LA DERROTA- Mario Benedetti

No he dejado apartado este blog, es sólo que me cuesta enfrentarme a la página en blanco. No sólo a la literal sino a la de la vida.

Me aterra el no camino, el que queda por trazar. Antaño me emocionaba, motivaba y constituía el motor fundamental de mi vida. Ahora sencillamente no puedo. Pero sólo ahora cuando la derrota se impone y su sombra oscurece mi luz.

Una vez me dijeron «mi éxito será mi derrota» y eso mismo es lo que tengo que asumir, pero cuesta por todo lo que se ha dado, todas las ilusiones invertidas, todo el tiempo pasado, todas las construcciones en las nubes. Llueve. Ahora llueve y se disuelven las nubes. Tormenta que sopla y se lleva esos espejismos rosados.

Sólo quedamos mi vacío y yo. El vacío de la pérdida, el vacío de haber estado dando constantemente quizás esperando un mejor retorno. Craso error. No existe tal cosa sino el seguir dando(se) contra la pared. No hay cabida para mí en la llanura de la existenciad del otro.

Plego velas, dejo amarres y parto hacia ese horizonte tan prometedor que se nutre de vitalidad, ilusiones, ganas de compartir, de llorar, de sufrir y de reir con aquellos que lo quieran, que se esfuerzan por ser mejores personas, que no entienden de egoísmos, que no aceptan a ignorantes de emociones y que lo único por lo que se guían es por el don del corazón gigante.

Aquí estoy, derrotada, devastada, dispuesta escribir una nueva página en blanco a la que miro con desasosiego y angustia, con ansias de libertad.

DE LA DERROTA

Aquellos que vienen de la derrota
guardan en el fondo cierta ufanía
tal vez porque serenamente escogen
ser derrotados antes que corruptos

los sobornos arañan la conciencia
como testigo de cielo encapotado
en tanto que la lengua juega sucio
y hace promesas que son espejismos

aquellos que vienen de la derrota
con ojos apenados y sedientos
saben como espantar los menosprecios
y los anuncios y los ecos falsos

la derrota suele ser de madera
noble como las viejas salvaciones
nos sentimos como un recién nacido
en la limpieza de la vida triste

Mario Benedetti, del libro «El mundo que respiro»

 

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