Cuando el cangrejo y el pez se conocieron

Era una noche de principios de otoño en la que el aire soplaba todavía cálidas vaharadas. En los fondos marinos se respiraba quietud, la soledad de un desierto de agua que se extendía sobre miles de kilómetros. Cerca de un bullicioso arrecife del Pacífico, nadaba cogitabundo nuestro protagonista ensimismado con sus extravagantes rumiaciones. Estrambóticos pensamientos para un pez payaso los de saber cuándo podía decirse que uno era realmente uno.

– ¡Buenos días pez payaso! ¿Cómo estamos hoy? A la Señora Pulpo le divertía saludarlo pues éste siempre la sorprendía con alguna frase sacada de la chistera y que atestiguaba de la rareza del «pezonaje».

– ¡Buenos días Señora Pulpo! Hoy estamos ajenos creo yo, no sé si estoy siendo auténticamente mi yo más profundo, pero voy a darle un par de vueltas más porque estoy sobre la pista de algo. Somos oriundos de Oriundo. Siento como si el universo me estuviera mandando una señal que no logro interpretar. Tengo la intuición de que hoy será especial. Como esta sensación que se le cruza a uno de repente sacudiéndolo con la fuerza del rayo, ¿Sabe?

Así, absorto en sus cavilaciones, no se percató de que la Señora Pulpo ya se hallaba a unos metros de él ocupada en sus labores.

Huelga decir que este pez poseía un ingenio supra acuático para jugar con las palabras además de una particular inclinación por bucear no sólo en las profundidades marinas, sino dentro de las suyas propias llegando incluso a ahogarse en ellas. En demasiado pocas ocasiones se topaba con la comprensión que la finura de sus apostillas demandaba. No obstante, habíase largamente adaptado a la tosquedad circundante y, a pesar de ello, seguía viendo en cualquier organismo vivo una benevolencia sin preludios.

Mentalmente se sentía carente de acompañamiento y al tratar de comunicar sus inquietudes, bien fuera por la etérea manera en que concatenaba las palabras o por la volatilidad de los conceptos, no hallaba el apoyo que requería en su interlocutor. Se acostumbró, como el pólipo solitario en el que habitaba, la anémona, al retiro y a la comunicación unilateral, de dentro hacia fuera. A ver quién recogía el guante y osaba seguirle.

Tras saludar a la Señora Pulpo, continuó inmerso en sí mismo ocupado en una serie de automatismos que no demandaban atención alguna hasta que, al pasar al lado de unas rocas, una silenciosa presencia desvió su interés. El pez se detuvo delante de aquel ser irreconocible debido a la sombra cavernosa de la roca. A pesar de la opacidad y la poca claridad, no sintió aquella presencia amenazante y la observó pausadamente. Dos antenas de punta redondeada y negras como el tizón sobresalían de la oscuridad. Ni el pez ni la criatura resguardada cual ermitaña se atrevió a hablar por unos instantes hasta que, ya sin extrañeza, como solía hacerlo, el pez la interpeló.
– Oye, ¿Tú qué eres? Sé que estás pero no te puedo ver bien, ¿Por qué te escondes así?

Al ser agazapado le pareció estar delante del animal más bello del mundo. La hermosa y brillante coloración naranja estaba atravesada por unas franjas azules que contrastaban con aquella base azafranada del pez. Sin ninguna razón en particular, sintió un gran alivio y seguridad y se atrevió a dar un paso al frente para dejarse ver.

– Soy un cangrejo. Me acabo de mudar, también de caparazón y mis músculos están todavía algo flácidos. Soy presa fácil por eso me escondo. En algunos días podré volver a salir al mundo porque mi exosqueleto será nuevamente impenetrable y nada me podrá herir, estaré protegido del mundo y de los depredadores. Necesitaba un cambio de coraza porque la anterior me había quedado pequeña y me impedía crecer así que me deshice de ella y estoy esperando que me crezca una nueva.

– Entiendo, pero ¿Tener coraza no te impide al mismo tiempo el crecer continuo? Parece que cada vez necesitas un tiempo para destruir y volver a construir.

– Tienes toda la razón pez payaso, pero es mi naturaleza. A pesar de comprender que es como tú bien dices que funciona, también es necesario comprender que gracias a esta coraza he logrado sobrevivir. Tú vives en simbiosis con la anémona que te protege de los depredadores y a cambio le ofreces el servicio de limpieza, pero yo soy un solitario al que a veces se le va la pinza y hiere, especialmente cuando me siento amenazado. Los cangrejos sabemos que vale más prevenir que curar y, cuando me altero, por unos minutos me convierto en un verdadero maremoto, me puedo volver loco y lanzar pinzadas a diestro y siniestro. Por ello es mejor que no haya nadie a mi lado y también es la razón por la cual no me gusta perder el control y sufro de represión.

– Y ¿Es por eso que estás tan solo?

Los ojos del pez se llenaron de lágrimas. ¡Qué profunda tristeza le provocaba el cangrejo! El pez payaso era un globo de emociones en un océano de alfileres. La intensidad de su reacción descolocó y abrumó al cangrejo que no entendía por qué lloraba el pez.

– ¡Oh cangrejito lindo! Qué pena estar así condenado voluntariamente al ostracismo.

– Estoy condenado al ascetismo, pececito, y solo porque me gusta. No preciso de compañía, de hecho, la mayoría de los peces me molestan. Aparte, ¿Sabes que mi sangre tiene una tonalidad azul debido a la hemocianina? Eso es porque soy aristostracista.

El pez payaso explotó de risa porque había hallado en aquel juego de palabras a un semejante. Las diferencias naturales que los separaban eran obvias hasta para que se percatara la forma de vida más elemental, pero aquel destello de genialidad dialéctica atestiguaba de una conexión más profunda y quizás incomprensible para el resto del mundo.

