Condena a la mediocridad y ¡FELIZ NAVIDAD!

He descubierto recientemente lo que me ocurre. Esa partición del alma que tan exquisitamente plasmó Hesse en palabras en «El lobo estepario» y que explico a mi manera en La dualidad del UNO me condena a la normalidad y por lo tanto a la mediocridad.

Primero hay que definir las palabras para establecer el idioma de base. Subrayo, por otra parte, que no soy ni socióloga ni psicóloga y que, por lo tanto, no tengo los conocimientos para demostrar lo que digo. Esto es sólo un artículo de opinión que deriva de mis observaciones.

NORMALIDAD: Como en estadística, entiendo por normalidad lo que rige el 95% de la población a la que hago referencia: la gente de la calle. No siendo éste un estudio estadístico, no me veo en la obligación de acotar variables demográficas u otras. Es la población de cualquier barrio medio de España.
Establezco un margen de error del 2,5% por arriba y por abajo para no ser demasiado estricta. Por lo tanto, al elegir un sujeto al azar, existirá un amplio 5% de probabilidad que no se rija por las leyes normales siendo éstas las siguientes:

1) La mentira u omisión tanto activamente, con plena conciencia de ello, como pasivamente por no pensar o desconocer.
En el primer caso se miente u omite para esconder cierta información que podría resultarnos perjudicial en la consecución de nuestros objetivos.
En cuanto al mentiroso pasivo, es el que omite o miente por ignorancia sin ser consciente de ello pero, al igual que el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento, el no saber nunca puede constituir una razón. Es el pretexto perfecto para descargar nuestra conciencia.
En este punto debería hacer hincapié en los conceptos del «yo» para poder entender la noción de mentiroso pasivo.
A mi forma de ver existen 3 ideas de «yo». Lo que realmente somos en esencia y en profundidad «el yo real» y que puede sernos ignorado ya sea por juventud o por estupidez; lo que nos gustaría ser «el yo ideal» que suele ser una elección activa; y lo que los demás perciben que somos «el yo percibido».
Normalmente se tiende a intentar aproximar «el yo real» del «yo ideal» pero puede que «el yo percibido» sea totalmente otra cosa. Por ejemplo, si soy alguien extremadamente dependiente (yo real) pero me gustaría ser independiente (yo ideal) voy a emprender acciones que den una imagen de desapego. No obstante, puesto que «el yo ideal» y «el yo real» no se corresponden  puede que las acciones que emprenda para representar el desinterés sean erróneas e interpretadas como actos desesperados por ser lo que no soy. Cuando esto ocurre hay una disonancia o cacofonía en el discurso, una nota en falso que quizás no podamos expresar con palabras pero que genera ese sentimiento de que algo falla en el discurso. Nuestro sexto sentido o subconsciente capta esa desarmonía mientras la parte consciente de nuestro cerebro se preocupa por escuchar y descifrar el significado del mensaje.
En términos populares, algunos lo llaman «postureo» porque es esa adopción de (im)postura forzada alrededor de la cual se crea un teatro en donde los unos y los otros compiten por sobresalir.

2) Se miente para destacar entre la multitud, para ser más que el prójimo, sentirse admirado y envidiado. De ahí que las redes sociales tengan tanto éxito. Nos gusta exponer lo maravillosa que es nuestra existencia e incitar a que nos envidien porque pensamos que «la envidia es el homenaje que la mediocridad rinde al talento». El refranero español  ya había previsto este tipo de casos “dime de qué presumes y te diré de qué careces” por lo que no es un fenómeno actual sino que está presente en nuestra sociedad al menos desde que se originó el idioma.
Puedo ilustrar estas líneas con un hecho que no entiendo pero que muy a menudo veo en Facebook (sí, a pesar de mis críticas soy usuaria esporádica de redes sociales por una serie de motivos que quizás algún día me dé por explicarme a mí misma y concluir que debo borrar mi perfil o seguir con él). Son esas declaraciones de amor en público que la gente dedica a sus hijos, a su pareja o a sus padres a pesar de convivir con ellos o de éstos no tener perfil social. ¿Por qué se hacen públicas cuando pertenecen al orden de lo privado? ¿Por qué decirle a alguien lo mucho que lo quieres si éste no puede leerlo? Mi interpretación es que se pretende enviar un mensaje colateral, no hay más explicación. ¿Por qué sentimos la necesidad de publicarlo si no es porque vivimos perpetuamente de cara a la galería pendientes de lo que se opina de nosotros e intentando transmitir una imagen?

3) LA MEDIOCRIDAD: nos basta y conformamos con sobresalir en apariencia y por ello todo este juego de roles sociales. El tener más, el ser más, el ir más lejos pertenece a una lucha de egos que encuentra su origen en la parte más salvaje y prehistórica de nuestro cerebro.

