Anhelo: Mi último maestro espiritual

Anhelo…

Sabes que nos cruzamos por casualidad aunque, por activa y por pasiva, hayamos comprobado que las casualidades, fuera del nacimiento y los accidentes naturales (y de estos últimos no tengo una certeza absoluta), no existen.

Nuestro encuentro no fue la excepción. Reordenando las letras así como las ideas, tengo que aceptar, por mucho que me pese, que entre nosotros obró la causalidad más que la casualidad. Las ganas de todo menos de permanencia, de compromiso y de atizar la llamarada de la conexión hasta cierto punto, sin que penetre demasiado, sin que deje cicatriz. Que sea intenso pero indoloro e incoloro el indecoroso encuentro entre dos. Henos aquí.

Cuando te fuiste me quedé impasible quizás porque estaba ocupada con alguna futilidad que me diese de comer. Como si todo hubiera sido una película de la que participé como actriz invitada. Pura ficción momentánea, un escape rápido, muy agradable pero un escape al fin y al cabo. Después, me fui hundiendo poco a poco en la melancolía ¿Esto es a lo que aspiro? ¿Fugaces encuentros con espejismos de lo que me gustaría preservar? ¿Momentos agradables que pasan a formar parte de un suspiro vital? ¿Una exhalación que pasa como una estrella fugaz? ¿Qué sentido tiene ocupar lugar en la deslumbrante cola de un meteorito si termina apagándose y desapareciendo en el espacio infinito?

Ya sabes que soy consciente de la caducidad de todo, especialmente de las relaciones que, si no se riegan, terminan marchitándose, incluso aquella que se mantiene con uno mismo. No puedo evitar asirme a las cosas que me vienen de improvisto. Fuiste un excelente ejercicio de desapego y tuve que afrontar y poner en práctica todo lo pregonado y que veo con una inusitada claridad. No me quiero posar en la piel de una gota, tarde o temprano estalla. Quizás corro demasiado, como siempre me puede la impaciencia pero esta vez la ha llamado la intuición. Apunto hacia otro lugar.

¿Y lo vas a volver a ver? – me preguntaron varias voces sabedoras de mi refracción al conocimiento de nuevas personas o al hecho de dejarlas entrar en mi inmenso pequeño mundo personal. Una de ellas admitió que cuando hallaba una conexión con un semejante, siempre quedaba a la espera de una segunda parte y caía en la inevitable decepción de quien no encuentra los puntos suspensivos. 

En ese momento reflexioné profundamente en lo que había significado todo aquel callejón sin salida y llegué a la conclusión de que, hubiera o no una segunda entrega, la vida me ponía en bandeja de plata la ocasión de comprobar hasta qué punto había aprendido la lección del desapego y cómo pasaba de la teoría a la práctica para no caer en lo mismo de siempre: quedarme amarrada a un recuerdo adulterado y engrandecido de lo que fue un cruce de caminos.

Mis carencias a nivel sentimental se fueron manifestando a lo largo de toda la tarde. Llegué a pensar que hubiera sido mejor no abrir la caja de Pandora de mi inframundo porque empezó una cadena de sufrimiento cuando me identifiqué con la necesidad de recibir afecto. Un afecto que quizás me fue dado para conseguir la otra cara de la moneda. No lo sé pero tampoco debería importarme porque esta historia únicamente la puedo relatar en primera persona. Tú harás lo que buenamente puedas con tu realidad. Aquí cada uno es responsable de su vida y de su historia. Como te dije, no espero nada y así lo mantengo. La palabra es el último resquicio de honor que nos queda, lo repito porque creo profundamente en ello. He comprobado que la frugalidad sí forma parte de mi esencia y la elijo ante la lujuria y la gula. La parquedad, la sobriedad y la templanza son las cualidades que admiro e intento cultivar, quizás en vano respecto al mundo pero ¿Qué más da el mundo en este caso si uno tiene que ser congruente con uno mismo?

