POLIZÓN

Este poema lo llevé a concurso en el 2013. Más que escribirlo lo sangré porque el destinatario resultó, ¡oh sorpresa!, no merecedor de mi tiempo. La cosa acabó en discusión y para mayor sorpresa en maltrato. Nada demasiado grave sino es por el dolor y las heridas psicológicas que uno arrastra. La vivencia de aquel infierno arrojó luz sobre este hecho desconocido hasta entonces. Entendí los mecanismos que permiten poner un marcha un engranaje que desemboca en este tipo de sucesos incluso en personas aparentemente inteligentes.

Este poema no es más que una anécdota a día de hoy, un hecho curioso que puedo recordar sin dolor pero sí con cierta vergüenza. Naturalmente no fue premiado puesto que no tengo ni idea de rimas, sílabas y todas esas cosas que hay que tener en cuenta a la hora de escribir versos.

POLIZÓN

Polizón de un bote sin retorno a la deriva voy
hacia ti como horizonte infinito, desdibujado.
Las olas mecen esta soledad silenciosa y la nada
que me abraza es un cántico de futilidad repleto.

Náufrago de ti en tus turbias aguas elijo ahogarme
aceptando esta muerte como el término de una etapa que tapa
el florecer de una nueva y fulgurante primavera.

Y desde este bote, el crepúsculo de la existencia
que el claro de luna a medio izar ilumina leve
y parcialmente, se alza hermoso e imponente, manso
y tiránico ya que la angustia se torna angostura
de saberte vivo y alejado incapaz de amarme.

La luz del ocaso no duele, ni entristece o asusta,
reconforta de saberla, saberme eternamente tuya.
El aislamiento consagra la sabiduría que alumbra
la espera que no desespera ante el goteo del tiempo.
Sin mediar palabra te surco y muero ante tu mirada.

No te preocupes por mí, alma cándida, que tu tenue luz
aunque vespertina me llena de esta vida que perece
al mismo tiempo que crece la flor de mi olvido sembrada.
No te preocupes que aun habiendo naufragado para ti
logras bañar de luminosidad las livianas estrecheces.

De cuanto hubo en derredor, eres víctima y verdugo.
Golpeas mi faz ensimismada, egoísta y obtusa,
violentas mis abismos con tu pantagruélica avidez
obesa de recta exigencia, severa, plena y casta.
Y deforme de enormidad ante ti solo me inclino.

No te preocupes que yo, pequeño diminutivo de mí,
sondeo tus mares contraído al fondo de este bote,
este bote sin retorno de la solemnidad del tránsito.

Siendo el horizonte tan lejano como inalcanzable,
me atrevo a trazar la senda ahora inexistente
hacia el despertar de tu todavía tímida claridad.

Llega a vislumbrar que, aunque no sea conmigo, ya sin mí,
puedas ser tú el polizón de otro bote sin retorno
que no vaya a la deriva, que no vague solitario.

 

 

 

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