Como telón de fondo la soledad

La soledad se instala lángida y silenciosa. Poco a poco se acomoda o me acostumbro yo a ella. Los recuerdos van quedando en la lejanía y el tiempo los disuelve. Van quedando el dolor y la tristeza los cuales deben ser procesados debidamente y no sé si lo estoy logrando. Ya no escribo a modo de crecimiento sino terapeuticamente. Todo son incertidumbres y páginas en blanco. El reloj de arena parece interminable dentro de su velocidad. Me siento, siento y resiento. Recapacito sobre mi capacidad. Caigo en un vacío existencial, me dispongo a escribir y no tengo nada que decir. Y aun sin mensaje logro plasmar unas pocas líneas que recogen el nihil de la existencia.

Nada permanece y aun así hay cosas que parecen eternas. No acaban de cicatrizar las heridas quizás porque siento que mantenerlas abiertas ayuda a purgar la infección. No sé si se está volviendo sistémica. Angustia. Quizás responda al patrón de conducta aprendido: «hay que sufrir para que sea real». ¿Es real? Duele pero no estoy segura de que por ello sea cierto. Existe la posibilidad que todo esté dentro de mí, que yo lo quiera así. No tengo la necesidad de sufrir y sin embargo tengo la certeza impuesta de que si no se sufre no se vive. Forma parte de mi autoflagelación, esa parte oscura que adora mutilarse y no entiendo las razones. Me cuesta respirar. Estoy perdida dentro de mí misma y a la vez me asalta una clarividencia que no logro aceptar.

No me quiero y, por ende, no sé querer. Me cuesta distinguir el amor puro e incondicional del interesado. Hay veces en lo vislumbro y lo siento y entonces sé que es el bueno. Otras no y me dejo arrastrar por apegos y torbellinos de dolor. El amor puro no duele. Los que te quieren, se interesan por ti no cuando les interesas. No te mantienen en vilo ni se dirigen a ti con palabras vacías. Lo que se comparte, aporta buenas sensaciones y proviene de los ganas de compartirse. No hay claroscuros, medias tintas o palabras a la sombra. No dejo que me quieran. A veces me aparto, me alejo. No sé cómo hacer para dejar de transitar por el camino de la amargura. No estoy destinada a vivir en una cárcel autoimpuesta si entiendo que tengo yo misma las llaves de la libertad. De momento no obstante, no atino a encajar la llave en la cerradura. Estoy a la vuelta de la esquina, lo siento, un sólo paso, el que debo dar, el que me aterra, paraliza e imposibilita.

 

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