Sólo me queda agradecerte tu tiempo y el haberte puesto ante mis ojos liberando de nuevo todas las pretendidas faltas a nivel emocional. Esta vez, las veo, las siento y tomo conciencia de ellas. Duelen y me pesan pero dejo que pasen porque, esta vez ,no lucho en su contra, las abrazo, las acepto y cambio de carril integrándolas a ese nuevo yo que despierta cada día con más brillo que el anterior.

Borro todo aquello que me hace caer en la vacuidad y la pérdida de tiempo y de uno mismo porque no es lo que me mueve las entrañas. Si siembro es para recoger y no necesito más encuentros fugaces. Si este lo ha sido, que sea el último puesto que, como siempre digo, hacer por hacer es tontería. Si no lo ha sido, que siga sin serlo y nos sirva para crecer.

Que no quiera una relación al uso no significa que quiera el uso de una relación para la superficialidad de la fruición momentánea, esto lo he descubierto también recientemente o, por lo menos, he terminado de moldear el pensamiento con el cincel de la palabra. Lo que no quiero es un amor civilizado pero sí profundo, libre y salvaje.

Pensando bien y solamente en ti, en lo que te mueve o en lo que percibí que te sublevaba, creí ver destellos de pureza instintiva y pienso que, hasta cierto punto, apreciaste mi grado de timidez, con el que muy bien supiste lidiar.
Posiblemente me equivoque aunque hago el ejercicio de quitarme las gafas de la subjetividad e intentar inhalar el vaho que únicamente proviene de tus palabras y de los hechos. Te gusta mirar a los ojos con la actitud desafiadora del que se impone libre de ambages, una cualidad que también aprecio enormemente pues lo mío tampoco es la diplomacia. Al que rehúye tu mirada no significa que lo intimides o no le agrades. Algunas personas se concentran mejor mirando al infinito para dotar de significado profundo su discurso. Asimismo, también estoy convencida de que percibes el olor a falsedad y sabes rescatar sacando a relucir la verdad porque, a pesar de insistir en que buscas divertirte, la persigues. Te gusta discutir y más aún tener razón pero, por encima de todas las cosas, quieres ser valorado y coger la sartén por el mango. ¿Es acaso reprochable anhelar ser dueño de uno mismo, autónomo e independiente?
No le temes al miedo, te gusta campar a tus anchas y soportas mal las órdenes e imposiciones. Vendiste tus pertenencias, rompiste los puentes con aquellos que consideraste oportuno y te fuiste hacia tus rutas salvajes con lo puesto. Hay, sin embargo, un miedo latente en tu interior, como el que se anida en el interior de todos los seres, a cada uno le toca el suyo.
Adora tu vulnerabilidad, ésta te hace ser un humano maravilloso, tierno incluso, y abandona la idea de tener que ser siempre fuerte porque en el mundo o comes o te comen. No todos queremos engañar y hacer daño, algunos queremos trascender nuestros egos y dejar de protegernos para poder llegar a las profundidades de y con otros.

Habiendo escrito estas líneas, ya puedo pasar a otra cosa, habiendo relatado, narrado o descrito mis sensaciones abismales, ya no forman parte de mí, las dejo ir para que otros las recojan en algún momento o lugar fuera de época.

Ya te dije que nadie puede quedarse impasible ante un cruce de caminos, pasaste a formar parte de mi haber y yo del tuyo aunque la magnitud y profundidad del impacto la decida el que lo recibe. Tú apareciste con un calloso envoltorio que yo todavía no tengo. A pesar de las canas que peino, mantengo la piel fina y la hiperplasia cutánea es uno de los grandes caballos de batalla contra los que decidí luchar hace ya mucho tiempo. No me quedé impertérrita ante ti. Te abrí las compuertas como el que no necesita protegerse de nada porque nada teme y todo abraza. El sufrimiento sigue siendo opcional.

Anhelo… me.

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