LA JUVENTUD, Paolo Sorrentino

Recupero una crítica del 2016 que tenía prácticamente olvidada. Son esos
enigmas de la mente que quedan como un gran interrogante. Creo que cuando la escribí estaba absolutamente embebida por el momento y emocionalmente ebria. Esta película llegó a mí en una época convulsa de mucho cambio vital, reencuentros inevitables que rebasaron los límites de mi capacidad para contener sentimientos. Recuerdo que fue una película sentida profundamente cuyo escrito quedó enterrado en algún lugar de mi memoria. Te doy las gracias por habérmela devuelto a la vida.

Hemos visto «La juventud», la nueva película del gran Paolo Sorrentino, que asimilábamos a su anterior película, «La gran belleza».

Sin embargo, qué sorpresa fue la nuestra al ver que, si bien es cierto que se reconoce al director detrás del elenco de personajes que desfilan tras la pantalla, no es el mismo estilo de película…

Claro está que para gustos los colores, pero nosotros salimos sorprendidos, enternecidos y dolorosamente emocionados. No fue simplemente una película, fue una experiencia personal inenarrable.

Por ello, pedimos disculpas de antemano: intentaremos transmitir todo cuanto nos aportó. Probaremos de plasmar en estas líneas lo que nos suscitó el filme pero será imposible detallar y desgranar la totalidad del sentir puesto que eso es lo fundamental: el sentimiento.

Un reparto de personajes donde las edades y personalidades se entremezclan, así como los mundos interiores de cada uno de los personajes, de los que surgen unas reflexiones latentes en cada uno de nosotros. El metraje está repleto de frases punzantes cuando menos se esperan. Verdades como puños que arrancan lágrimas por su severidad.

Un enorme Michael Caine, profundamente desgarrador, por esa mirada perdida en un pasado lejano del que no recuerda detalles tan fundamentales en su día: la expresión de unos ojos, el timbre de una voz o ni siquiera el recuerdo olvidado de un rostro amigo. El ocaso de la vida, sensación de doloroso desamparo que deja un hondo pesar tras su paso. Un huracán malintencionado: el paso del tiempo y la soledad que conlleva. Una vida entre dos, una manera secreta de amar al otro y que nadie más que la otra persona puede comprender, un tesoro guardado e incomprensible a los ojos del resto. Un amor amante tanto como un amor amigo.

Una hija que opina en base a lo que ella ha experimentado desde su perspectiva y que representa la normalidad, el resto del mundo, lo que dirían los demás de aquello que pasó. Un Michael Caine que preserva, por encima de todo, aquello que le dejó a su mujer. Rompimos a llorar por esos arañazos extremadamente bien calculados.

Un gran Harvey Keitel necesitado de sentimiento… como todos. «Sólo nos quedan las emociones». Qué gran frase, cuánta avidez de emoción, hambruna de afecto, indigentes indecentes de cariño. Estamos todos famélicos de amor… Amor de verdad, amor del que no esconde nada, del que no quiere nada a cambio, del que no se encorseta en una estructura social. Amor sociópata que no pretende, no pide y sólo da por el gusto de dar. Una constante reflexión hacia un pasado casi ya inexistente.

Una vieja pareja que se comprende sin hablar, puesto que tiene sus códigos internos, y que el espectador no puede juzgar porque no sabe el más allá, la razón de ser ni el por qué del cómo.

Un ex futbolista necesitado, nostálgico de lo que fue… ¿Qué fue? ¿Qué fue realmente? ¿qué queda de la fama? ¿qué queda de la vida?

Una Miss mundo que pasea sus carnes en pleno apogeo de juventud y turgencia. ¿Quién eres? ¿Qué eres? ¿Qué quieres ser?

Un actor de California que se permite la licencia: «cuando los actores de California no estamos ni borrachos ni drogados, algunos leemos a Novalis». Novalis, poeta romántico alemán que escribe «himnos de la noche» tras la muerte de su prometida.  ¿Hacia dónde te diriges? ¿Eres sólo lo que los demás te han visto interpretar o hay interpretaciones que nunca han visto? ¿Cúan extenso eres?

Una prostituta extremadamente joven que quiere ser, pero no existe todavía, y para la cual no hay pregunta.

Una ópera final apocalíptica que estremece al más pintado. La sencillez de la vida es una ópera, es la ópera de cada uno de nosotros, la obra maestra de nuestras vidas.

 

 

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