«Solo cuando el alumno está preparado, aparece el maestro». Me ha quedado un post bien largo, pero refiero con esmero y punto por punto aquello que me ha acontecido prácticamente siempre en las relaciones. Ahora es cuando puedo verlo, antes estaba en automático.
Como ya comenté en el post de figura y fondo, la atención se posa en lo que la parte consciente es capaz de procesar. Después de años trabajando las figuras de los padres internos, la relación con mamá y papá que uno interpreta que ha tenido (porque recordemos que todo es mera interpretación de la realidad en función del velo de la herida que tengamos o que nuestros padres hayan proyectado en nosotros su inconsciente), ha llegado el momento de observar lo que ocurre en la superficie y después en profundidad a la hora de vincularme emocionalmente con alguien.
Siempre acabo huyendo, hay un mecanismo, un resorte que me acaba sacando de allà donde esté. Es el impulso sexual, ese fuego interno que lo arrasa todo sin miramientos.
Las relaciones del 4 sexual son tortuosas, como poco. La energÃa que pongo en la consecución de mi objeto de deseo, la relación, es tan grande que se hace insostenible para mà y para el otro. Depende del grado de trabajo personal que se lleve hecho, este proceso pasará a ser más o menos consciente. Cuidado porque lo que viene no es agradable aunque sà esclarecedor y comprender el proceso, en lo que a mà se refiere, me ha aliviado y ha roto con la costumbre de introyectar la culpa. No es algo mÃo en exclusiva, es un mecanismo aprendido que, aunque lo sienta fÃsicamente, se puede revertir.
La creencia de fondo es que «soy un monstruo, algo no está bien conmigo, soy incapaz de mantener una relación normal, estoy rota, algo no cuadra, no soy suficiente» y «todos los tipos que atraigo están fatal de la cabeza o tienen algo que no anda bien, etc, etc etc».
En primera instancia, esta creencia sobre mà misma repercute en la segunda. Lo único que estoy haciendo es ver fuera lo que no está bien dentro de mÃ. Estoy proyectando en mis parejas aquello que todavÃa sigo creyendo de mÃ. Recordemos que «donde pongo la atención pongo la energÃa». El hecho de fijarme en aquello que está «mal» en ellos hace que yo siga culpando al mundo, son ellos los que no están bien. En mi fuero interno resuena el eco de que soy una mala persona y no merezco ser querida. Paso a paso la voz se hace más lejana y ya estoy empezando a creer que sà tengo derecho a que me quieran, que soy humana y que no soy tan mala como mi ego me hace pensar.
CRÓNICA DEL PENSAMIENTO NEURÓTICO (nótese la dramatización al más puro estilo 4 y que odio y adoro a partes iguales)
Parto de una base afincada en algún lugar de este cuerpo: «Alguien normal» es aburrido. Quizás porque mi infancia no fue una experiencia al uso. En cualquier caso, he aprendido a tener una suerte de alergia a la normalidad. La «gente» me parece absurda e insignificante, falta de profundidad, de ambición y «easily amused». Es como ver un rebaño de ovejas dirigirse en tropel hacia el acantilado.
De fondo, pulsa la necesidad de ser salvado de la trivialidad y del aburrimiento que representa la existencia. La vida no puede ser asà de tediosa: «¡Dios, oh Dios! ¿En serio que esto es todo? Levantarse cada dÃa para trabajar, comer, cagar, dormir, tener hijos y morir. ¿Qué es esta broma de mal gusto?» «¡Que alguien me saque de esta horrenda condena a la rueda de hámster!».
Al ser el instinto dominante el sexual, la relación es para mà sagrada, es la obsesión de mi vida y sobre la cual derramo TODAS mis esperanzas y toda mi energÃa (que no es poca). El instinto de conservación lo tengo medio despierto y el social… bajo tierra. Sé que la clave es equilibrar los tres instintos aunque me interesen menos mil las interacciones sociales. Los grupos me cuestan horrores, me provocan náuseas los comentarios, el «buenos dÃas» de rigor, la confluencia, la simpatÃa que interpreto como forzada. OBVIAMENTE ahora sé que no es asÃ, hablo desde un viaje al pasado. Aún asÃ, los grupos siguen sin ser santo de mi devoción. Me muevo mejor en el cara a cara. Tres ya son multitud.
