La sombra del ciprés es alargada, Miguel Delibes. El crecimiento personal del siglo XX.

«La felicidad o la desdicha era una simple cuestión de elasticidad de nuestra facultad de desasimiento. La vida transcurría en un equilibrio constante entre el toma y deja. Y lo difícil no era tomar, sino dejar, desasirnos de las cosas que merecen nuestro aprecio.»

«La sombra del ciprés es alargada» es la novela que le valió a Miguel Delibes el Premio Nadal en 1947 y ya entonces, sin estar todavía de moda, vemos el esqueleto de la psicología cognitiva y del crecimiento personal que nos instan a no apegarnos a lo que nos rodea porque «nada es para siempre».

El protagonista de la novela, Pedro, es un niño huérfano de padre y madre enviado por su tutos y tío a Ávila, a casa del Sr. Lesmes para ser formado.

A través de Pedro, Delibes nos ofrece una mirada introspectiva más cerebral que emocional, sobre la transformación que acompaña al personaje durante sus años de infancia, adolescencia y finalmente adultez. La novela expone principalmente la vida interior de todos los caracteres. Algunos más parcos que otros, sumisos ante las circunstancias insoportablemente dolorosas que acompañan a la existencia humana, se van hilvanando las reflexiones sobre diversos temas que siguen en boga a día de hoy: la aceptación de los acontecimientos vitales, el éxodo rural en favor de «la civilización», la licuefacción de los valores, el cambio de paradigma social ante la hegemonía del individualismo, el dolor ineludible de la vida y el sufrimiento impuesto por nosotros, la muerte como definición de la existencia, la búsqueda de uno mismo, la religión como respuesta paliativa ante los sucesos dolorosos, el desapego como solución al sufrimiento.

La novela está igualmente repartida en base a la lógica misma de la vida. Su primera mitad transcurre durante la infancia y adolescencia de Pedro, el relato fluye ágil. No obstante, la segunda parte goza de más diálogo interno, dilemas morales y demanda una mayor activación cerebral. Por ello puede resultar, en ciertos momentos, cansino especialmente por el estilo narrativo de Delibes, trufado de adjetivos, algunos de ellos en desuso, que condensan el significado requiriendo una dosis extra de atención y concentración.

Delibes nos muestra el valor de la aceptación de los hechos que no se pueden cambiar, igual que lo están haciendo ahora los grandes pregoneros del crecimiento personal. Es extraño e incluso divertido observar cómo, al final, cada etapa histórica pasa por los mismos puntos. Delibes en su novela expone lo mismo que Rafael Santandreu, Omar Rueda, Borja Vilaseca, etc en sus ponencias. Otra época, otro soporte pero, al final, todo parece tender a un mismo sitio: la importancia de la aceptación de los hechos de la vida y la utilización de la mente universal para la observación de los mismos sin emitir juicios de valor. Esto último se muestra a través de la perrita Fany que, tras haber sido atropellada por una carreta, queda coja de una pata.
«Ahora era feliz con 3 y la realidad de una vida soportada a pipiricojo no parecía sumirla en la triste melancolía de la desgracia que fue y que pudo ser evitada»

«Nada puede existir en el mundo sin una relación de dependencia, de coordinación o de mando». La completa autonomía es inasumible, el individuo no puede subsistir sin la ayuda de otros. Sin embargo, sí que se puede concebir el desapego emocional que la «mente grande» automáticamente pone en marcha al utilizar la mera observación y aceptación de los hechos sin pasar el límite de lo visible. Los apegos son tejidos por nuestra «mente pequeña» que, incapaz de ceñirse a la objetividad, se dedica a interpretar la realidad.
La dependencia es ineludible, no es ni buena, ni mala, sino un hecho constatable desprovisto de juicio. Al intervenir nuestro EGO en la interpretación del mismo, ya se tiñe de todo el significado que cada uno le otorgue a la dependencia. Asimismo, ocurre con todo.