4) Nos acomodamos una vez hemos encontrado estos objetivos rápidos y fáciles. Por lo tanto dejamos de luchar para encontrar nuestro «yo real» y acercarlo al «yo ideal» de manera verídica. Nos basta con que la imagen que se perciba de nosotros se aproxime al “yo ideal” porque de alguna forma construimos o reforzamos nuestro “yo real” en función de la opinión que los otros tienen de nosotros.

5) A medida que pasa el tiempo y hemos ido acotando nuestra zona de confort que nos provee de cierta seguridad aparente, nos aposentamos entrando así en un  patrón pre-establecido que nos vuelve predecibles y en consecuencia aburridos. Nos hastiamos de nosotros mismos y nos cansamos de los que nos rodean precisamente porque nada se mueve. No hay agitación porque nos volvemos perezosos. Nos apoltronamos por comodidad y no deseamos ya movernos porque salir de esa posición es desconocido. Lo que nos es extraño nos produce miedo y por eso dicen “más vale malo conocido que bueno por conocer” porque aunque siendo malo se conoce y por lo tanto se controla la situación. Tratamos de evitar sorpresas. Este refrán es extrapolable a cualquier ámbito de nuestras vidas: laboral, relacional, social, familiar, etc.

6) Estando ya acomodados y habiendo automatizado ciertas respuestas emocionales o comportamientos, nos sentimos huecos. Es el vacío existencial original que está en el epicentro de nuestra galaxia propia. Cuando todo toma una velocidad de crucero, percibimos en nuestro interior que no hay propósito alguno para la existencia y eso provoca un desasosiego vertiginoso, la sensación de ser arrojados a la nada. Así que intentamos llenar ese agujero con futilidades que desvían nuestra mirada hacia el exterior en vez de focalizarla hacia el interior. Esta es una maniobra de (auto)engaño, sólo un parche más o menos duradero.
Algunos centran la atención en el trabajo aspirando a una mejor posición y mayor remuneración para obtener un poder adquisitivo superior con la finalidad de vivir más holgadamente. Otros potencian su vida social diversificándola con el objetivo de tener más y variadas fuentes de distracción: grupo de teatro, bailes de salón, fitness, cenas, cines, fiestas, etc. Algunos buscan en su media naranja la respuesta para acallar el ruido interno y darle sentido a la existencia formando familias, comprando propiedades, adquiriendo todo tipo de enseres para acomodar su hogar. Sin embargo, al final la única realidad es que todas las artimañas son triquiñuelas de poca monta para aniquilar al nihil cuya manifestación está en el origen de toda empresa.

Seguro que puedo añadir alguna otra característica del hombre normal-mediocre y si a alguien se le ocurren más que me lo comunique e iré enriqueciendo la lista. Por ende, proclamo que este post estará sujeto a revisión constante y será declarado indefinidamente inacabado.

Por educación he asimilado una serie de principios que conforman las bases de mi realidad. Estos principios provocan unos sentimientos y emociones como a los perros de Pavlov les hacía salivar el simple hecho de oír el sonido de la campana porque habían sido adiestrados para que relacionaran el campaneo con comida. Pues mi cerebro tiene el mismo resorte ante determinados estímulos. La plasticidad cerebral permite modelar y crear nuevas conexiones sinápticas para aprender e inhibir los impulsos nerviosos transmitidos a través de las prolongaciones filiformes de las neuronas (también llamadas axones) para desaprender. Ambas acciones requieren esfuerzo, voluntad y dedicación pero sin lugar a dudas, el desaprender además provoca asfixia, vértigo y dolor. Es mucho más fácil la construcción de sinapsis que la modificación de las ya existentes porque la energía que requiere el desaprender es doble. Este proceso implica destrucción y posteriormente edificación y por tanto mayor energía. Pero todo es cuestión de gimnasia mental y práctica, mucho empeño donde la voluntad juega un papel fundamental y reflexión.

Como he empezado diciendo, he creado debido a los años de educación, unos puentes neuronales de los cuales he tomado conciencia sólo recientemente. La dualidad a la que estoy sometida proviene por una parte (la que pertenece al hombre) del adoctrinamiento familiar y  de las herramientas de socialización de la sociedad: escuela, televisión, círculo de «amistades», etc. y por otra parte (la que proviene del lobo) de los sentimientos profundos que son parte de la esencia no domesticada de cada uno y que conforman el «yo real».

El amaestramiento me ha inculcado que la normalidad implica seguridad. Lo conocido, lo familiar o lo predecible es seguro y dentro de mi realidad, es real. La pregunta que debería formularme es ¿por qué creo que esta normalidad me provoca seguridad? Creo que tiene que ver con la burguesía acomodada en la que me he criado y que siempre ha chocado frontalmente con lo que ha perseguido la parte no domesticada de mi ser tanto a nivel laboral como a nivel relacional.

