La imaginación en detrimento de la fantasía: La nulidad del superávit.

Nací sin un ápice de fantasía aunque desarrollé ingentes dosis de imaginación. Fui hija única hasta los seis años así que tuve que espabilarme para no hastiarme ni hostiarme de la vida, no funcionó ninguno de los anteriores «por si acasos». La profilaxis siempre fue mi especialidad, sin embargo, aviso a navegantes, quedaba en despropósito casi cómico. Una vez terminé en urgencias a las cuatro de la madrugada pues el saquito en cuestión se había perdido en mi fondo, entrando a mano derecha. No por mucho prevenir, amanecía más temprano. Tampoco Dios ayudaba más a los juiciosos ociosos.

Mis padres trabajaban mucho y yo me sentía como una peonza que se expedía ora con unos, ora con otros y no cesaba de dar tumbos hasta que mis progenitores tenían un momento para cesar mi baile y guardarme en un lugar seguro hasta el siguiente día.

A veces, las que menos, era mi padre el que me llevaba a casa desde no se sabía qué punto; las que más, mi madre se hacía cargo de su retoño. Nos venían a socorrer abuelos maternos cuando el trabajo apretaba y se ahogaban por no saber qué hacer de mí. Supongo que tuve que ser una losa y una jodienda para dos neófitos en las artes familiares y en pleno ascenso hacia las cumbres todavía borrascosas de sus respectivas, y por todos respetadas, carreras profesionales. Ese fue uno de los dramas, demasiada carencia que suplir con exceso de pompa y halago externo.

Desarrollé una particular inclinación por el control en aquel vórtice de despipote aparente. Huelga decir que el gobierno de mano dura lo bebí de las caudalosas aguas de mi no hogar en el «de aquí para allí», «en todas partes» y «en ninguna». Supongo que nunca sentí que fuera importante tener arraigo o apego por algo y, de alguna forma, quizás jamás sintiera que mi presencia pudiera desviar el decurso de ningún acontecimiento. Tengo escasos, por no decir nulos, recuerdos de la época.

Cuando nació mi hermano, infiero que sentí los celos propios de la edad. Naturalmente, para entonces mis padres ya no eran los mismos así que mi hermano y yo, a pesar de compartir bagaje genómico, fuimos educados por personas completamente distintas. Así ocurre en la mayoría de las familias. No se puede experimentar la paternidad del mismo modo para un hijo que para el otro, aunque los padres rebatan con fervor esta obviedad.

Prosigo con la carencia de fantasía y el superávit de imaginación. No, no son lo mismo. Seré incapaz por voluntad propia de crear un mundo dentro del mundo que nada tenga que ver con lo que ya conozco. Generalmente fantaseo con cosas que existen, lo mío es pura y llanamente terrenal, ahí se termina la ficción: en su propia ausencia. Sin embargo, la capacidad de imaginar posibilidades con los elementos conocidos no entiende de límites.

Hace relativamente poco conocí a un contable. Extraño personaje que llevaba cuenta de absolutamente todo cuanto le rodeaba, desde el número de veces que se lavaba las manos, hasta el número de churros que tenía pensado ingerir pasando por las palabras que ocupaban sus ilimitados informes para el subconsciente. Él contaba cuentos, muchos y, con prolífica fantasía y un florido verbo, era capaz de trasladarme a los sinfines de su propia mente, algo tocada, dicho sea de paso, por tantos chorros, churros, chorradas y chorreces.

Sentí crecer una ardiente admiración por esa capacidad innata o adquirida de producir disparates y sobre todo, por el dominio de la palabra con la cual sus diálogos se tornaban verdaderos laberintos en tres dimensiones. Su comunicación funcionaba por capas y todo lo aparente dejaba de serlo cuando uno se zambullía de pleno en el significado de cada uno de los vocablos.

Las conversaciones empezaron a presentarse como enigmas tras los cuales me esperaba un estallido incontenible de risa. El tipo era sofisticadamente burdo, una arista artística y complicadamente sencillo porque la simplicidad estaba reservada para los débiles de mente y espíritu.

A pesar de ser contable y por ende aburrido hasta la saciedad, tenía unas hermosas manos nada lardosas y sus uñas estaban en armónica consonancia con las falanges, pues tenían la amplitud ideal que confería al todo una belleza singular.

Más que un contador era un cuentista lo cual podría haber sido percibido por cualquier humano excepto por mí que, embelesada por el velo palatino del fabulista me dejé llevar hacia las putas más salvajes que esperaban siempre a la vuelta de la esquina. Magnífico porte de ejemplar rigidez, una seriedad jocosa y los centelleantes ojos sonrientes, empleaba su tiempo en sacarse punta.

No pude resistir la tentación de bucear por su descomunal particularidad, a mí que siempre me habían atraído los personajes estrafalarios. El contable no lo era, al menos no lo aparentaba y sin embargo… me apresté a seguir los mapas del tesoro que tan pocas alhajas escondían.

Esta vez…
Hay un misterio
De mapas que no sí llevan al tesoro
Ni y a epicentros
A punto de estallar

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