Lugares extraños- mariposas y plantas

 

Buscando lugares comunes acabo en lugares extraños o quizás es al revés. Me extravío, pierdo el norte, el sur, el este o este. Y de éste viene sufriendo mi pequeño corazón prendido y prendado del hilo de un amor imaginario que nunca existió en una banda extraña o demasiado común. Y si llegó a nacer, la comunidad lo mató arropándolo de trapos sucios. Quizás se infectara con alguna bacteria corrosiva.

Parece ser que vivo en una aldea apartada de los senderos mundanos en donde las palabras anidan en las ramas de los árboles frutales y cada una de ellas contacta con una infinidad que, a su vez, se ramifica en otras tantas y de esta manera el amor con sólo 5 letras abarca un mundo sinfin de significados. Naturalmente pasa con otros términos pero he empezado hablando de amor porque con amor empieza la existencia, o debería.

En mi casa se mueren las plantas y no sé el porqué. ¿Me olvido de regarlas? No que yo recuerde, compré una regadera blanca con unos dibujitos de 3 frondosas plantas de un verde bosque espectacular.
Oh! de pronto vislumbré una mariposa sobre el tejado de enfrente. ¡Qué hermosa criatura! ¡Parecía tan libre! ¡Qué lindos colores! Sentí que debía verla de más cerca. Salí por la puerta en dirección el tejado del vecino. Subí por una cañería desvencijada que se lamentó por el peso de mi cuerpo y me gruñió amenazándome de quiebra. Temí que el ruido la espantara. Lo más sigilosamente posible me acerqué, no siendo precisamente mi habilidad felina lo que destacaría de entre mis virtudes y aún menos sobre un tejado. Ahí estaba pero no era cómo la había imaginado. De cerca, su cuerpo estaba recubierto de un peludo manto acabado en unas antenas móviles. Quedé estupefacta y muda del horror que me provocó semejante visión.

Admirando y repudiando simultaneamente la criatura hice gala del maravilloso garbo que me caracteriza. Resbalé. Mi rodilla derecha topó con la teja equivocada. Estando  suelta, se precipitó a lo largo del tejado y terminó cayendo al abismo seguida de mí. Mientras caía quise recordar esos colores tan bellos y me aferré a la negación de esa realidad peluda. Mi descenso se acompañaba de belleza, imaginaria, pero belleza al fin y al cabo.

Un daño de realidad. Nunca me han gustado las mariposas, ahora lo recuerdo. Es porque a todo el mundo le gustan que a mí me llaman la atención pero eso es sólo porque en la ciudad no hay y lo poco común siempre destaca cuando aparece. No por ello te tiene que gustar. Tampoco entiendo muy bien por qué despiertan tanta admiración. ¿Serán sus colores? ¿Será su capacidad de volar? A las personas les gustaría volar. Muchos sueñan con elevarse. A mí me da igual porque desde mi sofá alzo el vuelo cada día, me alejo del mundanal ruído e imagino escribiendo y describiendo. No sueño con pájaros o mariposas, ni siquiera pienso en ellos pero me llaman la atención porque de ellos se ensalza constantemente su majestuosidad y hermosura. A veces los miro, me quiero acercar, como con la mariposa pero no porque me atraigan.

Los vecinos llamaron a emergencias. Uno no se precipita por un tejado cada día. A duras penas podía respirar. Me dolía el cuerpo pero sobretodo padecía de sueños rotos, de palabras vacías y de promesas sobre la arena. El egoismo y la inconsistente consideración ¿Hacia qué, hacia quién? No lo sé. Me dolían el cuerpo y el alma y el corazón se me desgarraba al vislumbrar de nuevo esos colores llenos de esperanza. ¿Me había llegado el fin? ¿Anunciaba esta caída el final de los finales? El desenlace de verdad, el que no trae consigo un más allá porque se habían agotado los puntos suspensivos y siempre suspendidos. Estaba agotada y no quedaba ya más por exprimir ni expresar. Sólo mi rescate se fundía en una cascada de desolación y desaliento. Un atisbo de luz se abría paso entre las cortinas de frustración.

No sabía lo que era ese pequeño grano luminoso. ¿Fe en mí? ¿Fe en recuperar la ilusión y la capacidad de recuperarme? ¿Era la luz de la sala de intervenciones?  No lo sé pero podía de nuevo respirar. El dolor profundo no se había disipado, sí calmado aún estando ahí. La certeza de que la vida sigue con nosotros o sin nosotros. La vide sigue igual. Somos prescindibles, meros accidentes como el mío. Somos dueños inequívocos de nuestras vidas aunque nos quieran hacer creer que la libertad no existe y que estamos predestinados a sentir, a pensar a obrar en base a unos preceptos existentes. Me caí pensando que me gustaban las mariposas cuando yo sabía que no. El ensimismamiento de la multitud no tiene porque afectarnos si hacemos uso de nuestra materia gris. Nublado domingo en el que me caí de un tejado. Nublado el juicio, el cuerpo y el alma. Sangriento, sangriento domingo de colores vivos por los que caí.

Una semana más tarde me dieron el alta aunque a penas podía levantarme de la cama. Esa caída había sido seria y casí se me va la vida en ella. ¿Fue a propósito? ¿Caí queriendo? A día de hoy me lo sigo preguntando porque yo ya sabía que cazar mariposas no era lo mío como tampoco lo son el deambular por lugares comunes o extraños ni tampoco seguir senderos de gloria.
Entonces ¿por qué? ¿Qué razón me llevó a trepar por una cañería y subir a un tejado si sé que no estoy hecha para eso y que ni las alturas ni los altos vuelos me seducen? No tengo respuesta para dicha pregunta. Sólo sé que al llegar a casa mis plantas se habían marchitado y yacían sin vida sobre la tierra seca.

 

 

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