Así vemos que, en efecto, Pedro llega a la conclusión que los hechos no tienen un valor per se, sino el que cada uno de nosotros le queramos dar y dependerá del cristal a través del cual miremos. Sin embargo, existe una sutil diferencia en el mensaje de Delibes respecto a la realidad narrada por la psicología cognitiva. El primero se decanta por la ilusión de la realidad mientras que la segunda nos insiste en la realidad de los hechos como un suceso desprovisto de juicio, tan sólo ocurre y luego lo interpretamos en función de nuestro ego, máscara, defensas, vivencias, etc. «[…] si lo que veían diariamente nuestros ojos no sería más que una sugestión creada en torno de algo inexistente; si la vitalidad de los demás sentidos no sería igualmente una mera y simple ilusión; si el mundo, en fin, careciera de un carácter objetivo, real, verdadero, para pasar a ser algo ficticio, iluminado solo por el carácter que individualmente cada humano queríamos atribuirle.»

«Me percaté entonces de que la alegría es un estado del alma y no una cualidad de las cosas; que las cosas en sí mismas no son alegres ni tristes, sino que se limitan a reflejar el tono con que nosotros las envolvemos»

Para Delibes, el éxodo rural y el cambio de paradigma social que el influjo de la urbes causaba resultaba en un empobrecimiento de la calidad de vida interior de las personas. El tiempo de reflexión, la quietud y la tranquilidad de las que se gozaban en los pueblos se veían fagocitadas por la ocupación en manufacturar objetos inservibles directamente por el humano. Las urbes dictaminaban un nuevo orden mundial construyendo una realidad ficticia basada en la ilusión. El espejismo de poseer, personificado hacia el final de la novela con el personaje de Cristian, estaba siendo creado en las urbes en detrimento de una realidad palpable y desprovista de florituras como lo podía ser la vida campestre. La comodidad, la separación de la naturaleza, la pérdida del sentido práctico de las cosas, la ociosidad esclava conducen a una neurosis colectiva de desasimiento de la esencia misma de la vida. El frenetismo de la inmediatez así como el capricho selectivo de lo que apetece y no abanderando la libertad y los derechos individuales nos han hecho olvidar el valor del trabajo manual como labrar el campo o la dedicación a las labores agrícolas para subsistir. El humano se ha ido separando cada vez más de la verdadera naturaleza de su ser y se ha ido convirtiendo en un niño eterno que sólo quiere lo bueno de la existencia sin reparar en las sombras de la misma. Ahora, en pleno apogeo neurótico, estamos llegando a la saturación y a niveles insufribles de vacío existencial que parecen torcer el camino de nuevo hacia una mirada interna y un cuestionamiento en profundidad. Sólo podemos observar que, cada vez más, están emergiendo corrientes de «crecimiento personal» que proponen explicaciones al malestar generalizado y al vacío existencial basándose en lo que Delibes ya observó a mitad del siglo pasado.

«Siempre acabo imaginándome la civilización como una máquina que, como cualquier parásito, va chupando a nuestros espíritus las mejores substancias para convertirlas en automóviles, aerostatos, cinematógrafos y otros aparatos que constituyen la monumentalidad del más puro idealismo. En virtud de la civilización, el espíritu deviene materia prima para ser transformado en producto de una utilidad exclusivamente corporal.»

«Las exigencias de la vida privaban al hombre de su albedrío; le hacían esclavo de una voluntad gregaria, que no goza ni siente, sino que va; va en un sentido o en otro, arrastrada por las circunstancias del momento, accionada por causas absolutamente extrañas a su voluntad»

Con un vocabulario ya en desuso pero maravillosamente escrita se pueden rescatar infinidad de palabras y expresiones caídas en el lamentable olvido tales que:
A la sazón
Atusar
Empellón
Exina
Luctuosa
Malhadada
Mansedumbre
Otear

Esto sólo ha sido UNA interpretación de la novela en base a lo que a unas inquietudes determinadas. No es todo lo que la novela contiene y es posible que ni siquiera sea la realidad. Que cada cual juzgue y lo compruebe por sí mismo.

«Comencé a gustar de nuevo de la angustia desoladora de sentirme impar sobre la costra de la tierra; de hallarme aislado, sin eslabones afectivos, sin un sólido y macizo punto de apoyo. Se intensificó sobre mí el convencimiento de que hasta en mi propio cuerpo se acentuaba la decadencia, de que mi descarnada existencia se remataba en círculo y la aguja del compás que señalaba su centro se me clavaba acertada en el corazón. Pensé que nada me quedaba fuera de mí, que la discordancia del mundo con mi yo era ahora total, absoluta, sin nada ni nadie que mitigase el desamparo de mi cerrada soledad.»

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