Proyecto un futuro ideal en pareja. A la que aparece alguien susceptible de gustarme (lo cual es harto complicado porque me vinculo emocionalmente y NECESITO que haya emocionalidad para tener relaciones sexuales) empiezo a focalizar mi atención en los atributos deseables que parece tener. Hay una interpretación de dichos atributos. Un gesto amable se transforma en un aura de amabilidad. No compruebo si se sostiene con el tiempo, sencillamente asumo que asà es. Hago una lectura de la realidad a mi conveniencia puesto que nada de lo que estoy viendo existe más que en mi cabeza.
Fijo esa imagen sublimada que me he creado de la persona y que NO HE CORROBORADO con actos en lo cotidiano y me muevo desde ese imaginario. Vivo una relación unilateral que solo existe en mi fantasÃa. Ese personaje ficticio que está conmigo es quien yo deseo que sea porque mi mente lo ha distorsionado absolutamente todo. La persona verdadera es otra y, poco a poco, se va desvelando su verdadero ego. A cada muestra de su persona le sigue una amarga decepción fruto de mis expectativas. No acepto al otro porque no me acepto a mà misma. No acepto que la vida es lo que es y que basta con respirar para ser feliz. No es suficiente, persigo…ni siquiera lo sé. Busco y busco de forma neurótica y ni siquiera sé lo que busco.
La cosa no acaba ahÃ. Puesto que «tiene que ser» como «yo quiero» empiezo a hacerle la vida imposible al infeliz que se ha atrevido a involucrarse emocionalmente conmigo. Invado su espacio Ãntimo, lo controlo y, sobre todo, no dudo en tirar dardos envenenados por la boca asegurándome que entiende que su conducta me parece deleznable.
Tal es el tamaño de mi desengaño, por la inalcanzable y vaporosa expectativa, que mi resorte de odio se pone en marcha. Del desengaño nace el odio. Empiezo a fijarme en esas cosas no deseables que el otro tiene y pongo toda mi energÃa en asegurarme de hacer sentir al otro muy culpable por sus hábitos, por su atuendo, su peinado, su afeitado, el uso incorrecto del lenguaje que me parece insoportable.
Intento, por todos lo medios, hacerle sentir vergüenza por ese comportamiento indigno de mà y de la imagen que tengo de él/ella. Algo dentro de mà se congela, ya no siento afecto, sino un frÃo polar que se instala en mi corazón. Soy incapaz de mirar a esa persona a la cara. Siento asco, un asco que me corroe. Siento odio y una ira irrefrenable. Me alejo sin decir ni una palabra. A veces bloqueo con el corazón anegado de desprecio. Quiero reventarle la cabeza, hacer que sufra y se revuelque en su propia mierda y se dé cuenta hasta qué punto es despreciable.
No obstante, sin entender cómo, llega la noche y empiezo a sentir un vacÃo, una oquedad dentro de mÃ, una tristeza inenarrable, un dolor insostenible. Interpreto (de nuevo errónea aunque convenientemente) que es la ausencia de esa persona la que me está provocando esta pena tan tenebrosa.
Proyecto en esa persona algo que es mÃo. Vuelvo a habilitar el contacto de esa persona si previamente la habÃa bloqueado y empiezo a querer llamar su atención indirectamente. Cuelgo historias en IG, provoco ruido de fondo para ver si responde a mi llamada, controlo si mira mis historias, si hay el menor indicio de lo que sea por su parte. Sobre leo la realidad a mi favor. Obvio que solo me interesa una cosa. Tengo el foco de interés calibrado para un único objetivo. Quiero lo que no tengo y cuando lo tengo dejo de quererlo.
