Eneatipo 1: ¡Que la ira te acompañe! Todo es imperfecto, nada es suficiente y el mundo está plagado de borregos mediocres.

Me siento profundamente avergonzada por mi actitud en esta vida. He sido extremadamente juiciosa con el «yo, mi, me conmigo» sin darme cuenta de que en esa crudeza estaba siendo tan «yo, mí, me, conmigo» como los otros. Me soliviantaba el alma y atizaba el fuego de la ira el ombliguismo del que opina sin que le pregunten. «Tu opinión de mierda» me estaba repateando y el hecho de que cualquiera osara exponerla me parecía grosero y ofensivo. Sin darme cuenta, me estaba importando esa opinión de mierda. Si algo te perturba, si le das vueltas sin cesar a las palabras ajenas, si te ofenden los comentarios que calificas de paletos, es que ahí, hay petróleo. Cava, escarba porque algo de valor para ti encontrarás.

Algo que me parecía indignante era el borreguismo que desfilaba ante mis ojos. No podía creer que el nivel de inconsciencia fuera tal que ni siquiera se percataran del hecho de que iban a trabajar para consumir.

Iracunda, me he pasado la existencia ofendida por la falta de valores morales de la gente. Los hechos que nunca respetaban las palabras dichas con ligereza pero sin significancia. Las promesas al viento. La falta de empatía, la mala educación general y emocional, la tergiversación del mensaje propio en boca ajena, la mala interpretación de mis intenciones, mi exceso de confianza en los demás. Me creía emocionalmente independiente y ¡Cuánto apego! Era un caballo desbocado pero sometido a mis carencias. Y no digo que ahora no lo sea sólo que ahora lo veo, lo veo en profundidad, lo comprendo pero ya no me avergüenzo. Es como si hubiera habido un antes y un después del eneagrama. Es como si el descubrimiento del eneatipo hubiera destensado la cuerda con la que me estaba ahorcando y que no me dejaba vivir.

Llantos de sufrimiento. Dolor, un profundo vacío existencial y el convencimiento de una condena a muerte segura sin que, entre el nacimiento y el óbito, pasara nada especial. Nacer, trabajar, consumir, reproducirse y morir; ese era el sino de cada uno de nosotros.

La vida era eso y técnicamente lo sigue siendo. Los hechos neutros y puramente descriptivos dejan al desnudo la simplicidad de la materialización de la energía. Lo que desde la actual perspectiva ya no vibra de la misma manera. Es como si el tinte de acritud se hubiera disuelto en las nuevas aguas que bañan mi mirada.

No ha sido de la noche a la mañana a pesar de que a veces me lo parece. Han sido 36 años de juicios, de encabronamiento con la vida, de acusaciones, de intolerancia, de gritos mentales, de violencia para/conmigo pero también dirigida hacia los demás. Han sido 3 décadas y media de incomprensión, de patrones repetidos, de atrincheramiento mental, de «por mis cojones» en un pulso contra mi ser y contra el mundo. 439 meses de inflexibilidad moral, de persecuciones y atentados contra todos incluyendo mi «yo». 13170 días de cultivos de mala ostia porque me mantenían «on the road» sin darme cuenta que también me quedaba en la cuneta. 316080 horas de sin vivir que ahora me parecen no haber existido nunca.

Desde ayer la sensación de renacimiento me acompaña, como si la vida anterior no hubiera existido nunca. Tengo vagos recuerdos de aquellos «atormentados años», pero es como si hiciesen referencia a otra persona que no soy yo. Es como si se hubiera desvanecido todo aquello que me reconcomía y que me empecinaba en negar.

Era como luchar contra mí misma en pos de la coherencia. Necesitaba ser congruente y esa creo que fue la primera piedra de mi desdicha. ¿De dónde proviene esa imperiosa necesidad de congruencia que ha abierto paso al pensamiento Aristotélico del blanco y negro? No digo que esté bien o que esté mal, tan sólo digo que me ha mantenido en un sin vivir perpetuo, una persecución moral y mental propia casi rozando la paranoia esquizofrénica de llegar a leer situaciones vitales de una manera antinatural animadas desde el más profundo desprecio por la vida humana. Pero me sentí protegida de esa manera sin darme cuenta de que crecía proporcionalmente la dosis de mala ostia, de desdén, de tormento y de paranoia.

