«Conócete a ti mismo» : cuando la búsqueda del sentido de la existencia es (re)aprender a ser uno mismo.

Después de tantos años de inconformismo, de cruzada contra el mundo, de batacazos una y otra vez con el mismo muro, de peleas con mis allegados, de acusaciones, de ira, de sinsentido, de vacío existencial buscándole un sentido a la vida, por fin encuentro aquello que tanto anduve ambicionando. La respuesta, como todo lo que perseguimos, siempre estuvo en mí igual que lo está en cada uno de los seres humanos. Hemos adoptado la tendencia a buscar fuera lo que únicamente se puede encontrar dentro.

La necesidad de realidad se confundió con la sed de conocimiento. Escudriñé incansablemente innumerables libros de aquellos autores cuyo pensamiento me era más familiar. A pesar de toparme con alguna certeza, jamás llegué a tener un empaque sólido que me diera los fundamentos de la razón exacta del porqué de la existencia. Tan sólo tropecé con indicios que me indicaban el sendero que emanaba realidad.

Fui haciendo acopio de lo que interpreté como verdades, aquellas que una vez se encuentran provocan un pinchazo en el estómago. Herman Hesse fue de los primeros y a partir de ahí rastreé y devoré todo cuanto hubo escrito. Le siguieron «Los miserables» de Victor Hugo, «Crimen y Castigo» de Dostoievski, «las lágrimas invisibles del mundo» de Chejov, «Así habló Zaratustra» que me reventó la sesera con la idea de Superhombre, Schopenhauer y sus diversos «artes», Erich Fromm, Zygmunt Bauer y la licuefacción de todo lo que conocíamos… el típico camino del «amargado» peleado con la disposición del tablero de juego, el encabronado con las reglas del (des)orden social y el notas iracundo que siempre anda «entre Pinto y Valdemoro» cagándose en San Sisebuto de Cardeña pero sin hacer nada al respecto por tener una postura meramente contraria a todo y la falsa creencia de que «es lo que hay». Claro, es lo que hay, «ajo y agua» y ese es el primer paso hacia la tranquilidad interior pero SIN VICTIMIZAR. Nadie más que tú tiene la responsabilidad de cambiar el panorama, al menos el propio.

Me di cuenta de que estaba constantemente en la búsqueda de «algo» pero ¿De qué? No sabía responder. «Algo», «tiene que haber algo más», «la vida no puede ser nacer, crecer, trabajar, consumir para seguir engrasando el sistema y finalmente morir». Sólo la idea de contribuir a perpetuar el orden establecido y sus injusticias, me indignaba.

Cuando llegué al maravilloso mundo laboral, después de siglos de estudio en las mejores universidades y en las que nunca encontré nada de lo que buscaba, se hizo todavía más acuciante la necesidad de hallar «algo» que me sacara del tedio y del hastío vital. El tiempo parecía no pasar y paradójicamente, me llevaba las manos a la cabeza de ver que los años acumulaban oquedad y polvo en su velocidad de avance.

¿Qué es lo que tanto ansiaba que no sabía ni siquiera describir? ¿Qué respuestas precisaba que ni siquiera podía formular la pregunta adecuada?

El abismo interior iba agrandándose con la rutina y las distracciones para aliviar la repetición cotidiana, día tras día, mes tras mes, año tras año. Las parejas no funcionaban porque siempre había «algo» que no encajaba. Todo era demasiado o demasiado poco, imperfecto, incompleto, erróneo, estúpido, vacuo.

La realidad era otra. La única que estaba caminando por una senda equivocada era yo. Ahora comprendo que las situaciones en la vida son hechos neutros y que los vemos desde el referencial interno: «nada es verdad ni es mentira, todo depende del color del cristal con que se mira». Esta afirmación que me ha acompañado a lo largo de la vida adquiere finalmente toda la amplitud de su sentido. Tanta lógica deslumbra y nunca habría llegado a comprender profundamente su significado si no hubiera descubierto tras 3 décadas y media el «Eneagrama».

Sin hacer apología de la herramienta que, dicho sea de paso, al principio me pareció una auténtica gilipollez esotérica, sí que debo rendirme a la evidencia y es que finalmente he encontrado ese «algo» que tantos quebraderos que cabeza, tanto dolor, tanto sufrimiento me había generado.

La inconsciencia, la reactividad, la no comprensión de mí y, por ende, de lo que me envolvía me estaba consumiendo la vida. Así de claro. Poco a poco, lo que empezó como un juego, fue despertando ira, socarronería, escepticismo (que ahora sé que es ignorancia) hasta que se operó el milagro. Hallé LA respuesta que ni psicólogos ni psiquiatras han sabido nunca darme. Mejor todavía, hallé LA PREGUNTA exacta.

«CONOCETE A TI MISMO» y pégate un viaje gratis al centro de tu propia galaxia desde tu sillón. El Covid ha sido una putada generalizada, no lo niego, pero cuan necesario se hacía el parón. Se oye un murmuro revolucionario. Estoy convencida que, como yo, otros tantos hicieron lo mismo. Encerrados a la fuerza, no tuvimos más cojones que mirar hacia dentro y ¡Madre mía! Gracias Borja Vilaseca…

[TO BE CONTINUED]

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