Como parte del «SÍNDROME DE LAS BASES FALSAS» expuesto en el artículo La dualidad del UNO he construido el cimiento de la seguridad apoyada por lo que he visto y experimentado y por lo tanto en lo que he asimilado como axioma pero que no se corresponde con lo que, en esencia, necesito. Es decir que las bases de mi educación son falsas porque se han construido automáticamente por defecto sin haberlas edificado yo misma conscientemente. La seguridad como piedra angular, según Maslow, de todo individuo se materializará de diferente modo en función del mismo. En mi caso y por emulación, el tener un empleo estable con un salario mensual, un techo bajo el cual resguardarse y construir un hogar con una pareja con la que compartir la vida es sinónimo de seguridad. Así pues habiéndolo conseguido debería estar satisfecha y acomodarme y sin embargo, de la noche a la mañana me siento presa de una angustia vital y somatizo el asco que me provoca la situación que vivo y siento la náusea (no sé si es a la que Sartre hacía referencia) que me invade, el vértigo, el desasosiego y la soledad más lacerante. De la noche a la mañana siento el impulso de dinamitar todo cuanto he construido para volver a empezar desde cero. Pero ¿Por qué? ¿Por qué esta necesidad de huir? ¿Será porque estoy aquejada del Síndrome de las bases falsas»? ¿Será porque la sensación de seguridad está falseada por unos preceptos que no provienen de mi interior sino de la asimilación por emulación? En este caso ¿Por qué en un momento determinado esos objetivos me apaciguan y me transmiten serenidad y seguridad? Quizás es porque en la consecución de los objetivos estoy pendiente de construir aquello que doy por sentado que necesito y por lo tanto estoy distraída edificando sin darme cuenta que las paredes no tienen una base sólida y que cuando haya terminado de edificar todo se desmoronará inevitablemente. Entonces ¿Cuáles son los próximos pasos a seguir para evitar construir sobre unos cimientos erróneos?

Me temo que toca desaprender y sufrir dolor de nuevo. Volver atrás, reflexionar y moverse poco a poco. No obstante, siento temor ante la perspectiva de padecer la tortura del vacío que me provoca el ponerme de nuevo en tela de juicio. La soledad nuevamente, la intemperie, la angustia del no saber, la congoja del alma, el frío invernal que me hiela hasta la vida… pero es que así tampoco puedo seguir viviendo porque a ratos todo lo anterior arremete a pesar de tener la falsa seguridad. Y entonces tengo que desviar la mirada, rellenar el vacío con alguna fórmula pre-establecida de fácil y rápida asimilación para acallar el sufrimiento al cual estoy tanto por un lado como por el otro condenada. A veces decido optar por hacer ver que no está pasando, que estoy bien y que poco a poco todo irá poniéndose en orden. Paciencia y todo pasará. Ahora las navidades con la familia, después la escritura, la lectura, el cine, la música y con todo eso me sentiré llena y viva. Y luego el vacío vertiginoso de la negación aún a sabiendas de que lo único que estoy haciendo es rendirme y permitir que la vida me vaya asimilando para convertirme en uno más y apoltronarme. He encontrado la vía del no dolor y no sufrimiento momentánea y me conformo. Así sucumbo a las leyes de la normalidad y me condeno a ser mediocre. Aunque desvíe la mirada, el tomar conciencia de ello me retuerce las tripas porque estoy asistiendo a mi propio suicidio.

Pero no es así. Hace una semana que estoy escribiendo este texto y a día de hoy me he dado cuenta de que no es así. No estoy en absoluto rindiéndome echando la vista a un lado. Estoy encontrando mis tiempos. Sólo el hecho de haber parido un texto como este ya es síntoma de una lucha interior por dilucidar la verdadera identidad. El primer paso ante la curación emocional es la toma de conciencia del mal que nos atañe. Una vez que sabemos lo que nos oprime podemos empezar las reformas interiores porque cada vez que sintamos la opresión tendremos una pista consciente de que ahí, en ese punto, hay una de las paredes a derribar. No sé si me estoy explicando. Creo que a pesar de llevar siete días de reflexión y escritura la parte más importante del texto es esta. Es una de las piedras angulares de mi nueva versión. Es de vital importancia para motivar el cambio entender que no me estoy rindiendo sino que estoy luchando a mi manera por no apoltronarme. Mantengo mi mente activa y pendiente de todo. La libretita de mis notas me acompaña siempre porque en cualquier momento se me ocurren ideas o pistas para un nuevo escrito, poema, antídoto contra la mediocridad. Es fabuloso haberme dado cuenta de esto.

Estoy tan contenta que me voy a preparar un buen café y a escribir una nueva entrada sobre una serie que empecé a ver y que tiene un link directo con este artículo.

¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!

 

 

 

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