El cangrejo continuó:

– Tú no estás más acompañado que yo. Nadie más que los de tu especie pueden seguirte dentro de tu anémona y no sé si entre los de tu especie no eres tú un ejemplar especial. Jamás había visto semejante viveza ni combinación de colores.

El pez payaso, de naturaleza compasiva reflexionó largamente sobre las palabras del cangrejo. El cangrejo de naturaleza combativa no había desaprovechado la oportunidad de pinzar tosca y dolorosamente algún hilo de realidad. Al ver que una mueca de aflicción se dibujaba en el rostro del pez, el cangrejo se arrepintió rápidamente de abrir su bocaza.

– Perdona pececito, mi brusquedad es conocida por todos, pero al verte tan solo he imaginado que podrías sentirte así. Sabiendo que los peces payaso sois monógamos y no viéndote en compañía, he presupuesto que no tendrías acompañante.

– No te preocupes por tus pinzadas, cangrejito lindo. La mayor parte del tiempo estoy en otro planeta así que necesito que se me digan las cosas sin indirectas ni con mensajes ocultos. Agradezco tu brusquedad que, aunque duela en un primer momento, la siento real. Creo en el amor y creo que puede existir uno real, puro y para siempre. Nunca he sido demasiado optimista en dar con él, pero ahora que te tengo delante percibo una sensación nunca jamás experimentada, como si te conociera de toda la vida, como si fueras uno de los míos y siento que esta sensación está creciendo por momentos.

El cangrejo no era un animal agraciado, por suerte, porque se podrían haber confundido las palabras del pez y haber tomado la fascinación por un equivocado interés. Ambos se hicieron amigos y pasaron mucho tiempo juntos. Incluso el cangrejo probó de pernoctar en la anémona, pero era terriblemente alérgico al hogar del pez payaso. Sin embargo, era tan solo cuestión de tiempo que al cangrejo se le endureciera la coraza y así podría quedarse con su amigo para siempre, pero poco a poco se fue volviendo inmune a cualquier muestra de afecto pues no hay bien que sin mal no venga. El pez lo aceptó de buen grado porque sabía que en la vida todo anverso tiene su reverso y valoraba la amistad del cangrejo por encima de cualquier otra cosa. Así que, cuanto más resistente se hacía la coraza de su amigo, más endeble y filiforme se volvía la actitud del pez tratando de evitar las ásperas pinzadas.

Con el tiempo, la presión interna del cangrejo iba en aumento, el dolor que le causaba el desarrollo de aquella amistad se volvió insoportable. En poco tiempo el pez y el cangrejo se habían vuelto inseparables y la soledad de ambos empezó a cambiar. El cangrejo tan poco acostumbrado a caminar acompañado sintió su independencia amenazada. Estaba viendo cambiar todo su sistema de creencias, su comodidad, todo aquello que se había inscrito en él hasta la fecha se vio desmentido por aquella maravillosa criatura. Para reafirmarse a él mismo, se volvió duro de alma, y punzante no sólo físicamente. Su carácter se acidificó y repitió un patrón de conducta del que nunca había sido plenamente consciente.

-Eres un pez dependiente, dependes de tu anémona y ahora dependes de mí. Yo no quiero depender ni necesitar a nadie así que cada uno se espabile con lo suyo. Ahí te quedas, pez payaso.

El cangrejo se fue lejos, muy lejos y en un primer momento sintió alivio de volver a recuperar su espacio. «¿Ves? Este pez no tiene dignidad, tú le dices cosas horribles y él se muestra amable y complaciente, si es que al final te tienes que quedar solo porque los seres vivos, al final, son lamentables». Era el mantra que venía repitiéndose a través de los años y que, de alguna manera, calmaba su angustia y le permitía seguir adelante. Sin esperar grandes cosas de fuera, tampoco se podían obtener grandes decepciones así que era más seguro vivir en una situación de adormecimiento de las expectativas.

Fueron pasando los días y el cangrejo dejó nuevamente su coraza y volvió a ser tierno, débil y vulnerable. Sintió la ausencia de su amigo y le dolió todo lo horrible que había llegado a ser de forma gratuita. No podía soportar su terrorífica sombra y se perdió en la negrura del océano preguntándose si tantos años de evidencia no eran solo necesidad de autoconfirmación, evitabilidad y rechazo propios. El «vale más prevenir que curar» era una forma de cobardía encubierta, salir corriendo antes de que nadie pudiera romper el caparazón y encontrar la trémula y blanda carne compungida por el miedo. El miedo de enfrentarse a la realidad de sí mismo, el temor a aceptar que disfrutaba en compañía del pez, el pavor de tener sentimientos demasiado profundos que le llevarían a incómodas verdades mantenidas en secreto y negadas dentro de su propio «yo».

En efecto era más fácil prevenir que curar pero previniendo perdió al único amigo que le estaba dando la posibilidad de abrirse en canal y lo acogía sin juicio y con la plena disposición a escucharlo y a construir una amistad que nunca antes se había dado en las profundidades marinas. Una burbuja de aire en la que respirar, una anémona en la que vivir resguardados de las miradas demasiado curiosas, viciosas y juiciosas.

El cangrejo lloró la pérdida y se cobijó nuevamente en las rocas hasta que un día, una voz lo interpeló.

– Oye cangrejito, ¿Te has cansado ya de estar solito y de autocompadecerte de ti mismo?

El animal más fabuloso de la tierra volvía a estar enfrente suyo, con la mirada rebosante de amor, de compasión y de comprensión. El cangrejo había, sin duda, aprendido la lección y empezó a pedir aquello que nunca pensó necesario: ayuda.

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