De las monjas al resto del mundo: Anarquía total y sálvese quién pueda.

-Me voy a hacer monja, total, ya llevo una vida de claustro. ¿Qué más se puede pedir? Comida y alojamiento sin muchas otras preocupaciones que las de rezar y dedicar una vida al estudio de la biblia además de probablemente tener acceso a toda una biblioteca.

Me lo planteé en serio teniendo en cuenta mis repetidas relaciones fallidas. Quizás la vida de pareja estuviera solo reservada a las otras gentes. No era para mí, al menos en esta dimensión conocida. Con el grifo de la aceptación chorreando a raudales, estaba dispuesta a considerar opciones desconsideradas de considerable envergadura.

-Sí pero no todo es jauja.

Pensé que me iba a soltar la retahíla de toda la mierda de amor a Dios que hay que profesar y un sinfín de argumentos trillados. Pero no. En vez de eso se me premió con un

– Que yo he estado en las monjas y hay dos bandos… A favor de la madre superiora y en contra.

Aquella información me dejó fría y estupidificada. Era el tipo de aclaración que oscurecía el entendimiento por no tener un propósito claro. Se trataba más mal de un comentario tirado por incontinencia verbal, quizás incluso en pos de reclamar una atención egocentrada, darse el pisto, pero no para desovillar ningún intrincado. Venía de una fuente de regurgitación que no procesaba la información, sino que la vomitaba, verborrea. Solía ser así en la mayoría de mis contemporáneos, yo a veces había incurrido en dicho error precisamente por intemperancia, costumbre y vicio. La misma mierda que entraba en el cerebro, salía de igual forma no sin haber dejado rastro en la psique, especialmente negativo. El cerebro se desnutría con la rabiosa actualidad desprovista de información real pero rebosante de desasosiego, turbación y preocupaciones sobre situaciones en las que no teníamos ni voz ni voto.

Yo tenía la cualidad de estar siempre desactualizada porque consideraba de refinada vulgaridad seguir las modas informativas. En boca abierta siempre entran moscas y en la mía pocas entraban. No quería saber nada del mundo, no era real. Llamadme cerda fría pero la guerra, el hambre, los holocaustos… No me afligían directamente. Era ridículo hacer ver que me importaba un pito algo que no me afectaba un carajo.

Me habían intentado convencer de que había que estar informado.

-¿Para qué?

-Para saber.

-¿Para saber qué? Si por mucha información que tengas no te vas a salvar de nada. La gasolina la vas a pagar al mismo precio y el pan y la leche van a subir del mismo modo y tú vas a pasar por el aro sepas o no sepas el porqué del cómo. ¿Para qué necesitas realmente estar informado?

Solían quedarse sin argumentos con los que replicar y aquello me daba la razón que subyacía en las oscuridades de los sapiens. Para mí la respuesta era tan obvia como vergonzosa, y habiéndola reconocido en su día, nunca más me hizo falta pretender saber. No me sentía orgullosa de cultivar el pasotismo, pero no me incumbía lo más mínimo lo que ocurría en la cara opuesta del planeta, para eso estaban, y menos mal, aquellos que pensaban de diferente modo. Gracias por existir, si por mí fuera, proclamaría la anarquía absoluta, aboliría los territorios y… «Sálvese quién pueda».

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