables.

– ¿Has tenido buen viaje?
– Sí, gracias. Un poco de trajín para llegar hasta aquí. Ya sabes que está todo cada vez más colapsado. No puedo creer que al fin te tenga delante.

El silencio se hizo largo y profundo. No sabía qué contestar. Hubiese deseado salir corriendo de aquella habitación. Huir, huir y volver a su casa, a su cama y a los libros que la transportaban hasta esos lugares de ficción que apaciguaban las almas atormentadas y alentaban el imaginario de aquellos que adoraban la ficción por encima de realidad.

Todas sus fantasías permitían escapar momentáneamente de una existencia mucho menos algodonada: formar parte de la media, ser del montón, invisible, imperceptible, estándar. Ni bonita ni fea. Ni gorda ni flaca. Ni tonta ni inteligente. Ser absolutamente común, general, vulgar. Aquella verdad fue percibida como una tragedia. ¿Qué valor tenía una vida vivida como la de los demás? ¿Qué sentido se le podía encontrar? Si la naturaleza no te había honrado con un plus genético y eras diferentemente igual al prójimo, ¿Qué se podía esperar de esta vida más que la reproducción compulsiva de lo ya visto? La copia de la copia de la copia y así, sucesivamente desde que el humano era humano. ¿Cuando hablaban de evolución a qué podían referirse exactamente puesto que desde que el mundo es mundo las motivaciones humanas seguían siendo las mismas?

Los mismos defectos acompañados de distinto contexto pero las misma imperfecciones han perdurado a lo largo de historia pasando de generación en generación. No es casualidad que la moral cristiana las haya bautizado como «pecados capitales». Avaricia, querer siempre más porque el prójimo y la soberbia de creerse mejor que el resto en su pequeña y parcelada visión del mundo cultivaba la envidia en sus semejantes. Viendo triunfar al resto, no sólo fuimos presos de la envidia sino que la ira podía apoderarse de aquellos cuyo identidad se confundía en el rebaño ¿Cómo es posible que esta persona triunfe y yo no si soy infinitamente mejor que ella? Finalmente, habiendo aceptado las vicisitudes de este mundo, la pereza se adueñaba de uno para instalarse sirviendo cualquier excusa para no mejorar como persona y advertir que cada uno es dueño de su destino. Falta la lujuria pero ese pecado no es más que el resultado del profundo aburrimiento y el vacio exitencial que conlleva entretenerse con respuestas animales a necesidades animales. No estamos hablando del despertar de la juventud y las pulsiones que pueden llegar a sentir los adolescentes.

Sin duda alguna, uno de los problemas de nuestra generación es creer que somos especiales. Quizás porque nuestros padres nos lo repitieron hasta la saciedad. En un mundo globalizado de economías de escala resulta irónico proclamar la especialidad de cada uno. Será una respuesta a la estandarización. Será la respuesta del sistema capitalista, fomentar la idea de individualidad especial de identidad propia, única y personal para vender su producto propio, único y estándar.

Iban a ser unos largos y fríos 4 días. No podía articular palabra así que entabló uno de esosos odiosos y odiados temas comodín sobre los que la gente que no sabe qué decirse recurre.
– Empieza a hacer frío fuera.
– ¡Uy, ya lo creo!- Espetó él con gran entusiasmo agradeciendo sin duda aquella rotura de silencio.
– Menos mal que existe la calefacción, ¿verdad?
– Sí. He leído que las temperaturas van a seguir bajando y es posible que nieve.
– Aja- No había más que decir.
– Debes de estar cansado así que mejor te dejo pegarte una ducha y si quieres dormir por mí no hay problema. Mañana será otro día y podemos dar una vuelta por la ciudad.
– Eeeh… ¿Estás bien?
– ¿Por?
– Bueno, por nada. Te noto esquiva, distante y fría. La calidez de tus palabras ha desaparecido. De hecho me da la sensación de estar con otra persona.
– Ya… será el entusiasmo. Me siento un poco rara. Tanto tiempo escribiéndonos y ahora estás aquí y a penas puedo creerlo. Creo que después de una noche de sueño las cosas serán diferentes. Te dejo descansar.
– ¿Me dejas descansar?¿Dónde vas tú?
– A mi casa- respondió ella- sólo te estaba esperando para darte la bienvenida pero ya es tarde y has tenido mucho ajetreo- La verdad es que el hecho de imaginarse compartiendo lecho con él le revolvía las tripas.
– Ah… yo pensé que…
– ¿Sí? Hombre, creí que sería mejor. Mañana quedamos para desayunar a las 9 y empezamos el día. ¿Te parece si te paso a recoger?

Abatido, asintió sin remedio. Aquello no era una proposición sino una orden que sonoba a desesperación por salir de ahí. Se levantó de la cama, tomó su maleta y abandonó la estancia con una celeridad casi ofensiva.

4. El encuentro

 

 

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