El árbol de la Sangre- Julio Médem

No me había dado cuenta de que Medem también es capicua. Seguramente esto habrá sido un hecho significativo e importantisimo en su vida y por eso su filmografía se tiñe de accidentales coincidencias que no lo son tanto.

A estas alturas soy totalmente incapaz de centrar mi crítica y no sólo me ocurre con esta película sino que todas las creaciones de Médem son difusas dentro de mi cabeza. Puedo, en líneas generales, hablar de los grandes temas que tocan pero todavía soy incapaz de focalizar y explicar en detalle los entresijos de su cine. Y todo ello debe ser porque las obras de Médem tocan zonas cerebrales peligrosas que me dejan con una resaca de tres días. Una película de Julio Médem demanda 72 horas de recuperación. No tiene los mismos efectos en todas las personas. En mi caso es devastador y no porque me llegue un mensaje a nivel consciente, ya he comentado que no soy capaz de colimar su enfoque. El mensaje me afecta posteriormente, entra por la puerta de atrás, la que ya nadie utiliza, la que está olvidada y tapada por la maleza.

Esa es la vía de entrada de Médem y al día siguiente siento como si llevara conmigo una extraña pesadumbre, una tristeza y asco profundos cuyo origen no reconozco y para los cuales no tengo solución pues tampoco entiendo su procedencia. Pero ahí están y ahí se quedan durante tres largos días en los que tengo que lidiar con esa sensación interna que no remonta a la parte consciente del cerebro y que no hay manera humana de comprender. Sólo siento, sólo sé que llevo una pena enmarañada que no logro desenredar. Y sé perfectamente que Médem me lo ha provocado porque no sólo me ha ocurrido con esta película. «Caótica Ana» me dejó K.O exactamente el mismo número de horas y en ese caso no fui la única que quedó afectada.

«Marc (Álvaro Cervantes) y Rebeca (Úrsula Corberó) son una joven pareja que viaja hasta un antiguo caserío vasco que perteneció a su familia. Allí escribirán la historia común de sus raíces familiares, creando así un gran árbol genealógico donde se cobijan relaciones de amor, desamor, sexo, locura, celos e infidelidades, y bajo el que también yace una historia repleta de secretos y tragedias.»

El árbol de la sangre, el árbol genealógico… ¿Todas las historias empiezan y terminan con sangre o sólo algunas?

Las pasionales dan sus frutos y se pierden en el tiempo. Se alejan los seres por los que tanto se sintió. ¿Es acaso la pasión un sentimiento real? Lo es, es ella la causante del deseo carnal. De la pasión salen criaturas enfermas que necesitan mutilar a otros para asegurar su supervivencia y cuya vida  se basa en la traición y la equivocación total. Los enfermos se propagan y dejan esas inevitables cicatrices en los demás. Un transplante de corazón, quizás todos lo necesitemos porque ¿Quién puede enorgullecerse de no haber caído en la enfermedad o de haber sido víctima de otros? Todos llevamos al menos una cicatriz en el pecho y algunos sobrevivimos gracias al multi-trasplante de órganos. La pasión existe y es real lo que no es duradera. Se origina en un fogonazo, una subida de testosterona pero ahí se queda. No puede convertirse en amor romántico que puede durar toda la vida. La pasión no enseña a amar sino que subyuga nuestros cuerpos con el objetivo de servirle en la inmediatez. Lo que con pasión empieza… con sangre termina. Traición, mentiras y aberraciones que nos llevan a perderlo todo y entonces lamentarnos por aquello que tuvimos y que no volverá. Así vive el ser humano enfermo, necesitando de un alimento para ese fuego interno y dejando víctimas a su paso sin importarle el quién o el cómo pues en esta guerra todo vale incluso vamipirizar al desvalido.

