Las fotografías de nuestras vidas

A Ti,

Me escribes porque me sueñas, yo no te sueño porque te pienso y te escribo. Bien entrada la madrugada, incluso antes de apuntar la aurora, sigo describiendo algunas de las fotografías de nuestras vidas.

Siempre tengo reservas en profesar amor, especialmente si la persona es del sexo opuesto por miedo a que se pueda malinterpretar. Llegados a este punto, me da igual lo que se entienda porque las deducciones dependen del sujeto que las elabora. No tienen nada que ver con mis palabras, sino con lo despierta que esté la conciencia del que las lee y lo lejos que haya llegado en la reflexión sobre el amor universal.

Mi madre, que no es como la tuya, alguna vez me ha reprendido por sobrepasar los límites del decoro social «A este chico no lo conoces de nada, ¿no es mucha la confianza?» o bien «¿Este chico no tenía pareja?, ¿No crees que no es correcto abrazarlo?» Y exploto de risa al pensar lo que diría de nosotros. De nosotros, que el decoro social nos ha servido siempre de decorado sin sal.
Que piensen lo que quieran y tú harás lo propio. Si me conoces bien, o al menos en lo esencial, sabrás que estas palabras, salidas directamente desde dentro, no albergan más que buenos sentimientos y te desean lo mejor en tu nuevo viaje.
Tú ya interpretarás lo que tengas que interpretar porque así es la vida.

Vamos encontrándonos con personas que protagonizan algunos momentos, fugaces o no, de nuestra existencia. Tú siempre has estado presente en la mía como lo “irrealizado”, como el deseo pendiente pues de no haber sido así, no sé si nuestros caminos hubieran seguido cruzándose. Intento ser lo más transparente que puedo. Es verdad, la atracción es uno de los puntos que me despertaron la curiosidad, el roce y finalmente el cariño. Como te dije, no haber satisfecho ese deseo hizo que siguiéramos estando en contacto y henos aquí, 20 años más tarde, riendo como el primer día.

Gracias a cómo han ido sucediéndose los acontecimientos he tenido la oportunidad de conocerte sin ambages, con lo mejor y lo peor de tu persona. Me has desvelado tus oscuridades, aquellos recovecos que quizás no te has atrevidos a enseñar a otras porque fui amiga y confidente en ocasiones, solo colega la mayor parte del tiempo y un espectro en tu inconsciencia como constante.

Soy especialista en crear imágenes idílicas de las personas que luego, naturalmente, no comulgan ni por casualidad con la realidad. Quizás en este caso sea diferente porque nunca hubo ni la más remota intención de pensarte de ningún modo, porque estuviste presente sin estarlo y porque nunca hubo el propósito de ser, pertenecer o esperar. A lo mejor nos salvó la asunción de no querernos en absoluto debido al fuerte choque de nuestros respectivos egos.

Todavía recuerdo el pantagruélico encontronazo de una tarde en la sala de ordenadores, mi súper «yo» contra tu súper «tú» y a ver quién los tenía más cuadrados. Y lo recuerdo con nostalgia y una sonrisa se me escapa de nuevo. La vehemencia de la juventud arremetiendo con todo su ímpetu, intentando disminuir al otro. Tu pertinacia contra mi obstinación en una lucha de titanes que no atendían a más razones que las de su ceguera. Casi 20 años más tarde, los dos gigantes se estrechan fraternalmente porque se han dado cuenta que nada de aquello tuvo relevancia alguna, que perduró la estima por encima de todo y que lo irrealizable tan sólo fue una anécdota que dio pie a algo más grande.

Nos sabemos el uno al otro. Tú también conoces mis miserias, no todas pero sí muchas. Hemos compartido cuanto se ha podido y cuando se ha querido siendo la máxima y tácita premisa la de la libertad.
Hemos estado poco, pero en los momentos en que hemos estado, a solas o acompañados, ha sido desnudos de todo, algunos más que otros. Ahora una carcajada al recordar el momento en que traspasé el umbral de la puerta de tu casa y ahí estabais los dos, como vinisteis al mundo, chapoteando felices en la piscina mientras tu madre leía plácidamente una revista al sol. Cerré con espanto los ojos ¡Ay Dios, que es pecado la desnudez! Y todos explotasteis de risa ante mi pudoroso sonrojo.

La plaza Real y su bullicioso amanecer me despertaron mientras tú, equipado de tapones y antifaz exhibías superpoderes para dormir es otro de los capítulos que se repiten en mi memoria. El día en que tu padre puso en mis manos el manuscrito de Goytisolo o cuando literalmente me perdí al intentar encontrar el baño en la sala de los espejos. La historia de tu vida que, habiéndomela contado un millón de veces, sigo sin poder reproducirla por lo enrevesada que es, una historia digna de ser escrita. Nos recuerdo al teléfono en uno de tus múltiples fracasos amorosos. No sé decir qué pasó exactamente, pero creo que lo que pasó es que fuiste tú haciendo de ti y viniste ese fin de semana porque la casa en obras necesitaba que le echaran un vistazo. Fuimos a cenar a un pueblecito donde comimos berenjenas fritas con miel, receta que recuperé en mi restaurante. Gracias por venir también, fue una pesadilla pero de entre todos mis amigos, fuiste el único que se asomó.

Hemos estado desarmados de ego solo en ocasiones, y si me preguntas, para mí las mejores. Cuando tu verdadera persona, se encuentra con la mía y se intercambian sin espera, sin codicia, sin deseo y sólo con las ganas de dar al otro un hombro, un abrazo, un momento de descanso de lo que uno se cree que es. Por eso siempre he insistido en verte a solas. Solamente a solas, sin que nadie se interponga, se puede llegar a estar realmente con el otro. Me molestan los demás cuando es contigo con quien quiero estar. Sin interlineado en el que leer, nunca lo hubo.

Te quiero agradecer todos los momentos reales vividos, los irreales también porque forman parte de ti, de tu persona, de tu ego, de esa piel de la que te recubres para salir al mundo o, a veces, para entrar incluso en ti. Gracias a tu libidinosa manera de referirte a mí me he dado cuenta de que tengo que aprender a lidiar con otros como lo hago contigo. Quizás seas tú la respuesta a algo que siempre he tenido delante pero sólo ahora soy capaz de comprender.

Formas sin duda parte de los hombres de mi vida como el máximo exponente de lo que nunca hubiera querido para mí, pero a quien quiero sin reparos. ¿No es esto el amor universal? El que acoge, acepta, no espera y no el maltratado, mancillado y decepcionante amor romántico al que siempre se ha vestido de súper héroe adjudicándole poderes de una dimensión inexistente.

Neruda dijo «es tan corto el amor y tan largo el olvido» y yo te digo «Es tan corto el olvido y tan largo el amor»

Sé que estas palabras no son mucho, materialmente hablando, pero ¿Qué se le puede regalar a alguien que lo tiene todo? Algo irrepetible y único por ser cada uno de nosotros irrepetibles y únicos.
Aquí tienes mi tiempo y mi amor universal, ese que no entiende de clasificación ni responde al nombre de nadie, el que está exento de etiquetas y el que te quiere libre de mente para recibirlo.

Te quiero, a ti, que sabes quien eres.

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