EL BAR

Recupero un escrito de hace unos 10 años como poco, probablemente más. Fue una de esas sensaciones frías de soledad en medio de la muchedumbre, rodeado pero solo en el mundo.

EL BAR

Estoy sentada en la silla de un bar y todo me parece mentira.
Frente a mí se erige el ventanal que me muestra una carretera inundada de automóviles en movimiento y un desconcertante vaivén de personas con algún destino incierto.
Aún así, todo me parece mentira. Todo irradia felicidad, todo está bañado en una cálida luz solar que me prende el corazón pero todo es falso.

De vez en cuando, algún transeúnte, normalmente masculino toma un desvío y se cobija en la insalubridad de este bar. Hace un alto, o ¿quizás fuera este su paradero?
Me parecen falsos todos ellos aunque más verdaderos que la soleada y putrefacta realidad exterior.

Una mujer pasa de largo. Está bien de todo: bien peinada, bien vestida, bien muerta. Sus aires de grandilocuencia apenas las dejan caminar y todo ello no es más que fruto del desamparo y la soledad. ¿Cómo arreglar 40 años quebrados por las frustraciones?

Se aproxima una pareja a la puerta con las manos entrelazadas y la mirada perdida, cada uno absorto en sus pensamientos inexistentes, cada uno pendiente de las contemplaciones ajenas y sus ojos inmersos en sí mismos no se encuentran, ni siquiera se buscan, incluso se rehuyen. Uno al lado del otro se posan para evitar enfrentarse a la mirada inquisidoramente vacía del prójimo, para eludir una conversación desvitalizantemente forzada. Consumen y se consumen en el humo gris de sus respectivos cigarrillos. Se van, se marchan por donde han venido.

La grandilocuente fémina se ha postrado en un taburete, me mira. La miro. Somos dos mujeres en un universo repleto de machos. Somos dos manchas, dos irregularidades, dos amorfismos del sistema. Continúa mirándome pero no me ve. Observo el vacío en sus ojos deslucidos por la gruesa capa de maquillaje que trata de tapar los surcos del tiempo, que cubre el miedo, que enmascara el vacío. Ella también acaba marchándose.

Entran grupos, individuos, familias. Se acerca la hora de comer. Todo ellos hablan, sonríen, hablan y, sin embargo, no dicen nada. Es mentira. El silencio penetrante es ensordecedor y estoy tan lejos de aquí que observo perplejamente el espectáculo. Estoy aquí y no. Escribo pero tampoco lo siento. Sin mediar palabra digo mucho, no hablo. Mi silencio grita.

En la mesa de enfrente percibo un hombre. Me mira, me ve. Tiene algún tipo de  dolencia extraña en el cuerpo. Sus movimientos son inconexos y dificultosos pero el destello de sus ojos no se puede explicar. No está lleno, ni siquiera es interesante, es sencillamente conmovedor. Su mirada arropada por la melancolía busca la mía. No puedo con tanto desamparo, no levanto la cabeza y me sumerjo en estas líneas. Temo encontrarme con sus implorantes y desvalidos ojos y no saber qué decirles, me da miedo. No le compadezco, no quiero que piense que me da lástima, no le quiero mirar para que no piense que me da pena pero es que me la da. Siento tristeza por una mirada tan sola. Siento desconsuelo por ver el trato de tullido que le deparan los demás por estar enfermo. Siento pena por la pena que los abate de ver cómo se le distingue. Él me parece de verdad. Su dolencia es falsa y sin embargo sus ojos revelan la realidad de un corazón abandonado. Y con pesadumbre y dificultad lleva la cruz de la rutina. Come, come sin ansia, absorto en su mundo. Es bello, es desoladoramente bello, es belleza que se abre paso entre la frialdad de un día soleado. Es verdad en la mentira y es un estallido de gris en un escenario de colores fosforescentes.
No quiero volver a mirarle. Fijo su imagen implorante en mi memoria y quiero que así permanezca, limpia y pura, blanca y triste.

Con su recuerdo en la mente, me levanto, pago y me voy.

 

 

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