Movida por la nostalgia y la tristeza ambas fruto de la falsa creencia de la necesidad del otro para estar llena y darle sentido a este sinsentido que es la vida en el que (recupero la línea neutra de las acciones vital) nacer, trabajar, consumir, comer, beber, sobrevivir para finalmente morir era cuanto nos deparaba el destino, trataba de acercarme a las personas. Buscaba antinaturalmente los puntos en común con el prójimo. Adulteraba la realidad construyendo falsedades en busca de realidades apoyada por toda la industria de la educación. La industria cinematográfica y musical que nos ha vendido precisamente esos ideales en lo que me había estado basando para perseguir esa belleza que sentía que tenía que estar escondida detrás de alguien, de algo o de algún lugar. Encontré destellos momentáneos de hermosura y no sé si lo fueron realmente o es que la capacidad de observación estaba entelada por las calcificaciones remanentes del humo azucarado de Disney y Hollywood.

El acercamiento duraba unos meses y luego caía el telón de la obra de teatro. Entre tanto, para que la realidad cupiera en mi idealización unilateral, tuve que flexibilizar el continente. Y sí, lo intolerable se normalizó en infinidad de ocasiones. Lo insoportable se suavizó. La pareja como gran maestro… no me queda todavía claro. Si la elección de pareja parte de una base errónea de necesidad y falsas creencias, ¿Cómo puede ser un maestro? Bueno, sí, por la ley del espejo. Me callo. Eso es así. Que si eliges equivocada pero certeramente es porque estás en ese momento vital y lo que hay que cuestionarse es el porqué de la elección. Pero el cuestionarlo requiere de un nivel de conciencia que no siempre se tiene. Esta reflexión sólo la puedo hacer ahora, por entonces sólo me dije «mierda, has vuelto a tropezar con la misma piedra. Mismo perro con un collar distinto pero tú has vuelto al ruedo rodando con tu estupidez» y ahí se terminaba. No, ahora veo que había más. El problema eran los castillos en el aire, los fundamentos equivocados, las emociones exageradas o incluso falsas producto de unas creencias implantadas en algún momento por algún motivo totalmente ajeno a mi voluntad o a la libre elección.

Eso debe de ser lo que conforma el ego. El pensar que somos cuando en realidad somos presas de nuestro pensamiento supuestamente libre pero conformado a base de retales de creencias que no han sido elegidas, sino producto de la socialización, educación, normalización.

El ego, esa máscara que adoptamos y con la cual nos identificamos pensando que somos nosotros y sólo es una adaptación al medio en el que vivimos que se ha ido perfilando con el tiempo, que nos protege al mismo son que nos hiere. Por eso somos de una manera o de otra en función del ámbito en el que nos encontremos.

¿Cómo saber lo que somos real y profundamente? Nuestro yo real, nuestra identidad más pura. A lo largo de la vida adoptamos unas maneras de hacer y de ser pero siempre hay una cosa que permanece como telón de fondo y que nos acompaña. Es la esencia misma del ser humano que responde a una motivación mayor, más elevada. Ese objetivo vital es el horizonte hacia el cual nos dirigimos.

La búsqueda de sentido, de belleza, de profundidad y trascendencia, el compartir libremente, el pulir y cincelar nuestras mayores cualidades como seres humanos puros que podemos llegar a ser.

Quizás alejarse de ese «ego» social es uno de los mayores desafíos que requiere de tiempo y horas de indagación en las que uno debe zambullirse por completo en uno mismo. Sólo se puede lograr en soledad o en compañía de alguien cuya motivación sea la misma porque en muchas ocasiones uno no puede verse a uno mismo. Y a pesar de las mala elecciones, sí, la ley del espejo. Todos estuvisteis aquí por algo, no lo pude ver hasta el día de hoy en que realmente lo comprendo en profundidad con ese nivel de conciencia que desarma la programación inconsciente.

Las interferencias que llegué a sentir como el pulso interior entre la razón y la emoción dejaron de ser. La escisión entre el impulso y el deseo dejó de existir quedando ambos maravillosamente alienados por primera vez en la historia de este ser.

No escribo para nadie, pero si por casualidad llegaste hasta aquí, es que anduviste buscándote o sencillamente porque algún día te encontrarás al doblar la esquina.

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