Alfileres e imperdibles

Hay personas que no deben ser perdonadas ni aceptadas de nuevo en nuestras vidas porque han sido artífices de grandes dolores y penas totalmente evitables. No tenemos por que sufrir cuando no hay necesidad de ello. El desconsuelo es inevitable pero el sufrir gratuitamente es responsabilidad nuestra. Suficiente es ya el acarrear los traumas y aquellos males que no dependen de nosotros como para, además, seguir fustigándonos con procesos mentales que son absolutamente injustificados y que no aportan nada a nuestras vidas. A eso se le llama: toxicidad y eludirla es la única manera de conseguir la ataraxia.

La fuente de toxicidad puede ser de dos tipos: interna o externa. ¿Qué se puede considerar venenoso? Todo aquello que nos genere malestar. No obstante, hay que ser consciente de que ese malestar puede venir dado por varias razones, algunas de las cuales lo eximirán de categorizarlo como dañino pues algunos males nos curan de nosotros mismos.

Tratar de sortear las propias trampas mentales y no dejar encallarse en bucles obsesivos con intrascendencias que nos distraen de la esencia misma de la vida es lo único que importa. Mientras uno se distrae con mariposas, se le mueren las plantas por no regarlas. Mientras uno se atrancada mentalmente en diversos bucles que desembocan en un callejón sin salida, no se están trabajando los puntos importantes del ser y que sí nos permitirán avanzar hacia la luz y la sabiduría. Es necesario apartarse de aquellos que se detienen rememorando contemplativamente la pena o la equivocación. Una vez la toma de conciencia sobre los hechos que nos llevaron a tal situación y hemos hecho la autocrítica pertinente con la profundidad requerida, de nada sirve recordar el daño, más que para ahondar en la humillación. La ira, el odio y la reactividad que entrañan ambas pasiones sirven para reaccionar al estímulo pero ¿Somos realmente nosotros cuando reaccionamos o estamos siendo manipulados por factores externos? Nuestra meta debería ser la acción que proviene de nuestra esencia, no la reacción impulsada desde el exterior.

El objetivo de nuestro paso por la tierra debería ser aprender a querernos y por lo tanto aprender a querer a nuestro prójimo. Es de vital importancia y un mensaje que asienta las bases fundamentales para establecer cualquier relación. El amor más puro que alguien puede sentir por otra persona es aquel que nada guarda y nada quiere para sí. El amor más puro es el que sabe soltar cuando no reconoce en el otro aquello que él necesita. Algunos pueden tachar de egocentrismo emocional el ser consciente de las propias necesidades, esos mínimos sin los cuales uno no puede vivir y el exigirlos en una relación nos convierte en egoístas emocionales a los ojos de aquellos que abanderan intransigentemente la comprensión y la tolerancia.

Que así sea. Donde los unos leen egolatría, otros percibimos sentido, responsabilidad y respeto por nuestra persona y por el prójimo. Si no existieran los apegos dependientes, reinaría la objetividad y la toma de decisiones conscientemente racionales. No ocuparíamos espacio en la vida de otro sin llegar a aportarle lo que él necesita y dejaríamos nuestro sitio para alguien más acorde a sus requerimientos. ¿Qué hay de malo en pensar a largo plazo? ¿Dónde está la falta de querer querer lo mejor para nosotros y para nuestros semejantes?

Si sentimos que algo chirría y no es aquello que pensábamos que sería, ¿A quién herimos apartándolo de nuestro camino? Cada uno debe ser libre de elegir su sino y el futuro se construye en el ahora. ¿Qué es un ligero socavón en el camino presente comparado a años de incomprensión y dolor a los que nos encadenan las malas decisiones?

Por ello, aunque el malestar aparezca como fuente de desdicha puede curarnos de nosotros mismos. Sucumbiendo al capricho que otorga un bienestar inmediato, cavamos un hoyo más profundo que hallaremos irremediablemente en el futuro.

Desde el momento en que miramos hacia otro lado y hacemos ver que eso no está pasando, hasta buscar estima y buen trato en los lugares, junto a personas o con parámetros imposibles para obtenerla.

Y el apartar a alguien de nuestro camino no significa que sintamos odio, enemistad o aversión por aquel que dejamos a un lado. A veces, el mal es necesario cuando surge del profundo amor que se tiene por esa persona. A veces, la pérdida puntual permite una reunión más fuerte y fundamentada en bases reales porque cuando ya no se tiene nada se pierde también el miedo a perder y cuando eso ocurre renace otro tipo de afecto. Si lo que se tuvo fue de verdad, las segundas partes siempre fueron mejores.

«La idea no fue la de abandonarte, sino que hicieras tu camino y yo el mío en lo personal. Ya me expliqué en su momento y desde el fondo de mis entrañas. Siempre he querido ayudarte y hacerte el bien porque te quiero. Y sé que tu también a mi pero en lo personal nunca has podido porque siempre has tenido un pie metido en el submundo que yo detesto y que te hace daño a ti como la primera persona.»

Te obcecas, te encallas y giras en círculos concéntricos de los que no podrás salir. Necesitas ayuda pero no de cualquiera, sino de aquella persona que sabes que nunca será capaz de hacerte el más mínimo daño. Los años van poniendo a cada uno en su lugar.

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