Siempre así, siempre asá

El eterno retorno que no termina nunca, que no avanza, que tras un paso al frente retrocede de 3. Basta, ya basta de hundimientos. Esto es insoportable porque uno es como es o si no es, se ha vuelto. Y a medida que el tiempo va pasando, el carácter se va forjando y porque en la mayoría de casos, más vale nunca que tarde. Porque si es tarde, las filtraciones ya han dañado la estructura y porque si es nunca, es nunca para todo. O para nada.

¿Vivir adormecidos? No era la idea del principio pero parece no existir solución para este mal de humano. Compaginar lo que uno es con lo que uno quiere o cree querer o sencillamente no piensa querer, es tarea de toda una vida. No ceder ante los caprichos del yo termina siendo un sin vivir, complicada y ardua tarea que lo deja a uno sin nada. Siempre entre dos tierras opuestas, siempre a caballo entre un territorio y su opuesto, siempre la división, el enfrentamiento, siempre la confrontación de uno mismo contra uno mismo, una guerra que se libra en terrenos pantanosos y termina dejando sin nada al que la libra.

Sola siempre sola, ande o no ande siempre sola porque ni contigo ni sin ti, sin mi, sin nadie. Porque todo el mundo se enquista en su «yo» y yo en el mío pensando que no, al final es que sí. Uno termina viviendo en soledad, acompañado de otras soledades que resultan fortalezas impenetrables. La unión completa y duradera, desde las entrañas de uno mismo no sólo es cuestión de voluntad sino de conciencia.

No es el que mundo esté alentado a no pensar, es que la conciencia en los seres humanos está subdesarrollada. Hay niveles de conciencia y no todos están del mismo modo repartidos ni en el mismo momento tampoco.

Así de triste e impenetrable es la vida. ¿Qué nos queda? Seguir respirando el vacío y la falsedad hasta que la muerte se haga con nosotros. Los que compramos verdades a medias y según sople el viento, nos quedamos sin paraíso ciego y sin conciencia total. Así, en una brecha desde la que observamos el paso del tiempo sin sus alegrías y con todas sus penas. Esas lágrimas invisibles del mundo son las que logramos ver, verter sin ser vistos, escondidos en nuestras madrigueras sin querer abandonarlas para no participar del jolgorio popular que tampoco es nuestro sino de los demás.

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