A veces y sólo en ocasiones, la pasión puede dar paso al romanticismo y al amor real, profundo y desinteresado. Puede ser que después de haberlo perdido todo uno se dé cuenta de su equivocación pero para ello tiene que haber limpieza de sangre. Tiene que estar dispuesto a perderlo todo para redirigir unos votos hacia otro horizonte. Estar dispuesto a aceptar que en efecto engañó, utilizó y dañó a un ser que le quiso ayudar. Lo único que merece es que la buena persona desaparezca con su cicatriz en el pecho. «Ahora que no te tengo me doy cuenta de lo que he perdido». Volver a aceptar algo así en tu vida no es acaso desvalorizarte? Pero la cicatriz ya está en el pecho y hay que aprender a sanar lejos del que nos ha causado tanta miseria. Unos dirán que no fue a propósito pero desde luego no es el caso de lo que ocurre en la película. Y aun no siendo a propósito, ¿No es acaso una muestra de falta de respeto por uno mismo el volver a aceptar a alguien que nos ha herido? No sé, son sólo preguntas que me vienen a la mente. Creo que cuando se quiere a alguien, no se le hace daño sobretodo sabiendo que se lo estás causando. «No le mientas a alguien que confía en ti y no vuelvas a confiar en alguien que te ha mentido», esa fue mi máxima durante un tiempo y se puede extrapolar al juego sucio, al interés personal en el que únicamente uno sale beneficiado y nunca suele ser el desvalido. Es tomar por idiota al que tienes al lado y aceptar eso… es aceptar que somos menos persona. Dignidad hacia uno mismo dice la película.

La sarta de imperdonables, «unforgiven» que no pueden ni deben ser perdonados porque por ellos nos alejamos de nosotros y cuanto más creemos en sus mentiras, menos creemos en nosotros y más apartados estamos de nuestro centro de gravedad y es gravísimo. Por ello, por dignidad, por amor propio, decir basta es necesario. Hacerse respetar es fundamental y respetarse a sí mismo es VITAL. ¿Por qué sucumbimos tantas veces entonces ante la pena, el desamparo y tristeza de aquel que no supo valorarnos cuando nos tuvo al lado?¿Por qué nos aflige su melancolía si a esa persona no le importó la nuestra aunque diga que sí? Los hechos demuestran que no, que cuando nosotros estábamos en pena y dolor a ellos les importaba nada más y nada menos que ellos mismos, su ombligo, su dolor, su depresión su yo-ismo. Basta.

¿La familia salva o condena? Mi respuesta es que condena primero y, cuando todo está perdido, empieza a recuperar y termina salvando. Salva lo que se puede que no es todo. Una vez el dolor está causado, cuando todo parece haber terminado, entonces la sangre llama y acaba salvando. ¿Es amor desinteresado? Creo que Médem así lo expone pero no sabría qué decir al respecto. Personalmente, quiero creer que es puro pero se ha ensuciado de frustraciones y de planes que debíamos cumplimentar en el imaginario de nuestros padres. Los que no han cortado el cordón umbilical acabaran viviendo una vida que no les pertenece, siempre cumpliendo la voluntad de otros. Serán la sombra de lo que proyectaron para ellos. Los que decidieron enfrentarse y romper los lazos quizás puedan vivir una vida desde su centro y digo quizás porque hay demasiadas distracciones dando vueltas por el mundo. Distracciones de diversa índole, la pasión quizás sea una de ellas pues nos distrae de lo que realmente importa.

Sólo perdurarán aquellas relaciones cuyo origen sea la voluntad de hacer el bien, de dedicar la vida a hacer crecer algo o alguien, que se basan en la aceptación del prójimo incluso cuando haya el más atroz de los crímenes. Aceptación del otro en su totalidad, sin mentiras, sin personajes, sin cuentos ni palabrería absurda que acaba cayendo por su propio peso. El trabajo diario, la voluntad de permanecer al lado de otra persona a pesar de todo y el cuidado constante a pesar de las circunstancias arrojan un poco de luz ante esta oscura pintura del amor en todas sus vertientes.

 

 

 

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