Reacciono al capricho interno, dispongo mis recursos para satisfacer aquella carencia que creo tener. El hecho de enfocarlo hacia afuera, sobre todo en el subtipo sexual, encuentra su anclaje en la pareja y dicha proyección hace que no pueda ver que en realidad es algo cuyo origen es interno. No es carencia, es ansiedad, es miedo, es interno, es el vacÃo original existencial que trata de llenarse con una solución milagrosa que viene desde fuera. La carencia es falsa. La interpretación de mi realidad está empecinada en hacerme notar lo que NO TENGO.
Cuando esa otra persona, con sus heridas de rechazo y abandono no percibidas, vuelve (porque una cosa es segura y es que casi siempre consigo lo que quiero) se produce un relajo de la energÃa de persecución.
Ese mecanismo de alejamiento trae una «reconciliación» y un subidón de dopamina, es lo que se llama el refuerzo intermitente de las máquinas tragaperras. Bien, ahora tengo lo que querÃa y… ¿Qué pasa? Que vuelvo a enfocar la atención en aquello que ya no me gustaba al principio aunque, esta vez, el intervalo de tiempo que lleva al odio se demora menos. Aparece en cuestión de dÃas. Asco visceral, evitación, falta de interés. Castigo al otro por no haber aprendido nada durante mi ausencia (nótese la arrogancia y el orgullo de tal afirmación). Y vuelta a empezar la rueda de «seek and destroy».
FrÃo, calor, frÃo, ardor, congelación, desierto y asà hasta que la evidencia es imposible de ignorar por mucha voluntad que tenga. Se termina la relación y, asqueada de la persona, huyo con tal fuerza que es imposible hacerme volver. Hasta que, al cabo de un par de semanas, pasado el hartazgo me vuelvo a encontrar sola y… depende de lo insana que esté, del tiempo que haya estado con esa persona, del nivel de consciencia, de mi entorno. Hago un sobre esfuerzo para no juzgarme y no calificar eso de «patético», de «humano», de «estúpido», de «vulgar» y de «eso es lo que hace todo el mundo». Me está pasando, lo observo y le doy voz. Es suficiente con tomar consciencia e ir observando lo que ocurre por dentro.
Con el tiempo me fui dando cuenta que no sabÃa cerrar ciclos amistosamente. Necesitaba tirar de rabia e ira para alejarme. No sabÃa ponerme lÃmites e iba dejando que las situaciones crecieran hasta el hartazgo. Confrontar sin agredir es una de las cosas que más paz me han traÃdo. No toda confrontación se tiene que dar por las malas. No todo lo que ocurre fuera debe ser interpretado como hostil.
¿Es posible desactivar este mecanismo relacional?
No sé si es posible neutralizarlo por completo, en esas estoy. Lo que sà puedo asegurar es que el hecho de hacerlo consciente y trabajar con uno mismo desde la herida de comparación y de la falsa carencia hace que este funcionamiento merme en intensidad. La intensidad de los afectos debe darnos una señal de cuánta energÃa estamos poniendo en eso que nos ocupa. Calibrarse a uno mismo es fundamental. Conocerse en modo «tranquilidad», aprender a ser y aceptar lo que nos está ocurriendo.
Me ayuda seguir yendo a terapia y compartir con mi pareja lo que me ocurre. He llegado a un punto donde estoy aprendiendo, paso a paso, a discernir entre si lo que nace es fruto de mi exigencia, de mi comparación, de mi idealización, de mi fijación o bien tiene una razón fundamentada.
Dejo que pase, dejo que ocurra, hago un espacio dentro de mà para acoger a esa parte que todavÃa quiere huir, que odia, que desprecia y le doy amor. Siento compasión por esa niña encerrada en un cuerpo de adulta que aprendió a amar odiando. No se puede hacer más que amar también esa parte de uno mismo. La inocencia de un niño se va interrumpiendo a base de repetición y de micro traumas.
Expongo mi vulnerabilidad y me rindo ante lo que hay. Un miedo se abre. Miedo a quedarme estancada, miedo a equivocarme, miedo a… no sé… asà es la neura, ilógica, irracional, separatista, polarizada.

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